dimarts, 31 de juliol de 2012

El legado de 1812 revisado, de Josep Maria Fradera en El País

LA CUARTA PÁGINA

Siempre se ha dicho que con la aprobación de Constitución gaditana hace 200 años, los españoles dejaron de ser súbditos para convertirse en ciudadanos. Pero desaparecida ‘La Pepa’, queda poco de tan rotunda frase

La conmemoración de los 200 años de la proclamación de la primera Constitución liberal española en 1812 mantiene justificadamente ocupados a constitucionalistas e historiadores. Por lo general, la interpretación da vueltas en torno a una idea que se repite hasta la saciedad. Esto es: con la aprobación de la Constitución gaditana en 1812, los españoles dejaron de ser súbditos para convertirse en ciudadanos. Sin embargo, si nos acercamos de nuevo a las dos situaciones que definen el antes y el después, se imponen tantas precisiones que al final queda poco de tan rotunda frase.
Empezando por el famoso súbdito del antiguo régimen, aquel sujeto sin atributos políticos aparentes, revisiones de las últimas décadas acerca de la ‘libertad de los antiguos’, obligan a repensar sus modos de actuar y las legitimaciones jurídicas y culturales que lo amparaban. El súbdito era un sujeto cargado derechos, que los Estados monárquicos trataron de sujetar con restricciones legales, el crecimiento de la administración y las finanzas estatales y una apología constante de la autoridad irrestricta del monarca. Esto último era más un deseo que una realidad. No obstante, la idea de ‘antiguo régimen’ y de absolutismo monárquico, la idea de un súbdito encadenado por un marco legal a medida del despotismo del Estado, se convirtió en un argumento central de la propaganda liberal. Era cierto que las instituciones de representación corporativa estaban perdiendo capacidad de interlocución frente al rey, en paralelo a un reforzamiento extraordinario del Estado con las guerras del siglo XVIII.

Las acrecentadas demandas estatales empujaron hacia dos soluciones políticas distintas. La primera consistió en una renovada importancia de las instituciones de representación local. Cuanto más lejos del núcleo monárquico, más oportunidades existieron de incrementar el peso de los cuerpos intermedios. El ejemplo por antonomasia se encuentra en la transformación de las asambleas de las 13 colonias británicas de Norteamérica en aguerridas instancias contra las demandas del sistema político británico (King in Parliament). Salvando todas las distancias, la renovación de los llamados cabildos abiertos en la América española se inscribe en esta dinámica, al igual que la autorización de formar asambleas (a la británica) en las ricas posesiones francesas de las Antillas.

La segunda posibilidad consistía en la imposición del esquema monárquico-administrativo como única vía de construcción estatal. De imponerse esta solución hasta el final, como sucedió en España, el bloqueo de las demandas de los grupos intermedios era la consecuencia inevitable, con el resultado de graves conflictos en los que la participación popular era insoslayable. Para los excluidos del sistema, el final del túnel era el mismo en cualquier caso: alcanzar la representación política plena. En síntesis: romper el escollo de la reclamación parcial en aras de la representación per se, aquella que se fundamentaba, como proclamaron las declaraciones de independencia norteamericana y la francesa de derechos del hombre y el ciudadano, en el derecho natural a la igualdad política. El sujeto que impone al complejo monárquico-estatal esta solución radical no era, en modo alguno, un parvenu de la política. Todo lo contrario, es aquel súbdito cargado de derechos/privilegios en la medida en que forma parte de comunidades de lugar o de oficio, el súbdito leal a su rey aunque este se distancie y no corresponda, el súbdito que pleitea incansablemente en nombre de la justicia y de sus derechos/privilegios con los oficiales reales. Por esta razón, la palabra súbdito (subject) no tiene en inglés sentido peyorativo alguno. Sí lo tiene en países como el nuestro, donde la transformación posterior resultó insuficiente y problemática.

Truculencias al margen, todo ciudadano moderno es por definición y al mismo tiempo súbdito del Estado. Es por ello que debe cumplir las leyes incluso si las ignora. En momentos de crisis, el Estado se ocupa de que así sea, suspendiendo si es necesario la condición de ciudadano con el “estado de excepción”, como fórmula liberal por excelencia. Por consiguiente, y citando al filósofo político Gianfranco Poggi, una distinción nítida entre la categoría de súbdito y la de ciudadano no conduce a parte alguna.

Vistas las cosas desde esta perspectiva, lo que ocurrió en España a principios del siglo XIX se ordena mejor, se hace más inteligible. El agotamiento de las fórmulas transaccionales, las auspiciadas al principio por la élite del bando patriota, tuvieron que ser descartadas una tras otra, como Tomás y Valiente explicó magistralmente. En un contexto de resistencia agónico, la nación como suma de ciudadanos es proclamada como el principio esencial de la soberanía. Es este el momento cuando la idea de representación auspiciada por norteamericanos y franceses se condensa en el estatuto de ciudadanía. Pero es un recurso desesperado, forzado por la necesidad de forjar un punto de atracción de las fuerzas “centrífugas” en América y en la Península. Aquel centro de gravitación solo podían ser las Cortes Constituyentes y el pacto político que subyace en el texto gaditano. En la historia reciente española, es esta la única ocasión en la que la supervivencia misma del Estado dependió de la capacidad para forjar un consenso entre las partes, de Santiago de Chile a la Guadalajara novohispana, de Cádiz a la frontera con Francia. Era tal la necesidad de establecer la primacía de las Cortes, que se impondrá su autoridad a costa de abrir heridas en el mundo americano imposibles de cerrar. Entre ellas figuraban la exclusión de la ciudadanía de individuos libres descendientes de esclavos (2/3 aproximados del total del censo); en segundo lugar, la negativa implacable a lo que llamaron “federalismo”, esto es, la fórmula estadounidense para conciliar la unidad de la nación con la capacidad legislativa de los 13 Estados fundadores.

La idea de un ciudadano como expresión de unos derechos inalienables (aunque no explícitos) desaparecerá junto con la Constitución de 1812, antes ya de su sustitución por la mucho más moderada de 1837, y así sucesivamente hasta el presente (puesto que en la de 1978 conviven “españoles”, “personas” y “ciudadanos” en importancia descendente). El ciudadano de 1812 recordaba demasiado a su precedente del momento revolucionario francés. Como advirtió con lucidez Danièle Lochack, el de “ciudadano” fue y es un “concepto jurídico vago”. Serán las leyes electorales las que se ocuparán de regular —más bien restringir y excluir (mujeres, penados, menores, personas sin residencia fija, no–nacionales, súbditos coloniales)— el derecho a votar y ser votado. Es lo que sucede cuando el restablecimiento constitucional a la muerte de Fernando VII. Sobre una población de más de 12 millones de habitantes, el cuerpo electoral fue reducido de tres millones de hipotéticos electores, con arreglo al sistema de 1812, a menos de 80.000 con las leyes electorales censatarias de 1836 y 1837 en la mano, para proseguir su descenso imparable hasta 1869. El sufragio general masculino regresará en esta última fecha con la Revolución de Septiembre, pero lo hará no como expresión renovada de la ciudadanía gaditana sino asociado a la condición de español. Incluso en los momentos en que el sufragio universal masculino y adulto se abre paso, se separan con precisión los derechos recogidos en la Constitución vigente (las de 1869 y 1876) de los electorales articulados por leyes específicas. La idea de ciudadanía no desaparece; transmigra a la lucha política, en un país en el que la división civil forma el reverso del cierre constitucional posterior a la abierta apuesta gaditana.

Florence Gauthier definió esta desaparición temprana de la figura del ciudadano como el triunfo y muerte del derecho natural. Frente a la evanescencia de la figura del ciudadano forjada durante el ciclo revolucionario, es la condición de súbdito la que garantizó la consistencia del “pacto social”, la transición al nuevo orden del conocido como Family o Blood Compact monárquico junto con muchas adherencias en la práctica de los cuerpos funcionariales y jurisdicciones antiguas. Con esta última constatación se cierra el círculo conceptual de identificación de lo que constituyó la sustancia del venerable texto gaditano. Si el argumento expuesto es válido, el debate sobre la continuidad o novedad de la primera Constitución liberal española tiene escaso sentido.

Josep M. Fradera es catedrático de Historia Contemporánea en la Universitat Pompeu Fabra/ICREA.

