dimarts, 27 de maig de 2014

El ejército secreto nazi que trató de reconquistar Alemania tras la caída de Hitler

Día 18/05/2014 

Más de 2.000 soldados de la Wehrmacht formaron una unidad que conspiró para volver a apoderarse del país germano

Su líder había muerto, el nazismo también, pero ellos no estaban dispuestos a darse por vencidos ni a renunciar al «Tercer Reich» que tanto les había costado construir. Concretamente, estamos hablando de los más de 2.000 soldados de la Wehrmacht que, tras el final de la Segunda Guerra Mundial y la conquista de Alemania por los aliados, formaron un ejército secreto con el que pretendían restaurar el nacionalsocialismo en el país germano -un hecho que han dejado patente los documentos desclasificados por la agencia de inteligencia alemana hace pocas jornadas-.
Corría por entonces una época de felicidad para Europa pues, tras años de sacrificios y fusilazos, se había conseguido acabar con Adolf Hitler y su reino de la esvástica. Sin embargo, no eran tiempos de júbilo para los retazos de las unidades nazis que, por aquí y por allá, se habían quedado aislados tras la toma del búnker de la cancillería en el que se habían suicidado el Führer y Eva Braun. Con todo perdido para los partidarios del Tercer Reich, en 1949 nació de soldados olvidados una sociedad secreta con un claro objetivo: recuperar Alemania.

En principio, este grupo se formó con más de 2.000 soldados de la Wehrmacht (las fuerzas armadas alemanas durante la II Guerra Mundial), aunque pronto se unieron a él multitud de oficiales de las SS dispuestos a restaurar, fuera como fuese, el honor que los aliados les habían arrebatado durante la guerra. Para ello, este «ejército fantasma» se dedicó a almacenar miles de cajas de armas, munición y granadas con la intención de dar un golpe de mano en el momento más inesperado.

A su vez, esta sociedad secreta decidió espiar a todo aquel político o activista que pudiera ser peligroso durante una futura invasión e, incluso, iniciaron una recluta clandestina de combatientes. Según sus cálculos, necesitarían más de 40.000 soldados para recuperar el control de la zona occidental de Alemania (primero) y el resto del país después. Sin duda, una operación digna de protagonizar una película de la factoría «Hollywood». 

Según los documentos desclasificados, la organización estaba regida por Albert Schnez y contaba con el patrocinio de hombres de gran poder económico y una considerable influencia. De hecho, dentro del grupo había militares que, a la postre, subieron en el escalafón del ejército alemán durante los años 50 y 60. En cambio, con el paso de los años quedó claro que su capacidad de acción era reducida y, al final, terminaron por abandonar sus ideas de reconquista. Este fue el destino del último ejército del Führer.


Un Ejército nazi clandestino

Un historiador descubre que 2.000 oficiales crearon un grupo de defensa tras la guerra

EL PAÍS, 25 MAY 2014

El canciller Konrad Adenauer, el segundo por la derecha, pasa revista a una compañía en 1956. /

 
Alemania acaba de descubrir un sorprendente capítulo inédito de su historia reciente. Después de la II Guerra Mundial, antiguos oficiales de la Wehrmacht, las fuerzas armadas de la Alemania nazi, y de la Waffen-SS, el brazo armado de la SS, formaron un ejército secreto para proteger el país de un supuesto ataque de la Unión Soviética. Un proyecto, descubierto casualmente ahora, que podría haber provocado un gran escándalo en aquella época. Durante casi seis décadas, los documentos que demuestran su existencia han permanecido ocultos en los archivos del Servicio de Inteligencia de Alemania (BND).

Alrededor de 2.000 veteranos nazis decidieron formar un ejército en 1949 a espaldas del Gobierno federal y los Aliados. El objetivo de los oficiales era defender a la naciente República Federal de Alemania de la agresión del Este en las primeras etapas de la guerra fría y, en el frente nacional, desplegarse contra los comunistas en caso de una guerra civil.

El coronel Schnez montó el ejército de espaldas al Gobierno, pero cuando el canciller Adenauer lo supo, lo consintió

El canciller alemán Konrad Adenauer no se enteró de la existencia de una conspiración en la sombra hasta 1951, pero no tomó medidas claras contra esta organización ilegal. De acuerdo con la documentación encontrada, en caso de una movilización, el ejército contaría con 40.000 soldados. El principal organizador era Albert Schnez, que había servido como coronel en la II Guerra Mundial. A finales de los años cincuenta formó parte del entorno del ministro de Defensa Strauss y posteriormente fue jefe del Estado Mayor bajo el mandato de Willy Brandt.

Las declaraciones de Schnez citadas en los documentos sugieren que el proyecto de creación de un ejército clandestino también fue apoyado por Hans Speidel —se convertiría en el comandante supremo de la OTAN del Ejército Aliado en Europa Central en 1957— y por Adolf Heusinger, primer inspector general del Bundeswehr (Ejército federal).

El historiador Agilolf Kesselring encontró los documentos —que pertenecían a la Organización Gehlen, el anterior Servicio de Inteligencia— mientras investigaba para el BND. Kesselring tiene especial interés por la propia historia militar de su familia. Su abuelo fue mariscal de campo durante la II Guerra Mundial y comandante en el Tercer Reich, con Schnez como subordinado. En su estudio, Kesselring disculpa con frecuencia a Schnez. Nada menciona sobre sus vínculos con la extrema derecha y describe sus labores de espionaje a supuestos izquierdistas como “controles de seguridad”.
El proyecto comenzó durante la posguerra en Suabia, una región que rodea Stuttgart, donde Schnez comercializaba madera, textiles y artículos para el hogar al tiempo que organizaba veladas para veteranos de la 25ª División de Infantería, donde él había servido. Pero sus debates siempre giraban alrededor de la misma pregunta: ¿qué debemos hacer si los rusos y sus aliados de Europa del Este nos invaden?

Para dar respuesta a esa amenaza potencial, Schnez pensó en fundar un ejército. Y aunque no respetó las ordenanzas de los Aliados —las organizaciones militares o "de tipo militar" estaban prohibidas—, rápidamente se convirtió en algo muy popular. Su ejército empezó a tomar forma en 1950. La red de Schnez recaudó donaciones de empresarios y de antiguos oficiales de ideas afines, contactó con grupos de veteranos de otras divisiones y acordó con empresas de transporte la entrega de vehículos.

El mariscal Albert Schnez en 1968. / Bundesarchiv

Anton Grasser, antiguo general de Infantería, se ocupó del armamento. Comenzó su carrera en el Ministerio del Interior supervisando la coordinación de la policía alemana. Quería utilizar sus activos para equipar a las tropas en caso de conflicto. No hay ninguna señal de que el entonces ministro del Interior, Robert Lehr, estuviera informado de estos planes.

Schnez quería crear un ejército con unidades formadas por antiguos oficiales pertenecientes a cuerpos de élite de la Wehrmacht, que podrían desplegarse con rapidez en caso de un ataque. De acuerdo con los documentos desclasificados, la lista incluía empresarios, representantes de ventas, un comerciante, un abogado penalista, un instructor técnico e incluso un alcalde. Es de suponer que todos ellos eran anticomunistas y, en algunos casos, estaban motivados por un deseo de aventura. Un ejemplo: el teniente general retirado Hermann Hölter "no se sentía feliz trabajando solo en una oficina".

Quedaba por determinar dónde podrían reubicarse en caso de emergencia. Schnez negoció con algunas poblaciones suizas, que mostraron "su desconfianza". Más tarde planificó un posible traslado a España que utilizaría como base para combatir del lado de los estadounidenses.

En su búsqueda de financiación, Schnez solicitó la ayuda de los servicios secretos de Alemania Occidental en el verano de 1951. Durante una reunión celebrada el 24 de julio de 1951, Schnez ofreció los servicios de su ejército en la sombra a Gehlen —jefe del servicio de inteligencia— para "uso militar" o "simplemente como una fuerza potencial", ya fuera en un Gobierno alemán en el exilio o de los aliados occidentales.

Una anotación en los documentos de la Organización Gehlen afirma que Gehlen y Schnez "habían mantenido durante mucho tiempo relaciones de carácter amistoso". El escrito también indica que los servicios secretos ya conocían la existencia de un ejército clandestino.

Es probable que el entusiasmo de Gehlen por la oferta de Schnez hubiera sido mayor si se hubiera producido un año antes, cuando estallaba la guerra de Corea. En aquel momento, Bonn y Washington habían considerado la posibilidad de, "en caso de que se produjera una catástrofe, reunir a los miembros de las antiguas divisiones alemanas de élite, armarlos y luego asignarlos a las fuerzas aliadas".

Un año después, la situación había cambiado, y Adenauer había desestimado esa idea. En cambio, presionó para que Alemania Occidental se integrase profundamente en Occidente e impulsó asimismo el establecimiento del Bundeswehr. El grupo ilegal de Schnez poseía la capacidad de poner en peligro esa política, ya que, si su existencia era de dominio público, podría haber desatado un escándalo internacional. Aun así, Adenauer decidió no tomar medidas contra la organización de Schnez.