El poder del deporte, de Walter Laqueur en La Vanguardia

30-7-2012


Los Juegos Olímpicos modernos, como es sabido, fueron un proyecto ideado por un joven aristócrata francés de 33 años, el barón Pierre de Coubertin, en la última década del siglo XIX. Sin embargo, tal afirmación no es del todo exacta, pues hubo intentos anteriores, en los siglos XVIII y XIX, de reactivar estos juegos de la antigüedad si bien no fueron exitosos. Tampoco resulta ser muy conocido el hecho de que la iniciativa de Coubertin no fuera ampliamente aceptada sino al cabo de un tiempo. Al principio, la celebración de los Juegos no fue un triunfo espectacular y hubo que esperar varios años para asistir a un reconocimiento más firme. Los Juegos Olímpicos de St. Louis y París carecieron de brillo y en los primeros, por ejemplo, del centenar aproximado de “extranjeros” que acudieron la mayoría eran golfistas canadienses, pues el golf era un deporte olímpico en aquellos años. Los Juegos de St. Louis (1904) y de París (1900) quedaron en un plano secundario con relación a las exposiciones universales que se celebraban entonces en las mismas ciudades. El proyecto de Coubertin propiamente dicho se hizo realidad por primera vez en Estocolmo en 1912.
Fue también en Estocolmo donde las mujeres, en número ya significativo, tuvieron autorización para participar. Coubertin había mostrado antes su acérrima oposición a tal eventualidad. Los estadounidenses pusieron trabas a su participación al recalcar que las mujeres debían vestir falda larga en todos los deportes, lo que motivó que se descartara la natación. Después de la prueba femenina de 800 metros en Amsterdam (1928) -la recuerdo pues la vencedora era de mi localidad natal-, varias participantes cayeron exhaustas y se decidió que las mujeres no participaran en pruebas de distancias superiores a cien metros. Hoy, las mujeres corren el maratón como cosa corriente, pero su aceptación tardó treinta años en producirse.

Si el barón francés viviera en la actualidad, ¿qué grado de satisfacción experimentaría a la vista de cómo ha evolucionado su idea? Los JJ.OO. se han convertido en una realidad que forma parte de los asuntos internacionales aun atendiendo únicamente al número de participantes. Mientras que un puñado de hombres de doce países (o catorce, según los distintos historiadores) acudieron a Atenas en 1896, más de diez mil participantes de 216 países han acudido a Londres; en cambio, la ONU tiene sólo 192 países miembros.

Pero hay que decir que Coubertin tenía miras mucho más amplias. Si los Juegos Olímpicos de la antigüedad habían impuesto de hecho una tregua en los conflictos durante su celebración, el barón quería que los JJ.OO. modernos fueran un instrumento para promover la paz mundial. Se premió con medallas las gestas deportivas y el propio barón, bajo seudónimo, recibió una de oro en 1912 por su composición Oda al deporte.

¿Ninguna crisis es como las anteriores?, de Emiliano Fernández de Pinedo en El País

31-7-2012

No es posible ni razonable recurrir al proteccionismo; tampoco practicar devaluaciones competitivas. Solo queda emigrar —ya lo hacen algunos— e incrementar la productividad, invirtiendo en investigación y en formación
 
A lo largo de la guerra de Secesión de Estados Unidos (1861-1865) la industria textil catalana tuvo serios problemas para abastecerse de algodón en rama. La escasez de materia prima provocó la paralización de muchas empresas. El cónsul británico en Barcelona relataba que los obreros sin trabajo eran empleados por los ayuntamientos o por las autoridades civiles en obras municipales. Grandes cantidades de dinero público, señalaba, se habían gastado juiciosamente. Algo parecido había sucedido en el pasado cuando por razones climatológicas tenía lugar una mala cosecha de cereales.

No parece que los ediles de aquellos tiempos tuvieran demasiada idea de modelos económicos. Sencillamente, bien por caridad, bien por temor a motines populares, recurrían a incrementar el gasto público, incluso endeudándose, con lo que buscaban paliar las consecuencias negativas de la crisis.
Sin duda no de otra forma actuó Franklin D. Roosevelt tras ganar las elecciones en 1933. Cuando los parados se contaban por millones y las coberturas sociales eran casi nulas, los políticos, y mucho menos los políticos de regímenes democráticos, no podían quedarse de brazos cruzados. Tenían que hacer algo, en muchos casos utilizando el método de ensayo-error.

Nunca tendremos la certeza de que fuesen las decisiones de Roosevelt, aplaudidas por Keynes, las que sacaron a Estados Unidos. de la depresión de los años treinta ya que en 1937 se inició otra caída. Algunas de esas medidas adoptadas son poco o nada recordadas, como la devaluación del dólar en torno a un 40% o el cierre de muchos bancos, o el seguro de desempleo. La política económica hitleriana logró reducir el paro en Alemania en 1934 al nivel de 1928, merced a la autarquía y a la expansión del crédito, pero esa política económica tuvo no pequeña responsabilidad en el estallido de la Segunda Guerra Mundial.

El keynesianismo, como public spending, frente al ortodoxo equilibrio presupuestario prebélico, se popularizó tras la Segunda Guerra Mundial. Pero las décadas en las que se aplicó, grosso modo hasta la recesión de los años 70, fueron muy peculiares. Una parte considerable de la población activa desapareció a causa de la contienda. La brutal elevación de la mortalidad se distribuyó a lo largo de la pirámide de población de forma sesgada. Aunque no hay estudios globales, es muy probable que la mortalidad masculina fuese mayor cuanto menor fuera la cualificación. El esfuerzo bélico en la retaguardia y las argucias alejaron del frente a los especialistas, de picadores de mina a fabricantes de cohetes. Al acabar el conflicto, técnicas e instrumentos vinculados a la guerra —motor a reacción, antibióticos…— se aplicaron a las actividades civiles. Mano de obra muy cualificada, avance técnico, capitales americanos y, todo hay que decirlo, otro modelo de organización social, económica y política al Este, hicieron de los años cincuenta, sesenta e inicios de los setenta una época excepcional en Occidente. La relativa penuria de mano de obra poco cualificada se obtuvo de los países del Sur. Esta etapa acabó hacia mediados de los años setenta. Cuando la coyuntura económica cambió y los gobiernos intentaron reactivar el sistema inyectando capital público se produjo lo que se dio en llamar la estanflación, estancamiento más inflación. Si el incremento del gasto público, endeudándose, hubiera cambiado la tendencia, el llamado neoliberalismo, bien lejano del liberalismo decimonónico, no se hubiera impuesto. Sobre las decisiones y opiniones de los políticos y economistas de los años treinta influía la hiperinflación alemana de los años 1921-1923, de efectos sociales tan devastadores y la mayoría era partidaria de equilibrios presupuestarios y estabilidad monetaria. De forma parecida los temores a una estanflación e intereses nacionales concretos inclinan la balanza hacia el rigor presupuestario y la austeridad ahora.

Ninguna crisis es como la anterior, pero suelen tener ciertas semejanzas. El actual estado de la economía española tiene parecidos con la crisis ferroviaria y bancaria de 1866 y con la depresión de 1890-1896. Una mezcla de ambas.

A mediados del siglo XIX Francia disponía de una capacidad de ahorro por encima de las posibilidades de inversión en su propio país. España fue uno de los países que atrajeron una parte relevante de los capitales galos dedicados a construir caminos de hierro. Se partía de la hipótesis de que una vez montada una red ferroviaria, España se convertiría en un gran exportador de cereales, proporcionando carga y pasajeros. Para financiarla se constituyeron bancos de negocios, amparados en la ley de 28 de enero de 1856. Estos fueron los que canalizaron el ahorro exterior y nacional. El tendido se llevó a cabo con gran rapidez; en diez años unos 6.000 kilómetros. La inmensa mayoría con material importado, libre de derechos aduaneros. Pero cuando los diversos ramales estuvieron interconectados se comprobó que la escasa afluencia de viajeros y de mercancías no hacían rentables las líneas de ferrocarril y sus dificultades afectaron a los bancos que les habían financiado. El error de cálculo arrastró a las empresas ferroviarias y a los bancos. Las quiebras fueron numerosas.

La depresión de 1890-1896 tiene otras características, menos coyunturales, más vinculadas a modificaciones en la economía mundial. Los innovadores de los países avanzados tienden a ampliar sus mercados exportando tecnología a países que no son capaces de producirla, pero si de aplicarla, y en donde su uso puede resultar muy rentable. Estados Unidos y Argentina son dos ejemplos extraeuropeos en donde el ferrocarril, una innovación europea, permitió poner en cultivo enormes extensiones de tierra antes inutilizadas o usadas de forma extensiva, merced al abaratamiento del coste de transporte. La llegada masiva de cereales americanos a Europa provocó una caída de sus precios, dando lugar a una recesión (1890-1896). En España este proceso se vio agravado por la progresiva destrucción del viñedo por la filoxera. Era probablemente la primera vez o casi, que un proceso de globalización tenía consecuencias negativas para ciertos sectores sociales y económicos del viejo continente.

La actual crisis en parte recuerda a la ferroviaria y bancaria de 1866 y en parte a la depresión de 1890-1896. Ciertos países tienen una balanza de comercio excedentaria y una elevada capacidad de ahorro. Para sacar rentabilidad a sus capitales han prestado a terceros de diferentes formas, terceros que han invertido y gastado en negocios no muy solventes, asumiendo grandes riesgos. Sin olvidar que también han generado una importante demanda de bienes y servicios a empresas de los países de donde procedían los préstamos. Cuando se evidencia que los deudores van a tener dificultades para devolver lo prestado surge la crisis. Antes, bajo el liberalismo, esta se llevaba por delante a parte del sistema bancario; ahora implica también al Estado a través de sus intentos por evitar la quiebra de parte del sector financiero nacional. Pero además de sufrir este tipo de crisis, algunos países europeos padecen graves dificultades vinculadas a la globalización, es decir, al uso de nuevas tecnologías en países, antes con tierras abundantes, ahora con mano de obra barata, que son capaces de producir a costes inferiores. A partir de los años cincuenta del siglo pasado la deslocalización de parte de la industria del automóvil europea y estadounidense —Citröen, Renault, Simca, Ford…— benefició a países, como España, con mano de obra barata y capaz de asimilar las nuevas tecnologías.


Obviamente, este proceso se ha extendido a otras partes del globo. Dado que no es posible ni razonable recurrir al proteccionismo, ni practicar devaluaciones competitivas solo parece que queda emigrar, lo que ya está haciendo una pequeña parte de la mano de obra cualificada, e incrementar la productividad, invirtiendo en investigación y en formación, pero también adelgazar aquellos sectores que poco o nada contribuyen al crecimiento económico, cuando no lo dificultan. No es solo un problema de capitales, desafortunadamente. Absorber el paro y recuperar la productividad resultará largo y duro, entre otros motivos porque no pocos de los problemas actuales no son solo económicos.

Emiliano Fernández de Pinedo es catedrático de Historia Económica de la UPV-EHU.

divendres, 27 de juliol de 2012

Testimonios del Frente del Ebro

Mi padre, Justo Jimeno Revilla, combatió en el Fente del Ebro pero nunca quiso contarnos prácticamente nada sobre el tema. Leyendo la entrevista a Andreu Canet publicada en La Contra de La Vanguardia lo entiendo perfectamente. El único testimonio que conservo son algunas fotos. Mi padre es el que está en el centro agachado con los prismáticos. Ahora tendría 98 años (murió hace 20).

http://www.lavanguardia.com/lacontra/20120725/54329904176/la-contra-andreu-canet.html

http://www.sbhac.net/Republica/Imagenes/FotoEpr/FotoEpr.htm
 


Entrevista a Andreu Canet, superviviente de la batalla del Ebro, hace 74 años 

 "Yo luchaba... y me obligaban a pagar los sellos de las cartas"

LA VANGUARDIA 25/07/2012

Mi tío Josep Amela, de la quinta del biberón, fue herido en La Pobla de Massaluca el día en que cumplía 18 años, el 1 de agosto de 1938. Fue evacuado y así salvó la vida: curado y a punto de ser reenviado al frente, se hizo guardia de asalto para no regresar al horror. Murió hace diez años y nunca habló de lo vivido en el Segre y el Ebro, donde murieron 100.000 personas. Por eso entrevisto cada 25 de julio a un superviviente de su quinta, chavales de 17 años enviados al matadero. Quedan pocos, y los que siguen lúcidos abominan de quienes los enviaron a morir en alpargatas y son escépticos ante la humanidad, de la que conocen la peor cara. Pese a todo, decidieron aferrarse a la vida... 


 Le enviaron a la guerra? Me hicieron llevar una manta, una muda, un plato, un vaso, una cuchara y un tenedor. Iba en alpargatas.

¿Guerra en alpargatas? Sí. Tenía 17 años. Éramos pobres: mi padre era jornalero en el Poblenou. Mi madre vio marchar a sus cuatro hijos a la guerra...

¿Cómo vivió su primera batalla? Una tarde de mayo, en el frente del Segre: en mi batallón éramos 130, y volvimos 48.

¿Pasó miedo? El olor a pólvora y el estruendo te insensibilizan, avanzas, las balas silban... Mi amigo Carbonell se lamentaba: "Me matarán, me matarán", y yo le calmé: "No, ponte detrás de mí". Al poco rato una bala le mataba. "¡Tú sigue adelante!", me chilló el capitán. Nada de debilidades y retrocesos. Dos hermanos se fugaron a casa tras la batalla. Su padre se asustó: "Volved y pedid perdón". Al llegar, los fusilaron ante nosotros.

¿Estuvo en el piquete de ejecución? No, tuve suerte. A un teniente le fusilaron porque le oyeron decirnos: "Pobres nanos, tan petits i us porten al matadero". ¡Por derrotista! Poco después nos metían en camiones: pensábamos que volvíamos a casa. La noche del 2 de agosto cruzamos el Ebro y caminamos hacia Ascó, Flix, Riba-roja, Fayón, La Pobla de Massaluca...

 Es mucho caminar... Casi 40 kilómetros en un día: estaba fuerte, cargaba unos 30 kilos entre el fusil, 150 balas, mochila con ropa, manta, pala, un macuto con 6 granadas... Aún lo conservo, mire: lo usaba de almohada. Íbamos exhaustos.

¿Qué era lo peor? Los compañeros agonizantes llamando a sus madres, los muertos, no dormir, el hambre, la sed... He bebido mis orines, con los que llenaba la cantimplora. Un día bebimos de una balsa putrefacta y luego descubrimos el cadáver de un soldado en el fondo.

¿Qué batalla recuerda más? En Vilalba dels Arcs matábamos a requetés franquistas, carlistas catalanes: luchaban cantando el Virolai... Les dimos tregua para que pudiesen enterrar a sus muertos.

¿En qué momento temió por su vida? Casi me fusilan por un sargento vengativo.

¿Qué pasó? Mientras caminábamos, él comía pan a mi lado. Yo salivaba y le pedí un poco. "¿Crees que soy tu padre?", me contestó. Me pidió un cigarrillo y le respondí igual. Y me amenazó de muerte. Y casi consigue matarme.

¿Cómo lo hizo? Una noche nos turnábamos todos cavando una trinchera y haciendo guardias. Durante mi guardia, me dormí. Se acercó en silencio y me robó el fusil. Hizo ruido y me desperté. A pocos metros, rio: "¡Ya te he jodido".

¿Por qué le había fastidiado? Dormirme en una guardia y perder el fusil: ¡pena de muerte! Saqué una granada de este macuto y le dije: "Cuento hasta tres y te tiro la granada si no sueltas antes el fusil: ¡uno...!". ¡Menuda tensión en las trincheras! Le acompañaba un soldado joven que se asustó y le imploró que me devolviese el fusil, y lo hizo. Pero me denunció...

¿Cómo se salvó de que le fusilasen? Dada mi buena hoja de servicios, el capitán rompió la denuncia.

¿Qué fue del sargento vengativo? Ni lo sé ni quiero saberlo.

¿Qué fue lo mejor de su guerra? El compañerismo: nos ayudábamos, repartíamos lo que teníamos. Y cuando me bajaron a Amposta, a suplir a las Brigadas Internacionales: ¡ah, qué sosiego había allí! ¿Las brigadas no se jugaron la piel? Comían bien, bebían bien... Les han hecho muchos homenajes, y a nosotros..., ¡nada!