El grupo proyectó asentarse en España después de que no encontrara demasiada receptividad en Suiza

El personal de Gehlen contactaba frecuentemente con Schnez. Además, ambos llegaron a un acuerdo para compartir datos secretos procedentes del servicio de inteligencia. Schnez se jactaba de tener una unidad de inteligencia "particularmente bien organizada". A partir de ese momento, la Organización Gehlen se convirtió en el destinatario de informes sobre antiguos soldados alemanes que presuntamente se habían comportado de forma "indigna" como prisioneros de guerra de los rusos, insinuando que habían desertado para apoyar a la Unión Soviética. En otros casos informaba de "personas sospechosas de ser comunistas en Stuttgart".

Con todo, Schnez nunca consiguió beneficiarse del dinero que recibía. Gehlen solo le entregaba pequeñas cantidades que se agotaron en el otoño de 1953. Dos años después, los primeros 101 voluntarios se alistaron en el Bundeswehr. Así pues, con el rearme de Alemania Occidental, el ejército de Schnez resultó innecesario.

Schnez falleció en 2007 sin haber revelado públicamente ninguna información acerca de los acontecimientos. Lo único que se conoce es gracias a los documentos en los archivos clasificados del BND bajo el título engañoso de "Seguros". Alguien tenía la esperanza de que nunca nadie encontrara un motivo para interesarse por ellos.

dissabte, 24 de maig de 2014

Un homenaje televisivo en Italia permite dar con un piloto que bombardeó Barcelona en la Guerra Civil


Un centenario aviador que combatió en la Guerra Civil española aporta pistas para la querella que presentaron dos vecinos de La Barceloneta

LA VANGUARDIA 20/04/2014

Barcelona. (EFE).- Un homenaje que las autoridades italianas rindieron a un centenario aviador que combatió en la Guerra Civil española ha puesto tras la pista del veterano piloto a los impulsores de una querella por los bombardeos de Barcelona, que quieren que la juez instructora dicte una comisión rogatoria internacional para que se le interrogue como imputado.
La publicación en medios italianos del cumpleaños del aviador, que ha recibido felicitaciones de autoridades de su país, ha puesto tras la pista del veterano piloto a los impulsores de la querella por los bombardeos de Barcelona, que han pedido a la juez instructora que dicte una comisión rogatoria internacional para que la justicia italiana le interrogue como imputado.
Por el momento, la magistrada ha ordenado traducir las noticias publicadas en medios italianos que ha aportado la acusación particular -ejercida por la asociación de italianos antifascistas residentes en Barcelona Altra Italia y dos víctimas de los bombardeos en La Barceloneta- y ha tramitado una comisión rogatoria para que Italia le confirme si, como señala la prensa, el piloto participó en los ataques aéreos.
La acusación particular, ejercida por el abogado Jaume Asens, está convencida de que la gestión de la juez resultará a todas luces infructuosa, ya que el Ministerio de Defensa italiano ha contestado con evasivas al requerimiento que la magistrada le remitió hace ya un año para localizar a los militares que participaron en los bombardeos.
Por ese motivo, Asens ha presentado un recurso ante la Audiencia de Barcelona contra la última diligencia encargada por la instructora, en el que propone que se acuerde de forma inmediata una comisión rogatoria para que la justicia italiana interrogue al piloto o que la juez se desplace a Italia para tomar declaración al centenario aviador, Luigi Gnecchi.
Con su recurso a la Audiencia, la acusación particular pretende que la justicia actúe lo más rápidamente posible para imputar al aviador, en un caso en que el tiempo juega a favor de la impunidad dada la avanzada edad de los pilotos que todavía estén con vida.
La declaración como imputados de los aviadores que participaron en los bombardeos resulta clave para que progrese la investigación del juzgado de instrucción número 28 de Barcelona sobre los bombardeos, la primera causa judicial que se abre en España por los crímenes de la Guerra Civil.
Más de un año después de que la instructora abriera la causa por orden de la Audiencia de Barcelona -a raíz de una querella presentada en 2012-, las autoridades italianas han puesto en bandeja a la juez la identidad del centenario piloto gracias al homenaje institucional con que se le agasajó.
El pasado 5 de marzo, el portal del Ministerio de Defensa italiano publicó la noticia del cumpleaños del aviador, en la que recordaba su condecoración con la Primera Medalla al valor militar por participar en la Guerra de España, con una felicitación del Jefe del Estado Mayor de la Aeronáutica Militar.
Felicitaciones al aviador
La propia ministra de Defensa, Roberta Pinotti, dedicó unas palabras en su cuenta de twitter al centenario piloto el día de su cumpleaños: "muchas felicidades al aviador pluricondecorado Luigi Gnecci, nacido en 1914, llevados con envidiable energía", comentario que le granjeó las críticas de sectores de la izquierda.
Varios medios italianos reprodujeron las felicitaciones recibidas por el aviador, entre ellos la radiotelevisión pública RAI que lo entrevistó, lo que ha permitido a la acusación ejercida por italianos antifascistas no solo conocer el nombre del piloto, sino también su domicilio, mencionado en la prensa. Con una rápido rastreo en el listín telefónico de Italia, los impulsores de la querella contra los aviadores han logrado incluso hacerse con su número de teléfono.
En opinión de Jaume Asens, el reconocimiento público al aviador Luigi Gnecchi pone en evidencia que la nula colaboración de las autoridades italiana para investigar los crímenes de la Guerra Civil ordenados por Mussolini es intencionada, lo que sugiere que ese país tampoco ha roto completamente con su pasado fascista.
Ante la falta de resultados, la juez indagó las identidades de los aviadores a través de las condecoraciones y la pensión vitalicia que les concedió Franco, pero esas gestiones realizadas ante el Archivo Histórico del Ejército del Aire dieron tímidos resultados.
El pasado mes de enero, el juzgado resolvió recurrir a Eurojust para que interviniera en la investigación en un escrito en el que denunciaba la "inacción" de la justicia italiana y la "búsqueda insuficiente" del Ministerio de Defensa, centrada únicamente en su Dirección General de personal sin rastrear los fondos archivísticos del Estado italiano.

Austeridad y fascismo, de Germà Bel en La Vanguardia


En 1925, la política económica del primer gobierno Mussolini fue de gran consolidación fiscal
La campaña de las elecciones europeas ofrecerá una oportunidad para debatir a fondo sobre las grandes cuestiones económicas. En especial, en política económica, sobre la combinación entre austeridad y reformas estructurales, tanto en su secuencia como en su intensidad. Esto, en el marco de una discusión inaplazable sobre la gobernanza económica, que exige profundizar la unión política y la cesión de soberanía económica por parte de los Estados. De no avanzar por esta vía, la discusión sobre “una política económica europea” seguirá siendo un brindis al sol; no es realista pensar que se mutualicen riesgos a escala europea sin armonización de reglas e instituciones económicas.
Será aconsejable abordar este debate dejando de lado tópicos sin sustento histórico. Entre ellos, el de que las políticas de austeridad causaron el fascismo, que se ha dejado oír ya en algún evento de precampaña. Más tarde vamos al advenimiento del nazismo, pero anotemos antes que el primer régimen fascista en Europa fue el de Italia desde 1922, y en plenitud desde 1925. El acceso de Mussolini al gobierno se dio en el contexto de una gran crisis institucional, por la incapacidad del régimen liberal para abordar los conflictos sociales, en medio de una gran crisis presupuestaria. La política económica del primer gobierno de Mussolini fue de gran consolidación fiscal (austeridad) acompañada de represión de la oposición y desmantelamiento de la autonomía de los poderes locales (ver Germà Bel, “The first privatisation: selling SOEs and privatising public monopolies in Fascist Italy (1922-1925)”, Cambridge Journal of Economics, 2011).

Los siguientes regímenes de tipo seudofascista en Europa Occidental, las dictaduras de Primo de Rivera en España en 1923 y de Salazar en Portugal en 1926, llegaron también en un contexto de crisis institucional y derrumbe de los regímenes liberales, cuyas instituciones llegaron a grandes niveles de descrédito y pérdida de legitimación, con alta inestabilidad social y política. Y eso en situaciones económicas y presupuestarias muy diversas. Por cierto, en esa época fracasó el golpe de Hitler en 1923. Diez años más tarde, cuando la economía había comenzado ya a recuperarse de la gran depresión, el gobierno fue entregado a Hitler por la incapacidad de los partidos tradicionales de la derecha de proporcionar estabilidad política. Otra vez, la crisis de las instituciones liberales como causa del acceso al poder del nazismo. No está en las políticas presupuestarias de uno u otro signo el denominador común del acceso del fascismo al poder, sino en el descrédito y deslegitimación de las instituciones para gestionar los conflictos sociales y políticos que se exacerban en épocas tan complicadas como la que vivimos. De ahí que tengan tanta prioridad la regeneración democrática y la reforma institucional, mucho más que las orientaciones de política económica. Mejor evitar tópicos sin fundamento.

Philipp Blom: Años de vértigo. Cultura y cambio en Occidente, 1900-1914.

Historia de un salto al vacío
Fuente: http://www.revistadelibros.com/resenas/historia-de-un-salto-al-vacio




Philipp Blom
Años de vértigo. Cultura y cambio en Occidente, 1900-1914.
Barcelona, Anagrama, 2013
Trad. de Daniel Najmías
680 pp. 29,50 €
Se alcanzan a oír ya los ecos de bombo y platillos. Este año se cumplirá el centenario del inicio de la Primera Guerra Mundial. Gran Bretaña ha preparado una página web donde se recogen todos los actos culturales relacionados con la conmemoración, en la que participan hasta ahora casi setecientas cincuenta instituciones, veintidós de ellas internacionales. Francia, por su parte, ha creado un espacio web minucioso y ordenado que es en sí mismo un museo virtual sobre la Gran Guerra. Y también en Alemania, el principal país derrotado, se recordará la efeméride con diversos actos y una gran exposición en el Deutsches Historisches Museum de Berlín a partir del 6 de junio. Se prevé una campaña editorial acorde con la magnitud de los preparativos. En España la editorial Crítica ha publicado 1914: el año de la catástrofe, de Max Hastings; Debate, por su lado, 1914-1918: la historia de la Primera Guerra Mundial, de David Stevenson; y Turner, el libro de Margaret MacMillan 1914: de la paz a la guerra.

En los rastros y mercadillos alemanes es habitual, desde siempre, encontrarse con fotografías de soldados que participaron en la Gran Guerra. Muestran grupos de hombres con mostachos esculpidos (así los lucía Hitler en aquella época), con aspecto grave y hierático unos, otros con más facha de olvidar el frente en las tabernas, risueños e irónicos como un soldado Schwejk cualquiera. Y, junto a las fotografías, también pueden comprarse sus cartas, escritas normalmente con la característica y ahora ilegible Kurrentschrift, la caligrafía propia de la época en Alemania. Si hay suerte, incluso, dibujos de algún soldado que anduvo por las trincheras y que dejó apuntes a lápiz de escenas cotidianas; o algún cuaderno de la editorial Oskar Eulitz, de la entonces ciudad de Lissa (hoy Leszno, en Polonia), pensado como diario de la guerra para que los habitantes de Prusia hicieran su propia crónica de los acontecimientos. Y, por qué no, una reedición de 1973 de un catálogo ilustrado de la casa August Stukenbrok Einbeck de 1912. Se trataba de una empresa que vendía por correo los productos más variopintos imaginables. Es un fiel reflejo de la vida cotidiana de la época y de cómo confluyeron las tradiciones del viejo mundo con los impulsos vertiginosos de la nueva era. Junto a las lámparas de acetileno o antorchas de magnesio para las bicicletas, se vendían las bujías para los automóviles o las bombillas con portalámparas de marca Edison, además de armas de todo tipo, proyectores cinematográficos, petardos y fustas para espantar a los perros que pudieran hacer caer a los ciclistas, teléfonos para el hogar… No obstante, aún era demasiado pronto para que se extendieran comercialmente algunos aparatos eléctricos, como la lavadora y la plancha (ambas patentadas en 1909), y de las que sólo se ofrecen sus versiones manuales o de uso con gas. Tradición y modernidad se aunaban en las frondosas páginas de un catálogo, y quedaban dos años para que el mundo cambiara tan radicalmente que ya es lugar común asegurar que el siglo XX comenzó en 1914.

Philipp Blom (Hamburgo, 1970), historiador formado en Viena e Inglaterra, pretende que echemos la vista atrás para contemplar cómo aquel «ritmo de nuevas velocidades», como dijo Stefan Zweig en sus memorias, había iniciado su carrera tiempo atrás. Blom sostiene en este libro, Años de vértigo. Cultura y cambio en Occidente, 1900-1914, que la modernidad «no nació virgen de las trincheras del Somme» y que la guerra no habría actuado de «creadora», sino de «catalizadora». Propone Blom que para comprender la urgencia de esos años, el nacimiento del espíritu maquinístico de la época, el vértigo y la velocidad y, muy especialmente, para poder compararla con la euforia y la angustia actuales, conviene aproximarse a ellos olvidando por completo que ese esprint terminaría con un salto al vacío. No deja de ser inquietante, pues otra de las propuestas de Blom es que comparemos las grandes líneas que plantea en su libro con los sucesos contemporáneos, también pródigos en la velocidad y el vértigo. En muchos momentos de la lectura trasciende ese paralelismo sin que se explicite: las nuevas formas de la masculinidad, la profusión de avances técnicos, la rapidez con la que éstos se suceden y la posible falta de adaptación a esa velocidad… Lamentablemente, Blom no incide en este punto y no retoma en ningún momento su planteamiento.

La metáfora de que se sirve para plantear su primera propuesta es afortunada. La basa en una fotografía que Jacques Henri Lartigue tomó en el Grand Prix francés de 1912 (y que, curiosamente, no se ha utilizado para ilustrar la cubierta del libro, como ocurre con la edición original). La velocidad del coche número seis le impidió retratarlo entero y sólo aparece la mitad, con la rueda trasera deformada, igual que el fondo, algo borroso, donde unos espectadores parecen inclinarse hacia el lado contrario. Blom pide al lector que imagine los años que va a contar como si fueran esa fotografía. «Hemos de mirarlos con la urgencia y la inmediatez del joven Lartigue cuando enfocó con la cámara el coche número seis del Grand Prix», aun a riesgo de obviar «una parte de la realidad». Sólo así, sostiene Blom, se podrá «plasmar la velocidad, el frenesí, la urgencia de la experiencia vital durante aquella época». Nos propone, pues, «desentrañar la época desde dentro, interpretándola no retroactivamente, sino como la vieron quienes la vivieron»; en definitiva, Blom pretende hacernos partícipes de aquella cinética con una especie de travelling narrativo veloz pero en absoluto atropellado. Para ello organiza el andamiaje de su libro de una forma en apariencia simple, pero extraordinariamente eficaz: quince capítulos, uno para cada año.

Así, en 1900 nos presenta la Exposición Universal de París y la estatua alegórica de la ciudad, una figura de seis metros obra de Paul Moreau-Vauthier que coronaba la entrada del recinto. Blom la enfrenta, en una suerte de contraposición entre tradición y modernidad, a las dinamos que movían los monstruosos ingenios de las salas de máquinas de la misma exposición. Habla también de la decadencia de Francia, de la magnificencia del mundo viejo (ilustrada con la descripción de la fastuosa cena que la République ofreció a sus veinte mil alcaldes), del caso Dreyfus, del antisemitismo en Francia y de las dudas acerca de la virilidad de la población masculina.

En 1901 aborda los fastos celebrados tras la muerte de la reina Victoria de Inglaterra, señalada por Blom como la muerte de una época. También del antisemitismo en Inglaterra, del colonialismo y de las nuevas costumbres de la aristocracia. 1902 se abre con la Babel de lenguas existente en el imperio austrohúngaro y con la irrupción de las tesis de Sigmund Freud y de cómo plantea éste la dicotomía entre el principio moral y la realidad social: «El funcionamiento de la sociedad misma descansaba en la represión individual, en una negación del placer»; describe las obras de Adolf Loos o Egon Schiele y de cómo fueron recibidas con gran escándalo.

En 1903 expone cómo las artes y las ciencias comenzaron a fracturar el mundo anterior. Habla, y con qué elegancia, de por qué fueron cruciales los descubrimientos de Marie Curie o de Ernest Rutherford sobre la radioactividad, y de las perspectivas que Fritz Mauthner o Ernst Mach aportaron al estudio del lenguaje. «La modernidad nació entre el hastío de la realidad y la verdad y las dudas sobre el propio lenguaje y las múltiples perspectivas de la experiencia». Trata la evolución de la ciencia ficción (que, no deja de ser interesante, apenas tuvo éxito en Alemania, más pendiente de los libros de indios y vaqueros escritos por Karl May), de los distópicos (los antiutópicos) y de cómo el optimismo de esos inicios comenzó a quedar arrinconado por una visión pesimista y siniestra del futuro.
En el capítulo dedicado a 1904 se muestra especialmente incisivo en su crítica al colonialismo belga y a las atrocidades cometidas en el Congo. Ensalza la labor de quienes lo denunciaron –Roger Casement y Edmund Dene Morel–, lo que le sirve para explicar los nuevos mecanismos de expansión de la prensa. Sigue Blom, con ese travelling sobre la decadencia del mundo anterior que inició en el primer capítulo, exponiendo cómo las colonias no eran rentables económicamente y cómo la opinión pública comenzaba a rechazar las prácticas abusivas de los imperios. 1905, por su parte, está dedicado a Rusia y al fermento revolucionario surgido tras el «Domingo Sangriento», la represión zarista, el antisemitismo en el país y la importancia de las reformas del ministro Serguéi Witte. Blom expone en este capítulo las condiciones miserables de vida en Rusia con una especie de patchwork muy sugerente y, sin duda, la convulsión violenta del país contrasta con la idea de seguridad que Stefan Zweig muestra en sus memorias –una imprescindible lectura paralela a esta obra– como exponente de la época. Angustia, vanguardias, desesperanza. «Era obvio que las cosas no podían terminar bien. Cómo y cuándo se produciría la catástrofe seguía siendo incierto, pero como dicen entre ellos los estudiantes de Los siete ahorcados [obra de Leonid Andréiev]: “¡Ya no falta mucho!”».

Trata en 1906 del dominio de los mares y de la carrera armamentística de los diferentes países europeos, lo que le lleva a reflexionar sobre el ejército y sobre la hombría, un tema recurrente en este libro. Aparecen Proust y el profesor descarriado protagonista de El ángel azul, de Heinrich Mann; el Mensur, los duelos barbáricos que provocaban entre sí los estudiantes prusianos; los prejuicios sociales sobre el uranismo y la masculinidad, el ideal de los judíos musculosos de Max Nordau; Nietzsche y de cómo se tergiversaron sus escritos sobre el superhombre; la virilidad y las nuevas perspectivas de la misoginia, especialmente en Jean Paul Möbius y Otto Weininger.