¿Cómo acabó su guerra? Un mando del Estado Mayor me encañonó y me ordenó: "¡Tú y tus hombres, defended esta posición!". Y él huyó corriendo. Ya teníamos encima a los moros de Franco...

¿Y qué hizo usted? Miré a mis hombres: "Si él tiene miedo, a nosotros nos sobra: ¡vámonos!". No quise que murieran. Y corrimos. "¡Rojillo, rojillo!", gritaban los moros, disparándome. Pero se salvó una vez más. Oculto en una balsa de abono. Al anochecer caminé junto a un compañero y, al alba, unos tanques franquistas avanzaron hacia nosotros. Mi amigo les tiró una bomba de mano, falló..., y un tanque le aplastó.

 ¿Lo vio usted? Su esqueleto por un lado, la carne y las tripas por otro: me desmayé. ¡Eso me salvó! ¡De nuevo!

¿Por qué? Unos legionarios pasaron junto al que creyeron mi cadáver, sin tocarme. Cuando volví a caminar, los vi delante de mí y me entregué: "Suelta tu fusil", me ordenaron. No pude: no me lavaba la cara, ¡pero bruñía cada día mi fusil! Era parte de mí. Al final lo solté.

¿Y qué le hicieron? Sin saberlo, yo tenía tifus y pesaba unos 30 kilos. Daba tanta pena que un legionario me dijo: "Para que veas que no te haremos nada, voy a darte un abrazo". ¡No lo olvidaré!

Se le humedecen los ojos... Un obús republicano me dejó sordo de un oído, y me dieron la extremaunción..., pero sobreviví. Tuve que hacer la mili para Franco, y pude volver a visitar a mi madre...

Se emociona usted... Sí. Al verme, se me desmayó en los brazos.

¿Qué enseñanza extrajo de su guerra? Que el mundo está lleno de vividores: yo luchaba... y mis gobernantes me obligaban a pagar los sellos de las cartas a mi madre.

diumenge, 15 de juliol de 2012

Historiografia y neurociencia

MEMÒRIA I IDENTITAT de Josep Fontana

Els historiadors hem aprés dels neurobiòlegs que la funció de la memòria no és solament la de definir la nostra identitat, sinó també la de permetre’ns fer una mena de reordenació dels nostres records cada vegada que ens enfrontem a una situació nova, posant en joc el conjunt de les nostres experiències anteriors per tal de dissenyar un quadre de referències que ens permeti interpretar els nous elements que se’ns presenten.

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http://www.cuimpb.cat/index.php?option=com_remository&Itemid=92&func=startdown&id=357&lang=es

dimecres, 11 de juliol de 2012

«La responsabilidad de vivir»: palabra de Popper

«La responsabilidad de vivir» (Paidós) reúne artículos y conferencias de Karl Popper sobre política, Historia y conocimiento. La síntesis perfecta de su filosofía

Día 17/05/2012 

En los tiempos de crisis que nos han tocado vivir, en los que cada vez son más los desencantados con el sistema que se dejan llevar por el extremismo y el populismo, publicar escritos de Karl Popper es especialmente oportuno. No solo fue uno de los filósofos de la ciencia más destacados del siglo XX, sino uno de los pensadores que más han influido en el mundo occidental en las últimas décadas y un referente indispensable para entender el pensamiento liberal y la esencia de la sociedad democrática.

Búsqueda de la verdad

A diferencia de muchos intelectuales de su época, Popper nunca se dejó arrastrar por las modas ideológicas ni por lo políticamente correcto. Aplicó los mismos métodos de búsqueda de la verdad del campo científico al ámbito de la interpretación histórica. Su obra más famosa, La sociedad abierta y sus enemigos, es más conocida por su título que realmente leída. Por esta razón, la colección de artículos y conferencias que recoge el volumen La responsabilidad de vivir es especialmente útil para entender el pensamiento del filósofo.
Karl Popper hizo un gran favor a la profesión de historiador al denunciar la interpretación histórica con fines políticos y al poner en evidencia la falta de rigor científico de varias teorías de la Historia que han tenido mucha influencia en el pensamiento occidental, como la interpretación histórica nacionalista, la racista y la marxista, que fue especialmente influyente en el siglo XX.
Popper fue el crítico principal de todos aquellos que pretendieron hacer de la Historia una ciencia exacta que beneficiara a determinados líderes, pueblos o ideologías. Desde los años treinta del pasado siglo, tuvo el valor de negarle al marxismo el carácter científico que pretendía tener. Uno de los textos recogidos en este libro, titulado «Contra el cinismo en la interpretación de la Historia», recoge los argumentos que Popper iba a utilizar con característica modestia contra los falsos historiadores.
El gran defensor de la sociedad abierta y la democracia explica en las páginas de La responsabilidad de vivir por qué, a pesar de las imperfecciones de nuestro sistema político, sus alternativas son mucho peores. Así, asegura Popper que la democracia no existe, pues el pueblo nunca gobierna; pero añade que, gracias a ella, los ciudadanos tienen la capacidad de expulsar del poder a un gobierno sin utilizar la violencia.

El privilegio de votar

Testigo y víctima del totalitarismo, el filósofo, que tuvo que huir de su Austria natal y se asentó finalmente en Gran Bretaña, no deja de recordarnos el privilegio que supone votar. Frente a los que solo buscan defectos a las democracias liberales, Popper hace una férrea defensa de los logros de Occidente, aunque siempre aportando ideas sobre cómo mejorar la calidad de la democracia y fortalecer la sociedad abierta. Tanto para políticos y académicos como para cualquier ciudadano responsable, la lectura de La responsabilidad de vivir es muy recomendable.

«La responsabilidad de vivir. Escritos sobre política, Historia y conocimiento»

karl r. popper
Traducción de Concha Roldán. Paidós. Barcelona, 2012. 287 páginas, 22 euros.

Nueva edición del clásico de Gibbon «Decadencia y caída del Imperio Romano»

A cargo de Atalanta, la nueva edición de «Decadencia y caída del Imperio Romano», de Edward Gibbon, supone todo un acontecimiento. Un libro de Historia cargado de fuerza literaria

Día 29/05/2012

Hay historiadores que además de hacer Historia pareciera que han sido testigos de lo que cuentan. Quizás por ello se ha afirmado que no puede haber historiador sin imaginación. Tampoco filósofo, algo que algunos olvidan.Edward Gibbon (1737-1794) fue uno de esos historiadores que suscitan en el lector la sensación de asistir a los hechos, y sin duda fue el primero de los grandes historiadores ingleses. No fue como su maestro Hume, un hombre de ideas abstractas –aunque el filósofo y autor de Historia de Inglaterra (1778) supo también ser concreto y ameno–, pero sí un reflexivo. Decadencia y caída del Imperio Romano apareció entre 1776 y 1788 en seis volúmenes. En España se publicó, traducida por José Mor Fuentes, en 1842.

Para ser una obra que tuvo una importancia inmediata y continuada en la lengua inglesa y una repercusión notable en Europa, la traducción al español fue tardía. Salvo una edición abreviada que condensa sobre todo la primera mitad de la obra original, hasta ahora no se había vuelto a traducir. Así que esta edición de Atalanta, en dos gruesos volúmenes, a cargo de José Sánchez de León Menduiña, es un verdadero acontecimiento literario, sobre todo porque la traducción de Mor Fuentes, apegado a la lengua y la literatura de la época, es desde hace tiempo algo ilegible.
Hay algunas razones (no justificaciones) que explican el poco eco que una obra de esta importancia ha tenido entre nosotros, y quizás la mayor es que su autor, tras su joven y fugaz conversión al catolicismo, profesó un deísmo escépticoy, además, criticó duramente a la Iglesia Católica y su papel en el desenvolvimiento del Imperio Romano. La lectura que Menéndez Pelayo hizo fue un juicio, más que un razonamiento.
 
Sin embargo, la obra de Gibbon fue recibida por los escritores y pensadores franceses, tanto de su siglo como del XIX, con enorme fascinación y provecho. Y en los comienzos del XX fueron muchos los que la leyeron y admiraron; por ejemplo, Lytton Strachey o Gerald Brenan, que la releyó completa más de tres veces, aunque le puso algunas pegas a su estilo. En Hispanoamérica, Borges tiene algunas líneas memorables y Octavio Paz la leyó con entusiasmo, atento al periodo quizás más débil a juicio de los historiadores modernos, la caída de Bizancio.