Sigue Blom con su vertiginosa y entretenida carrera con el año 1907 y la Conferencia de Paz en La Haya, paz de la que nadie parecía estar convencido. La respuesta de las feministas está meticulosamente analizada, así como la proliferación de movimientos alternativos, que Blom describe con una galería de naturistas y excéntricos entre los que no faltan Tolstói o Madame Blavatski: «Las estructuras heredadas ya no podían dar respuestas adecuadas al frenesí de la vida moderna, a las nuevas realidades sociales creadas por las sociedades urbanas e industriales, al consumismo y, mucho menos, a la nueva seguridad en sí mismas que empezaron a manifestar las mujeres». Y del sufragio al feminismo, tema estudiado en el capítulo dedicado a 1908. Ese año se reunieron medio millón de personas en Hyde Park para pedir el voto para las mujeres, y fue importantísimo el papel de sufragistas como Mary Gawthorpe, Christabel Pankhurst, Annie Kenney, Leonora Cohen, Lilian Lenton… Fueron arrestadas, iniciaron huelgas de hambre y sus ataques a diputados los hacían con paraguas (aunque Blom se refiere, sin detallar, a un ataque con una carta bomba). Blom sostiene que los movimientos feministas sí consiguieron sus objetivos antes de la guerra, en contra de lo que dice «la historia oficial». Trata de las teorías feministas sobre el papel del hombre y sobre la prostitución, de la trenza que hizo el feminismo ruso con el anarquismo y el terrorismo, de las diferencias entre las corrientes feministas en Francia, más tenues, de la división entre activistas y socialistas en el feminismo de los dos imperios de lengua alemana, y se detiene especialmente en el papel de Rosa Mayreder. Vuelve a la carga contra la misoginia de Möbius, de Karl Kraus (aunque para ello utilice citas y anécdotas del vitriólico vienés especialmente divertidas) y de Otto Weininger, cuya breve vida le sirve para analizar las relaciones entre antifeminismo y antisemitismo.

1909 es el año de la velocidad de las nuevas máquinas. Aparece el primer vuelo sobre el canal de la Mancha, de Louis Blériot, quien ha tenido tantos accidentes que el sastre le hace los trajes a medida según sus deformidades; la lucha por conseguir la mayor velocidad punta de las locomotoras de la Siemens y de la AEG, el automatismo de los obreros, Taylor y Ford; la cadena de montaje, de 1908, que se instauró en Europa tras la guerra; la importancia que tuvo Estados Unidos para los europeos, algunos de los cuales querían visitar y aprender de una sociedad libre de las ataduras de la tradición.

El tiempo cobra nuevas dimensiones (es en 1900 cuando aparecen los primeros relojes con manecillas para marcar las décimas de segundo). Proliferan las bicicletas y los automóviles. En el capítulo del vértigo por antonomasia reconoce que la velocidad era algo relativo visto desde hoy en día: lo normal es que se prohibieran las velocidades superiores a los 25 kilómetros por hora en las grandes ciudades (Blom ironiza a menudo y trata muchos temas con un reconfortante sentido del humor). La fotografía llega a las masas gracias a las instantáneas, que pretendían «capturar el mundo en movimiento», todo un estímulo que se plasmó en el arte y en el retorcimiento y la reconfiguración de los motivos pictóricos. Aparecen Italia y el futurismo, Marinetti y su deriva hacia el fascismo («El arte no puede ser sino violencia, crueldad e injusticia»). Si en los primeros capítulos mostraba en especial cómo se descomponía el mundo anterior, paulatinamente va señalando los avisos del salto al vacío: los alemanes (Käthe Kollwitz, Gerhardt Hauptmann, Frank Wedekind) preferían la crítica social a las proclamas estéticas de Marinetti. Musil inicia su obra El hombre sin cualidades con un accidente de tráfico; El súbdito, obra de Heinrich Mann, con un hombre que corre junto al automóvil del káiser gritando «Heil, Heil!», y que cae presa la histeria. Entran en escena la enfermedad de los nervios destrozados, descrita por primera vez en 1869; la neurastenia, relacionada con el exceso de actividad sexual, que afectaba ahora a los hombres. El sexo era más accesible, pero se convirtió en una amenaza: la sífilis, por un lado, y las supuestas consecuencias funestas de la masturbación. La masculinidad se cuestionaba continuamente: «La batalla por el alma del siglo XX se alimentaba de técnica, pero se libraba con el sexo».

1910. Blom analiza el cambio de las relaciones entre hombres y mujeres, amos y criados... Habla de los usos de un nuevo lenguaje, también del musical, de una revolución artística. «En 1910 el papa Pío X llegó al extremo de introducir, para todos los sacerdotes, un juramento obligatorio en virtud del cual renunciaban a la modernidad y sus valores». El retorno al mito: el primitivismo se convierte en un tema artístico: la bestialidad erótica del baile de Stravinsky, las máscaras africanas en Picasso y el cubismo, la búsqueda de experiencias estéticas y sexuales lejos de los países de origen... y en su misma patria. El nacionalismo cobra una fuerza inusitada como respuesta a los tiempos modernos. Aquí comienza todo el desastre del siglo XX, el verdadero impulso, en plena carrera, del salto al vacío.

1911 lo dedica a los «palacios del pueblo», los grandes centros comerciales. El consumismo, la expansión de los cines populares y, de nuevo, las cámaras de fotos instantáneas.

El primer Congreso Internacional de Eugenesia, que se celebró en 1912, le sirve a Blom para tratar cómo fueron imponiéndose ciertas ideas sobre la raza, el aborto y la aniquilación del débil. Aparecen Francis Galton, Jack London y su reportaje sobre los suburbios de Londres, la diferenciación entre nature y nurture. Se acumulan los nombres y las historias: Ernst Hackel, Alfred Ploetz, la nueva masculinidad, la eugenesia en Rusia, Pávlov, Kropotkin, los racistas, Guido von List.

La degeneración provocada por el vértigo y la velocidad de los nuevos tiempos es el tema del año 1913. Los crímenes de Ernst August Wagner y Daniel Paul Schreber. Crimen y sexualidad. Tanto Wagner como Schreber «creyeron que el fin del mundo era el resultado de dos males gemelos: el nerviosismo y la degeneración moral». Aparecen los «apaches» franceses, los gamberros, la violencia y lo que se deriva de ello: «la ciencia del crimen», Lombroso, la fascinación de lo violento en la literatura, Alfred Kubin y sus visiones pesadillescas, Sherlock Holmes y los héroes canallas como Arsenio Lupin. Y llegamos a 1914: un asesinato político. No es el del heredero al trono que desencadenó la guerra. A Blom le interesa captar la esencia de una época a través de estampas concretas. El crimen que conmocionó Francia es el cometido por Henriette Caillaux. Sus circunstancias –la intriga política, el descrédito por cuestiones morales, el hecho de que la asesina fuera una mujer y el protagonismo de la prensa– «eran un intenso eco de las preocupaciones y las angustias de la época».

Decenas y decenas de anécdotas, sucesos en apariencia nimios o esquinados, hechos que rara vez aparecerían en los libros de Historia, son de los que se sirve el autor para, pieza a pieza, crear su magno puzle. Blom emplea en esencia los métodos que usa Bill Bryson en sus obras, y no sólo por el hecho de que no haya ni una sola nota, aunque al final recopila las fuentes con un método limpio y pulcro (el mismo que en España han utilizado en algunos libros Arcadi Espada y, posteriormente, Ignacio Martínez de Pisón).

Se le ha criticado a Blom que se centre en unos países muy concretos: el Imperio Austrohúngaro, Alemania, Francia, Rusia y Estados Unidos, y que haya dejado de lado otros, entre ellos España. Cita en las primeras páginas a Unamuno y a Ortega, pero nada más. Quizás una de las anécdotas relacionadas con el país ilustre los motivos de este esquinamiento. En 1901, durante los funerales de la reina Victoria de Inglaterra, todos los países europeos enviaron barcos como escolta del féretro: «los españoles, sin embargo, no pudieron cumplir con su decoroso deber; su barco no llegó a tiempo, y una nave más pequeña, propiedad del príncipe de Mónaco, tuvo que sustituirlo». España no parecía tener un papel brillante en Europa. La anécdota, no obstante, conviene matizarla. El buque español era el Carlos V, el mejor de la armada, y la realidad no es que no llegara a tiempo por negligencias operativas, como parece desprenderse de la aseveración de Blom, sino porque, ya camino de Inglaterra, sufrió una avería en ocho de sus doce calderas. El suceso fue muy comentado en la prensa española, causó gran consternación y se criticó acerbamente a los responsables que enviaron sólo un barco sin tener en cuenta una posible sustitución. El matiz, insignificante, no altera en sustancia lo que Blom quería explicitar con su anécdota; no obstante, revela lo poco rigurosa que podría llegar a ser esta técnica de collage en caso de emplearse de forma inadecuada. Más, incluso, si un libro así no estuviera dotado de un aparato crítico exigente y minucioso. Nada puede reprochársele a este Años de vértigo, cuya edición española está bien cuidada, pese a que las numerosas imágenes en blanco y negro que acompañan al texto estén muy mal impresas.

El libro es muy estimulante, entretenido y apenas pretende imponer tesis inamovibles. Si el historiador marxista Eric Hobsbawm –que también señalaba 1914 como el año inicial del siglo XX– sostenía que fue el capitalismo el inductor de los patrones de la vida vertiginosa en la sociedad, Blom se aparta de los análisis económicos o de las perspectivas políticas. Para él impera más un punto de vista nuclear y cotidiano que se utiliza para explicar que los mecanismos cinéticos de la vida fueron los grandes avances culturales, científicos e intelectuales. Blom tiene el arte de descascarillar toda complejidad de ciertos hechos que narra y los muestra simples y comprensibles. Asimismo, hace gala de una ironía y de un humor que estimulan la lectura y aclaran la algarabía de sus más de seiscientas páginas. Apunta, además, lecturas interesantes, divertidas o emocionantes, y establece relaciones muy sugerentes entre hechos que aparentemente no están relacionados. Su gusto por el detalle aguza el interés por profundizar en muchos de los temas que plantea a través de pequeñas anécdotas o de libros que cita y comenta en pocas líneas.

En sus últimas páginas sintetiza las ideas principales del libro e insiste en que conviene leerlo olvidando por completo los sucesos desencadenados a partir de 1914. Reconoce que es tarea casi imposible. El reto es interesante, pero se hace sumamente difícil ya desde las primeras páginas, cuando el mismo Blom salpica el texto con referencias directas o indirectas al horror en que se sumió Europa. No sólo el antisemitismo, del que describe situaciones anecdóticas al referirse a países como Inglaterra y Francia, sino que también las referencias al «arte degenerado» (p. 35), el atentado contra Hitler de 1944 (pp. 61 y 62), el uso por vez primera de los «campos de concentración», las referencias a la catástrofe (p. 229), la influencia de Nietzsche y su superhombre en el capítulo dedicado a 1906 y, muy especialmente, cuando trata de la primera Conferencia de Paz de La Haya y las políticas militares de los principales países europeos, desfilan por estas páginas. Si en una primera parte está más pendiente de describir la muerte de un mundo viejo y caduco, posteriormente la narración de crímenes alienantes, la angustia, la represión sexual y la incapacidad para amoldarse a los cambios brutales y veloces, permiten ya vislumbrar el desastre. Un desastre que quedó anticipado en las páginas del Diario de un estudiante, de Gaziel, en su entrada del 1 de agosto de 1914: «Hoy también hemos sabido que Alemania le declara la guerra a Rusia. Ya no queda ninguna esperanza».

Sergio Campos Cacho es bibliotecario, coautor de Aly Herscovitz y colaborador de Arcadi Espada en su libro En nombre de Franco: los héroes de la embajada de España en Budapest.


AÑOS DE VÉRTIGO – Philipp Blom

 

Fuente: http://www.hislibris.com/anos-de-vertigo-%E2%80%93-philipp-blom/
«Se había impuesto un nuevo ritmo al mundo. ¡Cuántas cosas acontecían ahora en un año!» Stefan Zweig

Iniciaba Barbara Tuchman su reputado libro sobre el cuarto de siglo que precedió a la Primera Guerra Mundial, La torre del orgullo (1962), afirmando que aquel período no fue una era dorada más que en una parcial apreciación de las clases privilegiadas; contribuía a la distorsión el que mucha gente embelleciese el recuerdo de aquellos años por contraste con el caos de la guerra. En la misma línea de razonamiento, Philipp Blom, historiador alemán que traza una nueva semblanza de los años de preguerra (desde 1900 hasta 1914), sostiene que la visión nostálgica e idealizada que subyace al nombre de Belle Époque resultaría extraña para la mayoría de quienes vivieron en torno al 1900. Una representación más fidedigna de la época es la que destaca la sensación de hallarse en un mundo lanzado en acelerada transformación: un mundo signado por el cambio y la velocidad, factores que para muchos resultaban tan excitantes como escalofriantes. En concepto del autor, la célebre fotografía en que se observa la mitad posterior del bólido de carreras Nº 6, con sus formas aparentemente alteradas por la velocidad (imagen capturada en 1912 por Jacques-Henri Lartigue), es un verdadero símbolo del momento. Aquellos eran, para los europeos, unos genuinos años de vértigo.

En los quince capítulos del libro -uno por cada año del período comprendido-, Philipp Blom (Hamburgo, 1970) compone una panorámica que privilegia las aristas socioculturales y se concentra en las potencias mayores de Europa, abordando diversas facetas de la época a partir de alguna señal propicia o de un acontecimiento emblemático. Así pues: en el primer capítulo, la Exposición Universal de París realizada en 1900 representa oportunamente la entrada al nuevo siglo. El capítulo II comienza con el instante en que el káiser Guillermo II cierra los ojos de la reina Victoria, su británica abuela, quien acaba de fallecer (enero de 1901): es el punto de partida para una caracterización de la situación socio-política de las mayores potencias europeas, centrándose en un contraste entre Alemania y el Reino Unido. En el arranque del capítulo siguiente tenemos una rápida vista de la prensa vienesa de un día de marzo de 1902, desembocando en una mención incidental de Sigmund Freud en una nota periodística cualquiera: es el capítulo de Viena, ciudad que por entonces fuera una de las mayores capitales culturales de Occidente. En el capítulo IV, la concesión en 1903 del Premio Nobel de Física a Marie Curie es el punto de partida para una aproximación a los cambios radicales que la ciencia depara por entonces, no siendo despreciable, como anticipo de lo venidero, el hecho de que una mujer rompiese con antiquísimos estereotipos sexistas. En 1904, el irlandés Roger Casement entrega a la Oficina Colonial de Londres su informe sobre las atrocidades perpetradas en el denominado Estado Libre del Congo: ocasión para acometer el tema del imperialismo europeo. Y así sucesivamente, nuestro autor pasa revista a una amplia variedad de asuntos: el pacifismo y diversas visiones alternativas del mundo y el futuro tales como la teosofía y la antroposofía; el feminismo; los avances en la tecnología del transporte y el culto de la velocidad; las enfermedades nerviosas «de moda», indicio del desajuste provocado por la vertiginosa modernidad; el impacto social del cine; la sociedad de consumo y la estandarización de la producción industrial; el pensamiento eugenésico y sus desvaríos, etc.
Entre las muy heterogéneas atracciones de la Exposición Universal de París destacaban los prodigios de la ciencia y la tecnología, muy especialmente las dínamos que suministraban energía a las máquinas eléctricas y que, sobre todo en observadores sensibles, provocaban visiones a un tiempo maravillosas y espantables. En efecto, el enorme pabellón de las dínamos infundía una sensación de poder, el que acaso un día llegase a escapar del control de los hombres. Representaba el frenesí de unos tiempos de creciente urbanización, de ferrocarriles surcando los paisajes y de automóviles rodando por las calles, de una arquitectura y un diseño que ponían el acento en lo funcional y parecían prontos a renegar de la ornamentación… Tiempos en que los incipientes aparatos de rayos X causaban tal estupor que llegaba a atribuírseles propiedades universales, a extremos grotescos (desde la curación del cáncer hasta la posibilidad de «blanquear a los etíopes»). Las novedades y la sensación de rapidez resultaban sobrecogedoras. Como señaló el pintor Fernand Léger, «un hombre moderno registra cien veces más impresiones sensoriales que un artista del siglo XVIII». Con frecuencia, el asombro se entreveraba con una impresión de precariedad e inseguridad.
Parecía pues que una amenaza acechaba entre tanto esplendor. En la misma época que parecía consignar el triunfo de la ciencia, proliferaban las voces que diagnosticaban la crisis de la modernidad y el desmoronamiento de la civilización occidental. Los agoreros de siempre veían en el estancamiento  de la natalidad –especialmente en Francia- y en la alta fecundidad de las «razas orientales» una amenaza al futuro de Occidente. Las certezas tradicionales llevaban largo tiempo sufriendo embates desde todos los flancos y ahora, en el mismísimo umbral de una nueva centuria, el racionalismo y su fe en el progreso indefinido evidenciaban abundantes fisuras. ¿Anuncio del triunfo de la sinrazón? Por lo menos se podía hablar de una cada vez más próspera contracultura, que tenía en personalidades como William Blake, Charles Baudelaire, Friedrich Nietzsche y Henri Bergson algunos de sus más insignes profetas. La Era de la Razón se mostraba anémica en certidumbres y en capacidad de sugestionar los espíritus; para saciar la sed de mito había que abrevar en otras fuentes: el instinto, el misticismo –sobre todo en variedades que la ortodoxia religiosa calificaría de espurias-, la voluntad libre de inhibiciones, la inspiración guiada por las emociones.
Es cierto que el común de las gentes deseaba por lo general integrarse en la modernidad y disfrutar de sus beneficios. Elementos como la consolidación de los medios de comunicación de masas, la fulminante difusión del cine y el éxito del primer automóvil popular, el Ford modelo T, hablan a las claras de dicho fenómeno. Pero no es menos cierto que el de aquellos años era un clima propicio a las cosmovisiones alternativas a la propugnada por el racionalismo. Los progresos científicos y tecnológicos convivían con la rebelión contra el orden moderno. El nacionalismo, el racismo y el antisemitismo eran formas ideológicas de particularismo identitario que impugnaban los ideales universalistas de la Ilustración. El disparate conocido como «darwinismo social» revestía de empaque pseudocientífico a abominables proyectos de segregación y exclusión social. En Alemania, el rechazo de la modernidad constituía una verdadera tradición intelectual, académica y artística, mientras que en Francia el caso Dreyfus había movilizado a nacionalistas y reaccionarios no ya contra «un mero individuo», sino contra lo que ellos consideraban como la denigración del orden tradicional.
Circulaban por doquier las obras de Nietzsche, y su virulenta crítica de los valores establecidos encontraba oídos sobradamente receptivos. Freud puso al inconsciente y la sexualidad en el centro de la atención, y, lo que en principio era un paradigma científico, devino en el imaginario ciudadano una celebración de lo irracional. Madame Blavatsky y Rudolf Steiner eran sólo los más famosos de entre los muchos gurúes cuyas enseñanzas prometían el ansiado «reencantamiento del mundo». Las vanguardias artísticas solían nutrirse de un desembozado primitivismo, el que apelaba a lo arcaico, lo atávico y lo pagano (tomados del Occidente premoderno o bien del presente de los pueblos  extraeuropeos). Stravinsky se inspiró en el folclor y la mitología rusas para producir algunas de sus más célebres obras, alcanzado la cúspide con la recreación de un antiguo ritual ruso en La consagración de la primavera (1912).  El cuadro La alegría de vivir (1906), de Henri Matisse, exuda arcaísmo en toda su superficie y celebra la armonía utópica de una perdida Edad de Oro. La iconografía mitológica de Gustav Klimt carece de los aires olímpicos que imprimían los renacentistas o los pintores barrocos a sus dioses griegos, pero exponen las pasiones primigenias que bullen en el alma moderna bajo su pátina de refinada civilización. En fin, ¿no se contaron unas máscaras africanas entre las fuentes de inspiración del cuadro Las señoritas de Aviñón, de Picasso? El naciente siglo XX traía consigo la protesta de lo irracional, la que alimentó movimientos sociales, culturales y políticos de la más diversa índole, desde inspiradas vanguardias artísticas y de pensamiento hasta el culto de la masculinidad y de la violencia. En palabras del autor: «El culto de la sinrazón fue un elemento importante en movimientos aparentemente tan incompatibles como el modernismo abstracto y el fascismo» (p. 585).
En importante medida, los años de 1900 a 1914 fueron el fermento creativo de muchos de los logros y pesadillas del siglo XX. «Todo lo que en el siglo XX llegaría a tener importancia –desde la física cuántica hasta la emancipación de la mujer, desde el arte abstracto hasta los viajes espaciales, desde el comunismo y el fascismo hasta la sociedad de consumo, desde el asesinato industrializado hasta el poder de los medios de comunicación– ya había dejado improntas profundas en los años anteriores a 1914, de tal modo que el resto del siglo fue poco más que un ejercicio, alternativamente maravilloso y horrendo, consistente en desarrollar y explorar esas nuevas posibilidades» (p. 17). El inicio del siglo resultaba alentador para espíritus optimistas y maravillados de la ebullición cultural que les era dado presenciar; espíritus como Stefan Zweig, que en sus memorias -publicadas bajo el título de El mundo de ayer- daba fe del sentir de no pocos europeos cultivados: «Nunca quise más a nuestra vieja Tierra que en esos años antes de la primera guerra mundial; nunca abrigué más confianza en la unificación de Europa, nunca creí más firmemente en su porvenir que en aquel tiempo en que se tenía la sensación de distinguir una nueva aurora. Pero, en realidad, era el resplandor del incendio universal que se aproximaba».
Un período seminal que, por otra parte, guarda bastantes similitudes con el tiempo presente, afirma Blom. Ambas épocas se caracterizan por su índole abierta. Antes del estallido de la Primera Guerra Mundial, cundía en Europa una buena dosis de incertidumbre acerca del perfil del mundo en un futuro próximo. La caída de la Unión Soviética fue también la caída del esquema confrontacional a que se vio reducido el mundo en los días de la Guerra Fría; con todo, el enfrentamiento entre dos sistemas globales deparaba una serie de puntos de referencia. Hoy, el horizonte no parece estar muy claro.
Libro excelente, a mi entender, que combina la erudición con una prosa tan ágil como esmerada –se agradece la notable traducción-. Sólo reprocharía a la edición de Anagrama la deficiente calidad de muchas de las reproducciones fotográficas que pueblan sus páginas.
-Philipp Blom, Años de vértigo. Cultura y cambio en Occidente, 1900-1915. Anagrama, Barcelona, 2010. 679 pp.