Más terror que deseo

Los interesados en la figura de Gibbon pueden leer sus Memorias de mi vida (Alba), escritas al finalizar su gran proyecto. Gibbon fue el único superviviente de seis hermanos. Murió sin descendencia y probablemente sin haber tenido ninguna relación.Philip Guedalla afirmó que Gibbon vivió su vida sexual en las notas a pie de página. Huérfano de madre desde los diez años, no encontró en su padre el suficiente afecto ni comprensión. «Filósofo sobrio, discreto y epicúreo», como lo define Sánchez de León, pasó muchos años en Lausana, donde aprendió tan bien el francés que escribió en esta lengua su primera obra, Ensayo sobre el estudio de la literatura, y casi escribe el resto (algunos hablan de la influencia de la lengua francesa en el inglés de Gibbon).
En Lausana, se enamoró de Suzanne Curchod, la que sería la esposa del financiero Necker y madre de la escritora madame Staël. El padre de Gibbon se opuso al matrimonio y él acató como si oyera sus propios instintos; al fin y al cabo, confesó que «una alianza matrimonial siempre ha sido para mí más bien objeto de terror que de deseo». No fue un inglés excéntrico ni un defensor a ultranza de las peculiaridades inglesas, tampoco un patriota, sino que aspiró a ser un ciudadano del mundo.
 
Perteneció al club literario fundado por Samuel Johnson, al que asistían entre otros Edmund Burke, Richard Sheridan, Adam Smith y Boswell, que lo detestaba. En Francia alternó con D’Alembert, Diderot, Helvétius y D’Holbach, y frecuentó los salones de las señoras Geoffrin y Du Deffand. No fue un hombre sagaz en la comprensión de la política de su tiempo, pero vio con agudeza la del pasado, en el que penetró con una ironía sugerente que aún sigue siendo fructífera.

Barbarie y cristianismo

A Gibbon, escéptico, lo desveló la irracionalidad de la Historia humana, indagó en la fuerza de los prejuicios y buscó «detectar a quienes detestan en un bárbaro lo que admiran en un griego, y denominarían impía la misma Historia si la escribió un infiel y sagrada si la redactó un judío». Gibbon era realmente civilizado. Su magna obra abarca desde los días de los primeros emperadores hasta la extinción del Imperio de Occidente, pero también se ocupó del Imperio de Oriente, la llegada del mahometismo, las cruzadas y mil hechos más fronterizos con la romanización, es decir: un periodo que va del siglo I antes de Cristo al año 1500.
¿Cuáles fueron las causas de la caída del Imperio Romano? Según Gibbon, la conjunción entre barbarie y cristianismo, incidiendo en que la Iglesia se había opuesto al progreso y pervertido la virtud pública. Aunque su visión de los primeros tiempos del Imperio parece obsoleta, los historiadores del mundo romano siguen valorando, además de la obra como conjunto (novela y mito), su descripción de la transición del principado a la monarquía absoluta, además del sistema de Diocleciano y Constantino.
Sánchez de León señala que «falló al resaltar el hecho trascendental de que hasta el siglo XII el Imperio fue el baluarte de Europa contra Oriente y no apreció su importancia en conservar la herencia de la civilización griega». No vio el sincretismo del legado helénico en la doctrina cristiana y fue parcial en su descripción de las causas de la expansión del cristianismo.
 
Todo historiador está condenado a cometer lagunas, errores, pero algunos, como Gibbon, son rescatados incluso en sus carencias, debido a su fuerza literaria. «En el siglo II de la era cristiana, el Imperio de Roma abarca la parte más bella de la tierra y la más civilizada del género humano»: así comienza Gibbon su Historia y ustedes ahora pueden continuarla.

«Decadencia y caída del Imperio Romano» (volumen I)

Edward gibbon
Traducción y prólogo de José Sánchez de León Menduiña. Atalanta. Vilaür (Gerona), 2012. 1.471 páginas, 57 euros.

Así «fabricó» Hitler su mito durante la Primera Guerra Mundial

¿Fue Hitler un soldado valiente durante la Primera Guerra Mundial? En «La primera guerra de Hitler» (Taurus), Thomas Weber desmonta todos los tópicos en torno al «Führer»

Día 04/05/2012 - 11.51h

Se ha dicho que el fascismo nace directamente de la Primera Guerra Mundial. El propio Hitler aseguró que esos años fueron cruciales en el aquilatamiento de su ideología antisemita y pangermanista. A tal fin, reconfiguró sus experiencias de guerra con fines políticos y comerciales, y sus adeptos elaboraron una frondosa mitología basada en su heroísmo y sus cualidades innatas de liderazgo.

Thomas Weber revisa todos estos tópicos. Ante la carencia de documentación de época sobre Hitler, utiliza de forma casi exhaustiva los informes militares del Archivo de Guerra de Múnich y los testimonios de sus antiguos compañeros de armas para reconstruir las experiencias bélicas del 16º Regimiento Bávaro de Infantería de Reserva (16 RIR), llamado Regimiento List en honor de su primer comandante, caído en 1915.
El objetivo es ver si Hitler encaja en el particular microcosmo de esta unidad militar, y evaluar si la guerra radicalizó a los soldados o si fueron las experiencias revolucionarias de la posguerra las que determinaron su trayectoria ideológica. ¿Fue Hitler el fruto directo del contexto bélico o un caso excepcional de sugestión política? La obra no ofrece una respuesta concluyente: aunque niega el impacto de la guerra en la modelación de actitudes de radicalidad política, destaca el impacto que tuvieron acontecimientos fortuitos como la deriva radical de la revolución bávara de 1918-19, hasta el extremo de afirmarse que, si se hubiera mantenido el conservadurismo reformista de la monarquía bávara y no hubiera habido revolución, Hitler hubiera seguido pintando postales anodinas para ganarse la vida.
 
La obra es sobre todo el estudio del 16 RIR: un regimiento no especialmente valorado por el alto mando, que estuvo presente en importantes batallas (en la primera de Yprès en 1914, en Neue Chapelle en 1915 o en el Somme en el otoño de 1916), experimentó cotas crecientes de deserción e insubordinación, y sufrió bajas (uno de cada cuatro soldados) mayores que la media del ejército alemán (uno de cada seis).

Tierra quemada

Es cierto que hubo confraternización entre enemigos antes que ensañamiento: aunque las iniciales medidas extremas contra los franctireurs franceses y belgas respondieron a las prioridades alemanas de una guerra necesitada de una victoria rápida para evitar el desgaste en dos frentes, solo con la asunción del mando supremo por Hindenburg y Ludendorff se acentuó la brutalización de la guerra mediante la táctica de tierra quemada.

El 16 RIR se libró de la batalla de Verdún y se mantuvo en posición casi marginal durante la del Somme. Esta acabó por derrumbar la moral del regimiento, que tras sufrir más del 50 por ciento de bajas resistió solo tres semanas en vez de la media ponderada de dos meses.
Los informes y testimonios describen a un Hitler obsequioso con sus superiores y despreciado por sus camaradas de trinchera, que al estar «enchufado» como enlace en la plana mayor del regimiento corrió menores riegos que los combatientes de la primera línea. Fue herido dos veces, condecorado (en agosto de 1918 obtuvo la Cruz de Hierro de primera clase) y permaneció en servicio 42 de los 51 meses que duró la guerra, pero solo estuvo cuatro días y a dos kilómetros del frente en la batalla del Somme, y volvió a estar lejos del frente cuando se libraron las batallas más terribles del verano y el otoño de 1918. Un ataque con gas mostaza en la noche del 13 al 14 de octubre le alejó definitivamente del conflicto. Fue tratado de «histeria de guerra» en el servicio de psiquiatría del hospital militar, circunstancia que ocultó minuciosamente a lo largo de su carrera política.
 
La segunda parte del libro describe el impacto que la experiencia bélica tuvo en el ascenso del nazismo, el imperialismo hitleriano y la segunda posguerra. La conclusión de Weber es que la guerra no radicalizó en sentido ultranacionalista a los hombres del 16 RIR, sino que fueron los acontecimientos posteriores (la proclamación de la República en Alemania, el asesinato de Eisner en febrero de 1919 y la radicalización de la Räterepublik bávara) los que condujeron al reforzamiento y legitimación de la derecha radical y al debilitamiento de los partidos socialdemócrata y liberal.