MUSSOLINI Y EL FASCISMO ITALIANO – Álvaro Lozano

No abundan los libros sobre el fascismo italiano y es curioso, siendo un tema tan apasionante. Pero en comparación con su «hermano menor», el nazismo alemán, el fascismo no parece llamar tanto la atención de los editores españoles. Apenas encontramos en el mercado español las obras de Emilio Gentile, La vía italiana al totalitarismo. El partido y el estado en el régimen fascista (Siglo XXI, 2005) y El culto del littorio. La sacralización de la política en la Italia fascista (Siglo XXI, 2007), el librito Mussolini y el ascenso del fascismo de Donald Sassoon (Crítica, 2008) o el curioso (y visualmente fascinante) Atlas ilustrado del fascismo publicado por Susaeta. U obras conceptualmente más complejas como Modernismo y fascismo de Roger Griffin (Akal, 2010) o Fascistas de Michael Mann (Publicacions Universitat de Valencia, 2006), ésta última desde una órbita sociológica. Y seguimos contando con obras generales del fenómeno fascista como El fascismo de Stanley Payne (Alianza Editorial) o Anatomía del fascismo de Robert O. Paxton (Península) o Fascismo. Historia e interpretación del citado Gentile (Alianza Editorial, 2004), pero apenas hay libros concretos sobre el fascismo italiano. Y la biografía de R.J.B. Bosworth Mussolini (Península, 2003) va camino de convertirse en un libro descatalogado. ¿Por qué, se preguntará el lector curioso, este relativo páramo mientras que sobre Hitler, nazis y el Tercer Reich no pasa prácticamente un mes sin que se publique o se reedite algo?


Y la respuesta no es fácil. Ni en cierto modo comprensible. Mussolini abrió la senda a otros movimientos fascistas, creando un régimen que duró dos décadas, aunque también es cierto que el fascismo puro apenas existió en la Italia del período. Y aunque se popularizó la imagen de un Mussolini con la vestimenta fascista, el saludo a la romana o su hiperactividad como gobernante (que hay que relativizar, sin embargo), el corporativismo fascista se quedó en intento: la sociedad italiana participó de aquello que le interesó del fascismo (organizaciones como el Dopolavoro); el mensaje fascista pronto quedó diluido desde arriba, con un Mussolini receloso de cualquier veleidad ambiciosa de los ras y los squadristi; las instituciones fascistas apenas sustituyeron al Estado fuerte que Mussolini se encargó de mantener (a diferencia de lo que sucedió en la Alemania, donde el «Estado prerrogativo», formado por las organizaciones paralelas del partido nazi, se impuso al «Estado normativo», compuesto por las autoridades legalmente constituidas y el funcionariado tradicional; definiciones de Ernst Frankel recogidas en la obra anteriormente citada de Paxton, p. 143); y la aparente solidez del régimen fascista se hundió por los efectos de la participación italiana en la Segunda Guerra Mundial, hasta el punto de que bastó la destitución de Mussolini por parte del rey Víctor Manuel III para acabar con veintiún años de fascismo en el poder.

Un análisis a fondo de este tema, pues, es el que ha realizado Álvaro Lozano en Mussolini y el fascismo italiano (Marcial Pons, 2012), de quien ya comentamos hace unas semanas su también reciente libro, Anatomía del Tercer Reich (Melusina). Y lo hace con un libro muy completo, ameno y de ágil lectura. Un libro que puede ser asumido como una síntesis historiográfica sobre el fascismo italiano; de hecho, al final de cada capítulo el lector encontrará, bajo el título «El veredicto de los historiadores», la selección de los debates historiográficos sobre cada tema, un elemento que aumenta el valor del libro de Lozano y que ya puede ser considerado como una marca de la casa. Estructurado en capítulos temáticos, y siguiendo un orden cronológico, Lozano analiza la crisis del Estado liberal italiano antes y especialmente después de la Primera Guerra Mundial; las causas del ascenso del fascismo, que convendría no ver como un bloque monolítico, sino con diversas aristas (y sensibilidades) siendo el éxito de Mussolini su capacidad (quizá su versatilidad) para aunar tendencias y crear la plataforma para, en apenas dos años, alcanzar el poder. Un poder que se basó, en gran parte, en el mito de la «Marcha sobre Roma» y en la necesidad de una figura diferente al sistema de Giolitti al frente del gobierno.