Tiempos tumultuosos

Haciéndose eco de la Historikerstreit (el debate sobre las responsabilidades del nazismo acaecido en Alemania en los 80), confirma que el antibolchevismo no estaba entre las prioridades del nacional-socialismo originario. En esos tiempos tumultuosos la ambigüedad de ideas estaba a la orden del día, como se puede constatar en la plausible imagen de un Hitler que sirvió al gobierno soviético bávaro y se mostró cercano al nacional-bolchevismo de E. Niekisch, líder del Consejo Revolucionario. Su antisemitismo vino de la mano de la revolución y de la posrevolución, pero su futuro político aún estaba abierto al ingresar en el departamento de propaganda contrarrevolucionaria del Ejército.
Tras ver cómo se disolvía la camaradería soldadesca que había actuado hasta entonces como su familia de sustitución, en septiembre de 1919 ingresó en el Partido Obrero Alemán, donde trató de recrear su hogar de campaña con base en la plana mayor del regimiento. Pero la mayoría de sus compañeros no le secundó: solo el 17 por ciento de los veteranos del 16 RIR militó en el Partido Nazi. La mistificación autobiográfica del Mein Kampf, que utilizó el mito de la ejecutoria sin tacha del Regimiento List como anticipo de la visión hitleriana de la comunidad nacional-socialista, no puede ocultar que durante la guerra no existió ni Kameradschaft ni Frontgemeinschaft, sino celos y rivalidad entre los reclutas.
 
El mito del soldado valiente fue aireado por la propaganda nazi entre 1925 y 1933, a pesar de las denuncias en contra y de la débil adhesión mostrada por sus compañeros de armas.

Las consideraciones sobre la ausencia de continuidad entre la violencia de la Primera Guerra Mundial y la brutalidad de la Segunda, justificada por el protagonismo de una generación joven sin experiencia de combate, tampoco parecen sólidas: como ya planteó G. L. Mosse, la paramilitarización de los años de entreguerras actuó como enlace entre las experiencias extremas vividas por ambas generaciones.
La Gran Guerra no fabricó nazis, pero sí veteranos cuyas memorias alumbraron la mística del futuro soldado político. Quizás, como señala Weber, el personaje Hitler no fue producto directo de la guerra, pero la guerra generó el mundo del que surgió el mito de Hitler.

«La primera guerra de Hitler»

thomas weber
Traducción de Belén Urrutia. Taurus. Madrid, 2012. 508 páginas, 26 euros. Libro electrónico: 12,99 euros

El siglo XX según el historiador Tony Judt

La Historia, la biografía y la ética se dan la mano en «Pensar el siglo XX» (Taurus). Un recorrido por la vida de Tony Judt que es también su testamento intelectual

31/05/2012 

Este volumen es el fruto de unas conversaciones íntimas entre el historiador Tony Judt y su colega Timothy Snyder, que tuvieron lugar en 2009, cuando aquel, aquejado de una enfermedad neurológica degenerativa, ya no estaba en condiciones físicas para escribir y se enfrentaba al final de su vida. Gracias a esta iniciativa, que partió de Snyder, Judt, el gran historiador del siglo XX y uno de los más destacados intelectuales contemporáneos, nos deja un libro póstumo que no solo puede considerarse un magnífico epílogo a su obra, sino que, por su lucidez y originalidad, está destinado a convertirse en referente del pensamiento sobre la pasada centuria.

Pensar el siglo XX ha sido descrito por sus autores como un texto de Historia, una biografía y un tratado de ética. Una arriesgada combinación que puede provocar la decepción del lector, pero tratándose de Judt ocurre todo lo contrario: primero, porque una de las razones por las que sus libros ocupan un lugar tan singular se debe a que, sin renunciar a la objetividad, siempre aportan opiniones personales sobre los acontecimientos narrados; en segundo lugar, porque siempre prestó mucha atención al pensamiento político; y por último, porque la cosmopolita vida de Judt está vinculada a muchos de los grandes acontecimientos del siglo XX.

Los capítulos más traumáticos

Nació Judt en Londres en 1948, hijo de emigrantes judíos de clase media baja. Los recuerdos que le transmitieron sus padres y abuelos constituyen un repaso a los capítulos más traumáticos del siglo XX: los avatares políticos de la Europa del Este, el antisemitismo y el Holocausto.

Judt, que creció en la Inglaterra de la posguerra, disfrutó de los beneficios del Estado del Bienestar, pues logró formarse en Cambridge, aunque su familia carecía de medios económicos. Pese a su identidad británica, siempre se consideró un outsider que no encajaba en el país en que nació.
Sus comienzos en el mundo académico iban a estar muy vinculados a la herencia familiar. Influido por la ideología socialista de su familia, dedicó sus primeros estudios a la Historia del socialismo. El judaísmo de sus padres le empujó a irse una temporada a Israel; sin embargo, pronto iba a desarrollar un espíritu crítico tanto hacia el socialismo como hacia el sionismo. Fueron también sus raíces familiares en la Europa continental las que le llevaron a estudiar en París, donde le marcó el ambiente intelectual.
Estados Unidos fue el otro escenario en el que discurrirían la vida y la carrera de Judt. Como tantos intelectuales y científicos europeos, en EE.UU. –concretamente en Nueva York– encontró la estabilidad que le permitiría escribir Postguerra y otras obras con las que consolidó su reputación. Pese a adoptar la nacionalidad norteamericana, se consideró también en su país de adopción un outsider, y esa posición le permitió convertirse en un observador crítico controvertido, pero también muy influyente.

En busca de la verdad

Con esta biografía tan rica en experiencia internacional y vivencias personales como trasfondo, Judt narra el siglo XX, los acontecimientos políticos y las ideas que perfilan su destino. Respondiendo a las oportunas preguntas de Snyder, el libro aporta una visión amena y original del siglo pasado.
Como intelectual de izquierdas crítico hacia los movimientos que le ilusionaron en su juventud, Judt aporta una versión franca y reveladora del fracaso de las grandes utopías. No se puede apreciar el siglo XX si no se han compartido sus ilusiones, dice.
Este historiador, que en los últimos años de su vida planeaba escribir una Historia intelectual del siglo XX, aporta claves sobre el papel de los pensadores y explica la paradoja de que varios fomentaran los totalitarios. Define su concepto del papel que le corresponde al intelectual, que se aleja mucho del mesianismo o de aportar contenidos morales. En su lugar, considera que su labor es buscar la verdad, como intentó hacer él durante la guerra de Irak. También hace útiles reflexiones sobre cómo se debe enseñar la Historia, advierte del peligro de narrativas sesgadas cargadas de perspectivas éticas y morales, y aboga por una Historia coherente basada en datos que establezcan claramente lo ocurrido en el pasado.

El papel del Estado

Desde la perspectiva del comienzo del siglo XXI, Judt explica que el principal conflicto del siglo pasado no fue la lucha entre la libertad y el totalitarismo, sino sobre el papel del Estado. Muestra nostalgia hacia la época dorada del Estado del Bienestar y del keynesianismo, en la que él creció y se formó, y se preocupa del porvenir de la socialdemocracia, con la que se identifica, en tiempos en que su proyecto político se ve amenazado por las fuerzas globales y los mercados.

Judt insiste en que el siglo XX merece ser recordado no solo por la guerra y el Holocausto, sino por los logros humanos más importantes de la Historia. Se esté o no de acuerdo con la interpretación que aporta sobre el siglo XX, este libro tiene la virtud de recordarnos la esencia de una época que ha de servirnos de guía para el siglo XXI.

«Pensar el siglo XX»

Tolstói, entrevistas inéditas

A través de veinte conversaciones inéditas, publicadas hasta ahora solo en ruso, la editorial Fórcola nos acerca a Tolstói. En esta entrevista responde a la pregunta «¿Qué es la felicidad?»

20/06/2012 
¿Qué es la felicidad? Responder a esta pregunta, y responder de tal manera que con esa respuesta pueda uno más o menos guiarse, es algo que puede hacer, sin duda, una personalidad solvente, un escritor conocido, un filósofo. ¿Quién si no el conde Tolstói podría responder a esto, si quisiera, con autoridad y honradez? Así fue que me fui a buscarlo...