Es en la parte central del libro, los capítulos dedicados al análisis del régimen totalitario, a la economía fascista y a la vida en la Italia fascista, donde el lector disfruta más del libro (o al menos así lo he hecho yo). En estos capítulos asistimos al relato de la manera de Mussolini de gobernar (una hiperactividad relativa, un modo de abarca demasiado acumulando ministerios, provocando confusión y logrando pocos resultados), al establecimiento de un totalitarismo relativo, más bien superficial, que se fundamenta en la propaganda y la imagen pero con escasa solidez. El régimen fascista trató de crear una nueva sociedad, pero más bien sobre el papel; el propio Mussolini rechazó la «segunda revolución» que los jerarcas fascistas más vehementes demandaban y a los que el Duce fue apartando del poder. La firma de los pactos de Letrán con el Vaticano en 1929 pusieron fin a décadas de enfrentamiento con la SantaSede, pero también dejaron patente que el fascismo no iba a cambiar sustancialmente la esencia de la sociedad italiana. Los propios italianos se amoldaron a las formas fascistas, pero mantuvieron una relativa crítica al régimen, impensable en la Alemania nazi, e incluso hubo un espacio (pequeño, eso sí) para la disidencia y la oposición. Las ambiciones de Mussolini de convertir Italia en un imperio mediterráneo pronto chocaron con las limitaciones de la economía italiana, especialmente con la industria, y el propio estado corporativo fascista, queriendo ser un intermediario y una amalgamador entre empresarios y trabajadores, sólo consiguió fortalecer a los primeros mientras destruía la posibilidad de mejoras para los segundos, y sin conseguir ser el Estado el motor de la economía, como pretendía.

La política exterior de Mussolini –múltiple a lo largo de dos décadas– centra la parte final del libro, así como la implicación en la guerra al lado de la Alemania nazi. Las excesivas ambiciones de Mussolini, la ruinosa guerra en Etiopía, la participación en la guerra civil española, el acercamiento a la Alemania de Hitler como modo de no aislarse ante el alejamiento de Gran Bretaña y Francia, y el salto al vacío desde 1940 (desastrosa campaña de Grecia, participación en las guerras de expansión alemanas en el Este europeo), fraguaron la caída del régimen. La popularidad que alcanzó Mussolini a lo largo de la década de 1930, especialmente tras la conquista de Etiopía, se malogró durante la Segunda Guerra Mundial, hasta el punto de que la caída de Mussolini fue más fácil de lo que se podía haber supuesto. En este sentido, Mussolini nunca pudo quitarse de encima la figura del rey Víctor Manuel III, al que despreciaba y consideraba una mera figura honorífica, pero con la autoridad necesaria para que pudiera destituirle cuando Italia ya caía por el abismo. La etapa final de Mussolini, como dirigente sin ánimos de una República Social Italiana en Saló, muestra al hombre abatido, el títere en manos de los alemanes.

De todo ello, y con un profuso aparato gráfico, se nutre este libro, completa y necesaria síntesis sobre el fascismo italiano. Esta reseña no le hará justicia, que quede claro, y es en su lectura, apasionante en la parte central, donde el lector hallará el enorme valor del libro. A ella encomiendo al lector curioso, al especializado en estos temas, al que se acerca con una cierta base.

Las luces y las sombras de Ortega y Gasset en La Vanguardia

FUENTE: LA VANGUARDIA22/5/2014

Las luces y las sombras de Ortega y GassetMadrid (EFE/Ana Mendoza).- El escritor barcelonés Jordi Gracia equilibra la dimensión humana con la faceta intelectual de José Ortega y Gasset en una exhaustiva biografía que desactiva varias leyendas sobre este gran pensador y ensayista, entre ellas la de su franquismo o su complicidad con los fascismos.

"En la Guerra Civil, Ortega decide que el bando que mejor protege sus intereses es el franquista. No fue tanto una elección como una resignada opción. Pero luego no tiene ninguna simpatía ni por Franco ni por el régimen", ha afirmado hoy Gracia en una entrevista con Efe en la que ha desgranado las claves de esta biografía.

Publicado por la Fundación Juan March y la editorial Taurus dentro de la prestigiosa colección "Españoles eminentes", el libro rastrea cada año de la vida de Ortega para que se entienda bien cómo se forjó el pensamiento de quien fue "una figura absolutamente capital en la modernización intelectual de España".

Ortega (1883-1955) era un hombre "insultantemente inteligente" y "una máquina de pensar infatigable", entre otras razones porque "el placer inagotable de pensar es parte de su intimidad como sujeto", dice Gracia, catedrático de Literatura Española de la Universidad de Barcelona y cuyos ensayos han merecido varios premios.

La vía mejor para adentrarse en la figura de Ortega ha sido "una inmersión integral" en sus cartas, que en su mayor parte permanecen inéditas pero están accesibles en la Fundación Ortega y Gasset.
Y ha trabajado, además, con "esa maravilla de 600 páginas" que es "Las cartas de un joven español", un libro que muestra al "muchacho que era Ortega entonces, un joven superdotado, con una capacidad mental para organizar la descripción del mundo que era única", comenta el autor de esta biografía de 700 páginas, fruto de cinco años de trabajo.

Al no escamotear la dimensión humana, Jordi Gracia (Barcelona, 1965) refleja también las facetas más antipáticas de Ortega, en especial "su complejo de superioridad". "Era muy engreído y muy suspicaz. No encajaba las críticas".

"Y tenía un impulso mesiánico redentor". El horizonte de su ambición intelectual, añade el biógrafo, "era gestar la transformación de España en un país moderno".

Ortega también descubre pronto que "puede llegar a ser el formulador de la nueva filosofía". La teoría de la relatividad de Einstein, "en la medida en que descubre un nuevo tiempo en términos físicos, necesita una nueva filosofía", y esa es la que iba a aportar Ortega, comenta el autor.
En 1914, Ortega ya era "el pensador más moderno, europeo y perdurable del siglo XX en España". Ese año fue clave en su trayectoria porque "lidera la movilización política de los jóvenes antisistema -entonces habría que llamarlo así- contra el Partido Conservador y contra el Partido Liberal".
Y ese año publica "Meditaciones del Quijote", la primera cristalización de su pensamiento. En 1916 "empieza a sentir que tiene ya armada la idea de su razón vital filosófica".

Este "pensador ateo que identifica como enemigo de su proyecto a la iglesia católica" fue "admirado y respetado" por intelectuales como Unamuno, Valle-Inclán, Baroja, Azorín, Machado, Juan Ramón Jiménez, Azaña, Gregorio Marañón o Américo Castro.

Esa admiración no evitó que algunos "detectaran pronto la soberbia" de Ortega. Fue Pérez de Ayala el que le dijo "en una carta feroz: 'usted no acepta las críticas de nadie. Usted cree que es la verdad'", recuerda Gracia.

Entre "las leyendas" que esta excelente biografía intenta desactivar está la de "la marginalidad política" de Ortega.

Su participación en política "fue muy activa", asegura el biógrafo. Decidió liderar "la necesidad de ir a una II República" y de luchar contra la dictadura de Primo de Rivera y la monarquía.

"En su fantasía más secreta estuvo incluso la posibilidad de presidir la República, pero de inmediato se dio cuenta de que era inviable", señala el autor.

En la Guerra Civil, Ortega consideró "un mal menor" el bando franquista, pero no lo hizo público "salvo en unas pocas líneas en 1938. Por fin sí acepta colaborar con el servicio de propaganda franquista, y lo hace a través de un artículo larguísimo que le sirve para garantizar que él estaba en el lado franquista", añade el autor.

Le echaron en cara su silencio durante la Guerra Civil, una actitud que "ya había predicado" en 1914. Las guerras, pensaba Ortega, "neutralizan la posibilidad de decir la verdad" y el único modo de estar a la altura era el silencio.

En su correspondencia consta que se suma al bando franquista, pero "eso no significa que de Ortega salga un franquista. No tiene ninguna simpatía ni por Franco ni por el régimen", subraya Gracia.
En la primera posguerra intentará regresar a España y "tanteará hasta dónde es verdad que él puede servir para reformar en sentido liberal al régimen".

"El escarmiento es inmediato. Y se da cuenta de que utilizan como herramienta de legitimación del régimen su presencia en España, y sobre todo la conferencia que pronunció en el Ateneo de Madrid en 1946, que causó consternación entre los intelectuales del exilio.

Jordi Gracia tiene muy claro que a Ortega no se le puede asociar con el fascismo. "Ninguno de los dos totalitarismos del siglo XX era solución de nada, decía una y otra vez", concluye.

diumenge, 18 de maig de 2014

LA REVOLUCIÓN DE CIXÍ




 Cixí, la emperatriz: La concubina que creó la China moderna la autora

Todavía en el imagi­nario occidental la figura de la Empe­ratriz Cixí (1835­-1908), también se escribe Tzu Hsi, quedó malévolamente reflejada en la pelí­cula de Nicholas Ray 55 días en Pekín (1963), rodada en Espa­ña. Esa imagen de monarca despiadada, cruel y vengativa, sin duda casaba bien con los intereses del guión, pero poco tenía que ver con la realidad histórica de su luengo reinado (más de cuatro décadas).

Tampoco la historiografía china, hasta fecha reciente, ha sido benévola con ella. Casi se podría decir que se le achaca­ron todos los males, y fueron cientos, que sufrió la inmensa población del antiguo Imperio del Centro a lo largo del siglo XX: cambios de regímenes po­líticos, guerras civiles, perse­cuciones políticas, dictaduras, hambrunas, invasiones, desga­rros y un sinfín de tormentos.


Cambiarlo todo


Jung Chang (Sichuan, 1952), au­tora de una de las más conmo­vedoras crónicas de la vida con­temporánea en China, Cisnes salvajes (1991), un libro de éxi­to mundial, y más tarde, de la más completa -hasta la fecha- biografía sobre Mao (2006), tra­za aquí, como es costumbre en ella, de manera magistral, ex­haustiva y vibrante, la verdade­ra historia de Cixí. Sí, la concu­bina que emprendió, contra es­tos y aquellos, la modernización del coloso de Extremo Oriente.

Esta es una biografía políti­ca escrita a partir de la consul­ta de infinidad de estudios, me­morias, decretos imperiales, expedientes judiciales, infor­mes políticos, corresponden­cia pública y privada, diarios, testimonios y relatos (buena parte de testigos directos), ya fueran altos cargos chinos que dejaron huella escrita de aque­llos años o diplomáticos, mé­dicos, políticos, artistas, fun­cionarios, militares y misione­ros extranjeros, entre tantos.

Son de excepcional interés las memorias de Sarah Pike Conger, esposa que fue del em­bajador norteamericano en la corte de Cixí. Junto al testimo­nio de otros que muestran, o mejor, abren una estancia ocul­ta a la Historia de China y el pa­pel representado por la Empe­ratriz viuda. W A. P Martin escribiría en­tonces: «Han pasado poco más de ocho años desde la restau­ración, si se puede llamar así al regreso de la corte en enero de 1902. En este periodo se puede afirmar que se han decretado más reformas trascendentales en China que en ningún otro país a lo largo de medio siglo, con la excepción de Japón, cuyo ejemplo profesa seguir China, y Francia en la Revolución, de la que Macaulay asegura "cam­biaron todo, desde los ritos de la religión hasta la moda en las hebillas de los zapatos”».
Cixí con sus dos eunucos favoritos, Lianying y Cui, venera a Guan Yin, la Diosa de la Misericordia, en 1903.

Poder absoluto

El libro viaja a través de todos los episodios relevantes de una vida consagrada al poder ab­soluto. Desde la llegada a la Ciu­dad Prohibida (1852) para ocu­par el menesteroso rango de concubina del Emperador, y no en la más alta escala, a las Gue­rras del Opio y el incendio, por parte de las tropas occidenta­les, del antiguo Palacio de Ve­rano. Describe, preciso y con­ciso, el golpe de Estado a la muerte del emperador Xian Feng (1861) y el momento en que tímidamente comienza la larga marcha de la moderni­dad y los primeros contactos y tentativas con el mundo occi­dental. Cuenta la oportuna de­saparición del emperador Tongxhi (1875) y el inmenso error de apoyar a los caóticos bóxers (1899), y así hasta el mo­mento fatal de su muerte. Cixí- fallece en medio de un Impe­rio que se derrumba y se pre­tendió inmortal, amenazado por las intrigas de antirrefor­mistas y potencias extranjeras; de manera especial, Japón.

Lo que se narra en este so­berbio libro es tan espeluznan­te como revelador, tan novedo­so como revolucionario. Jung Chang relata, de manera ma­gistral, cómo la propia Empe­ratriz habría tratado de impul­sar, en la última etapa de su po­der, una monarquía parla­mentaria. El perfil que traza Jung Chang de Cixí no es una superficial exégesis del perso­naje, sino que lo describe con sus luces y sus sombras.

Bajo su reinado, China comen­zó a presentar los rasgos de un Estado moderno: ferrocarriles, electricidad, telégrafo, teléfo­no, medicina occidental, arma­da y ejército acordes con los usos contemporáneos, apertu­ra del comercio, primeros atis­bos de un tratamiento fiscal se­mejante al occidental, una di­plomacia abierta a los acuerdos y los tratados de cooperación, cambio radical del sistema edu­cativo, anquilosado desde ha­cía más de mil años (literal); li­bertad de prensa y pensamien­to como la China actual no disfruta y profunda liberación de la mujer (desde la abolición de la salvaje costumbre de ven­dar los pies a las niñas al fomen­to del estudio y la instrucción).

Dejó, en el tintero de los pro­yectos, cuando ya estaba elabo­rado, el más grande: transfor­mar una nación de súbditos en otra de ciudadanos con dere­cho al voto. Es un inmenso pla­cer leer un libro de Historia bien escrito, sin que la hojarasca aca­démica infecte la narración, apo­yado en una documentación esencial y apabullante. Uno de los grandes libros del año.

FERNANDO R. LAFUENTE
Fuente:   http://hemeroteca.abc.es/nav/Navigate.exe/hemeroteca/madrid/cultural/2014/05/03/010.html 


Cixí, una concubina que reinó entre eunucos


Era una más el harén del emperador pero consiguió gobernar China con inteligencia finísima y brazo firme
China, pocos países tienen un nombre tan corto y un pasado tan complejo. Una historia tan larga, recta y tortuosa, inabarcable, como su Muralla. Cixí, pocas mujeres han tenido un nombre tan corto y un poder tan omnímodo. Aunque lo enunciado suene entre cursi y de perogrullo, tomen estas cinco líneas como si se tratara de uno de esos proverbios que aparecen escritos en los envoltorios de las galletitas del restaurante chino de la esquina, en cuya aparente simpleza se esconde una sabiduría que se come con palillos. Un ejercicio de equilibrios sutiles. Como este otro que apunta que no conviene observar el mundo al igual que si uno fuera una rana dentro de un pozo. Cixí y China; China y Cixí, tanto monta, monta tanto. Aquí, tienen no un proverbio sino un refrán castellano de pura cepa, de la estirpe de Isabel la Católica. Otra mujer con letras de oro en el dobladillo de su túnica de oropeles. Cixí y China, que casi parecen la misma palabra, vivieron en paralelo la segunda mitad del siglo XIX y casi toda la primera década del siglo XX, hasta el año 1908, en que ella muere. Acaba su relato -el de una China que alumbra modernidades bajo sus cuatro letras (Cixí)- y empieza el de Puyi -de cuatro letras también aunque de distinto valor y significado-, que Bertolucci llevó al cine en «El último Emperador».

El décimo día del mes lunar

Cixí viene al mundo de los vivos, al del poder, en el año 1852, cuando con dieciséis años el emperador de turno, Xianfeng, de la dinastía Quing, la elige como una concubina más entre una corte de concubinas cuyo número variaba a gusto del consumidor. Hasta la fecha no es que hubiera pertenecido al mundo de los muertos, pero la diferencia entre morar en el recinto de la Ciudad Prohibida o en los «hu-tong» de los alrededores, donde ella nace el décimo día del décimo mes lunar, resulta abismal, a años luz. Como si la rana del citado proverbio hubiera salido del pozo para ver el cielo en toda su plenitud, no un mísero pedazo. Cixí es una rana, como la de los cuentos de tradición occidental, que al besarla no se convierte en príncipe sino en emperatriz de la China milenaria, kilométrica y riquísima en potenciales infinitos que quieren ser asaltados una y otra vez desde unas fronteras cerradas a cal y canto. Cixí pasó de vivir entre callejas y estrechos callejones con humildes barracas -esas que el Pekín del siglo XXI se ha llevado por delante para construir rascacielos de talla mayúscula y un vacío existencial más mayúsculo si cabe- a poblar el Palacio Imperial más grande del mundo, 720.000 metros cuadrados, rodeado por un muro de diez metros de alto y nueve de ancho, y gobernar sobre unos inmensos territorios donde el atraso era tan milenario como los proverbios de Confucio. Un imperio agrícola enfrente de otro imperio que había encendido las máquinas de la Revolución Industrial y otras revoluciones culturales y sociales: Occidente.

Bondadosa y alegre

Para que ustedes se hagan una idea, si Gran Bretaña tuvo por aquellos años a la Reina Victoria, China tuvo a Cixí. Pero hasta llegar a este punto histórico de paralelismos, Cixí tuvo que mover y remover muchos cimientos en la Ciudad Prohibida y en la China también prohibida a las mujeres. Y ambos destinos se juntaron el 6 junio de 1866 cuando la Monarca británica que tenía un imperio a sus pies y en sus manos anota en su diario: «Recibí a los enviados chinos, que están aquí sin credenciales. Su jefe es un mandarín de primera clase. Se parecían a las figuras de madera y pintadas que se ven». Y el citado mandarín (el emisario o embajador de Cixí, Binchun) zanjó su sorpresa con estas palabras: «Los edificios y aparatos están construidos y hechos con mucho ingenio y son mejores que los de China. En cuanto a la forma de gobernar, aquí existen muchas ventajas. Fui a la gran cámara del Parlamento, allí, 600 personas elegidas en todos los rincones del país se reúnen para debatir los asuntos públicos». China quería copiar lo bueno de Europa y Europa consiguió facturar pingües beneficios en China una vez zanjadas las guerras del opio y otras contiendas arancelarias. Se hizo la paz y no la guerra.

Cixí, cuatro letras que se traducen por bondadosa y alegre, no tiene en su haber muchas muertes ni envenamientos como otras reinas madre que ha habido en la Historia. Reseñemos uno mayúsculo, el de su hijo adoptivo, Guangxu. Como concubina fue la única que le dio un heredero al emperador Xianfeng, Tongzhi. Como consorte, junto a la Emperatriz Zhen, su cómplice, gobierna con brazo firme e inteligencia finísima sin poder mirar a los ojos de los hombres, de los mientros del Consejo Asesor, detrás de un biombo y rodeada de altos y apuestos eunucos, a los que haría sus amantes. Si el emperador tuvo concubinas, Cixí, eunucos. Absurdas y machistas constumbres que ella se pasa por el forro del quimono siempre que se interpusieron en sus honorables ambiciones de sacar a China de ese pozo desde el que solo se ve un trozo de cielo.

Fuente:  http://www.abc.es/estilo/gente/20140331/abci-cixi-concubina-emperador-201403282002.html