Al llegar al callejón Hamovnichesky, donde en una casa antigua, de madera señorial, vive nuestro famoso escritor, tenía serias dudas –debo confesarlo– sobre si se decidiría a conversar sobre este tema, sabiendo en particular que sería para una entrevista periodística... A él no le gusta mucho que lo interroguen...
El lacayo me abrió la puerta de la entrada y, mientras me quitaba el abrigo abajo en la antesala, subió a informar de mi presencia, de donde enseguida escuché que me decía: «¡Venga, por favor!».
Por el pasillo se escucharon unos pasos, y el conde Lev Nikoláievich Tolstói entró en el cuarto.
Creo que no hace falta describirlo, ¿quién no lo conoce, aunque sea de vista, por los retratos? Lo único que ningún retrato ha transmitido es la mirada de sus ojos, bondadosa, apacible y cariñosa.
Nos sentamos frente a frente y Lev Nikoláievich, subiendo un poco la pierna sobre el sillón, me dijo:
¿Qué es la felicidad, es lo que quiere saber? –Y se sonrió, con una sonrisa amable y silenciosa–. ¡La felicidad! ¡Acaso es posible hablar de ese tema así tan apresuradamente! La verdad es que allá, en el extranjero, la prensa acostumbra ahora a tratar superficialmente los asuntos más serios.
¡Y aun así, hay mucha gente que quisiera conocer, así sea superficialmente, lo que más detalladamente le sería inaccesible! Al menos una pregunta como esta: ¿qué es la felicidad? Cualquiera sabe qué es la felicidad para uno personalmente, pero qué es la felicidad en sentido abstracto, dónde buscarla, dónde alcanzarla, no lo sabe...
Para conocer esta verdad, es necesario persuadirse de aquella diferencia que existe entre el aprendizaje del mundo y la doctrina de la religión verdadera. Todas estas opiniones contradictorias de unos y otros sobre lo que para cada uno sería la felicidad se fundan en lo que cada uno considera necesario en la experiencia del mundo. Y todos ellos abandonarían para ello sus casas, el campo, a los padres, a los hermanos, las mujeres, los niños, abjurarían de todo lo verdadero y llegarían a la ciudad, pensando que aquí estaría la felicidad...
 
Pero ¿acaso en la ciudad no se puede encontrar la felicidad?

¿En la ciudad? Considere aquella vida que todos llevan en la ciudad como la medida de lo que siempre las personas han llamado felicidad, y verá que esa vida está lejos de tal idea.

¿Cuáles serían las características de la felicidad, sobre las que nadie discutiría?
Ante todo, es imposible la felicidad sin la luz del sol, con la ruptura de los lazos del hombre con la naturaleza. En otras palabras, la vida fuera de la ciudad, bajo el cielo abierto, al aire libre, en la aldea, es la primera condición de la felicidad terrenal. Mire, ni siquiera la poesía la imagina de otro modo y, al dibujar la arcadia feliz, celebra la vida idílica en el seno de la naturaleza, lejos de las ciudades...
 
Una gran cantidad de gente vive en las ciudades, está atada a ellas, no tiene posibilidad de vivir en la aldea, nace y muere sin verla. Así que ¿de veras es imposible la felicidad para ellos?

¡Es imposible, estoy convencido de eso! Mire a qué está condenada esa gente: a ver, bajo la luz artificial, los objetos elaborados por el trabajo humano; a escuchar los sonidos de los coches, el estrépito de los carruajes; a comer a menudo cosas no frescas y malolientes. Nada les permite una relación directa con la tierra, las plantas, los animales. ¡Es una vida de presidiarios!

Pero ¿acaso las ciudades no son el resultado natural del desarrollo gradual de la familia, la comunidad?

¿De dónde ha sacado eso? Eche un ojo a la Historia y verá que las ciudades se construyeron con fines de conquista...

Bien, pero si es así, los frutos y los éxitos de la civilización que se manifiestan brillantemente en los grandes centros, ¿nada de eso tiene sentido?
¡Pero quién le ha dicho que la civilización conduce a la felicidad! ¡Ajá, dicen, la civilización se desarrollará, empezarán a dar vueltas los coches, todos serán felices! ¿De dónde han sacado eso? No, nuestra civilización, como las que hubo antes, llegará a su fin y morirá, porque no es otra cosa que la acumulación de los instintos monstruosos de la humanidad. ¿Acaso antes de nosotros no hubo civilizaciones? La egipcia, la babilónica, la asiria, la hebrea, la griega, la romana... ¿Dónde están? ¿Condujeron a la felicidad? ¡Todas sucumbieron, y lo mismo pasará con la nuestra!
 
¿Entonces significa que la ciudad es un obstáculo para la felicidad?

No, no la ciudad. Es necesario el trabajo para ser feliz, pero el trabajo libre, razonable, deseado, y sobre todo el físico, no el que atrofia el cerebro y los músculos.
»Por exigencias del mundo, las personas sirven, van a las oficinas, reciben dinero a cambio... Pero ¿acaso aman su trabajo, acaso les satisface? ¡No! Se dejan vencer por el aburrimiento, hacen un trabajo que odian y puedo apostarle que no escuchará de ninguno de ellos que esté contento con su trabajo. Pero pregúntele a un mujik que ara la tierra si está contento. ¡Ah, qué contento y con qué amor mira los surcos que se tornan oscuros!
 
»Una condición más para la felicidad es la familia. Y esto no existe aquí, donde el éxito mundano se considera erróneamente como la felicidad. ¿Acaso todos estos maridos, estas esposas, conforman una familia? Con frecuencia son uno para el otro una carga, y los hijos esperan a menudo la muerte de los padres para hacerse con la herencia. [...]

[Conversación aparecida en La Gaceta de Petersburgo nº 341, el 10 de diciembre de 1896. No se logró establecer la identidad del periodista que firmó esta entrevista bajo el seudónimo de Nard.]

«Conversaciones y entrevistas. Encuentros en Yásnaia Poliana»

dilluns, 9 de juliol de 2012

Nuestra deuda con Atenas. Charlatanes y discutidores, los griegos inventaron casi todos los caminos del saber

  EL PAÍS 7 JUL 2012

Inauguraron una actitud ante el mundo: tenían un inaudito afán de conocer y conocerse, entusiasmo por la libertad, anhelo de belleza cotidiana y una animosa confianza en el diálogo. En las orillas del mar, “sonrisa innumerable de las olas” y camino de infinitas aventuras, inventaron leyes, exploraron el cosmos y teorizaron con entusiasmo. Para retratar el carácter ateniense, Pericles dijo, según cuenta Tucídides: “Amamos la belleza sin ostentación y buscamos el saber tenazmente”. Admirable lema para una ciudad y una cultura. Y solo a un griego como Aristóteles se le pudo ocurrir como algo evidente que “por naturaleza, todos los hombres anhelan el saber”. A otros pueblos los definen otros afanes: aman la piedad religiosa, el dinero, las guerras de conquista, el fútbol o la gastronomía. Solo en Grecia “filosofar” no fue un raro oficio profesional, solo allí fue la política una tarea común de la democracia. En Atenas, la educación comenzaba por saber poesía (Homero, sobre todo) y acudir al teatro de Dioniso. Otras ciudades anteponían el atletismo, la gimnasia y las hazañas bélicas.

Los dioses griegos, hechos a imagen y semejanza de los seres humanos, incluso demasiado humanos, pero más hermosos, frívolos y felices, no acongojaban la vida de sus creyentes; fiestas colectivas y certámenes deportivos eran frecuentes y populares. Frente al despotismo de otros pueblos, como los persas, los griegos —cuenta Heródoto— se sentían orgullosos de obedecer solo a sus propias leyes; frente al hieratismo de los sabios egipcios, creían en la vivacidad y la belleza de lo efímero con entusiasmo juvenil. El arte en otros países es rígido, solemne y atemporal; el de los griegos expresa el amor a lo humano embellecido y trágico, como hacen a su modo sus poetas y sus pensadores.

La inquietud intelectual, la exploración del mundo y de uno mismo, la pregunta por la naturaleza y la condición humana son rasgos históricos del helénico estar en el mundo. Sabiendo que “todo fluye” (Heráclito) y “no todo lo enseñaron desde el principio los dioses; con el tiempo, avanzando en su busca, los hombres encuentran lo mejor” (Jenófanes), y “el ser humano es la medida de todas las cosas” (Protágoras), y “la medida es lo mejor” (uno de los siete sabios), y “la vida irreflexiva no es digna de vivirse” (Sócrates).
Los griegos inventaron o rediseñaron casi todos los caminos del saber: los más clásicos géneros literarios (poesía épica y lírica, la tragedia y la comedia), la historia, la filosofía y la medicina, las matemáticas, la astronomía, la política y la retórica, la ética y la astronomía y la geografía, los juegos atléticos, la escultura y las artes plásticas, etcétera. Pero más allá de los datos concretos, de todo el inmenso y prolífico legado que anima las raíces de nuestra cultura, lo más admirable es esa apertura o inquietud del espíritu. Lo que el léxico recuerda en tantísimos vocablos de abolengo heleno: kosmos, physis, philosophía, téchne, nomos, demokratía, politiké, poíesis, mythos, logos, historía, arché, théatron, etcétera. (Es decir, universo y orden, naturaleza, filosofía, arte y técnica, ley, democracia, ciudadanía, poesía, mito, palabra y razón, historia, principio, teatro, etcétera). Si nos pidieran definir lo griego en dos palabras, elegiríamos logos y polis, con el visto bueno de Aristóteles, que definió el ser humano (ánthropos) como una animal de ciudad (zoon politikón) que tiene logos. (Logos es intraducible por su amplio campo semántico: significa “palabra, razón, relato, razonamiento, cálculo” y su sentido se precisa en el contexto). Dios es fundamentalmente logos, dirá el evangelio de Juan. Como animal lógico y político, el hombre necesita el diálogo y el ágora y el teatro. Exageraba Borges cuando dijo: “Los griegos inventaron el diálogo”, pero ciertamente lo practicaron más que ningún pueblo. Eran charlatanes y discutidores sin tasa. Platón escribió toda su filosofía en diálogos dirigidos por Sócrates, inolvidable conversador.

Frente al logos estaba, como sabemos, el mythos (relato antiguo y memorable). En la competencia de ambos, una historia bastante conocida, se impuso el primero, que explicaba el mundo de modo más objetivo y, como diría alguno, más rentable. Porque con él se podía razonar sobre todo: “Justificar las apariencias” o “salvar los fenómenos” (según Anaxágoras) y demostrar que existe “una armonía oculta mejor que la visible” (Heráclito). La lógica y los silogismos justificaban la realidad mucho mejor que los fantásticos mitos. Aun así, el mito subsistió en la imaginación y la literatura.

Y debemos dar gracias (y no solo a los dioses) por los encantos de su espléndida mitología. Aunque ya no sintamos devoción por los dioses griegos ni hagamos poemas a sus héroes, pensemos qué pobre sería nuestro imaginario y nuestro arte sin sus figuras seductoras, sin sus nombres y gestas. Sin Odiseo ni Hércules, sin Orfeo ni Edipo, sin la bella Helena; sin Dioniso, sin Afrodita, sin Prometeo, y otros fantasmas familiares. No hay en la cultura universal ningún otro repertorio fabuloso comparable en fantasía dramática ni en prestigio literario.

No voy a insistir en los prestigios míticos, pero sí quiero apuntar que se prestan a múltiples reciclajes y recreaciones (que fueron materia constante del teatro clásico). A menudo de hondo trasfondo humanista. Un ejemplo: Prometeo les robó el fuego a los dioses para dárselo a los humanos (que sin él habrían muerto pronto de hambre y frío). Según Esquilo, inventó todas las artes y técnicas: de la navegación a la medicina, incluyendo la escritura, los números (“el saber más alto”) y la mántica. Por ello, Zeus lo castigó y tuvo que sufrir tormento en el Cáucaso, redentor rebelde y revolucionario. Había irritado a los dioses su “amor a los humanos”, su titánico trópos philánthropos.

La philanthropía, otra clara palabra griega, está relacionada en un viejo texto hipocrático con philotechnía (amor a la téchne, otra palabra de difícil traducción, es tanto “técnica” como “arte, oficio”). Ambas cosas deben ir unidas, en la intención del viejo Titán y en la del anónimo escritor. La filantropía es un hermoso concepto que se desarrolló sobre todo en el helenismo, cuando algunos griegos posalejandrinos hicieron notar que la distinción usual entre “griegos” y “bárbaros” no debía fundarse en la raza ni en el país de origen, sino en la educación y la cultura (paideia). Solo esta marcaba la diferencia entre unos y otros. Los estoicos, entonces, sostenían la fraternidad de todos los seres humanos, miembros de una sola comunidad, que compartía el logos. En latín, paideia se tradujo acertadamente como “humanitas”. (Se nos va quedando lejos la idea griega de educación, cuando la reducimos a un aprendizaje de “destrezas” y manejo de diversas tecnologías orientadas a lo más rentable, algo que no entraba en la idea antigua de la educación, la que heredó y desarrolló a su sombra el humanismo europeo).

En las estatuas de los jóvenes y en las de los dioses se aprecia el sentido helénico de la belleza, idealizada en la época clásica y más realista y apasionada luego. Un ideal de belleza que ha perdurado siglos. Pero la seducción de sus imágenes no solo se halla en los grandes monumentos y no solo anima los textos más clásicos, sino que animaba el encanto de sus artes menores. Una copa o una urna griega reflejan el mismo afán por lo bello. No solo nos fascinan los templos de esbeltas columnas o los vastos teatros, sino también las pequeñas esculturas o las escenas de la humilde cerámica, que atestiguan una vivaz y original artesanía de gracia inimitable. Incluso en sus logros más sencillos se percibe la “noble sencillez y serena nobleza”, según la famosa frase de Winckelmann.

Platón escribió que el impulso natural del filosofar estaba en la admiración. Dice Heródoto que la historia se escribe para salvar del olvido “hechos y cosas admirables”. Admirarse del mundo motivó su incesante ardor creativo y su busca de explicaciones en los ámbitos más diversos de la poesía y la cultura. Frente al moderno y fáustico homo faber, entregado con furor a la tecnología y la mecánica, el griego era contemplativo y dialogante, entusiasta de la belleza del cuerpo y del alma, experto en viajes odiseicos.
El amor por la Grecia antigua y el estudio histórico del mundo clásico marcaron el humanismo europeo desde el Renacimiento hasta el siglo XX. La imagen idealizada de Grecia revivió en el estudio filológico de los textos y la arqueología de sus ruinas. El filohelenismo tuvo larga vigencia en la Europa ilustrada y la romántica. Keats dijo: “Los griegos somos nosotros”. Son los europeos —alemanes, ingleses, franceses, italianos— quienes han recobrado a fondo la cultura clásica en Grecia, quienes han estudiado tan a fondo a Homero y a Platón. La nostalgia de lo helénico fue un síntoma europeo.

En su artículo ¿Por qué Grecia?, evocando el libro de J. de Romilly, Vargas Llosa recordaba cuánto guarda Europa de su luminosa cultura. Tal vez, sí, nos estemos alejando, a zancadas, de ella. Cierto es que la economía no suele ser compasiva con la cultura. Cierto que los griegos de hoy no son los hijos de Pericles. Pero aun así, pensar en una Europa que deje excluidos a los griegos, parece —no solo en un plano simbólico— un gesto notablemente bárbaro, muy en contra de nuestra tradición humanista.


¿Por qué Grecia?



PIEDRA DE TOQUE: Grecia no puede dejar de formar parte integral de Europa sin que ésta se vuelva una caricatura grotesca de sí misma, condenada al más estrepitoso fracaso. Ella es el símbolo de Europa En aquella cena, hace ya varios años, me sentaron junto a una señora de edad que cubría sus ojos con unos grandes anteojos oscuros. Era amable, elegante, hablaba un francés exquisito y, pese a que hacía grandes esfuerzos por disimularlo, en todo lo que decía y opinaba se traslucía una enorme cultura. Sólo a media cena advertí, por las grandes precauciones con que manejaba los cubiertos, que era ciega o, cuando menos, que su visión era mínima. Sólo después de despedirnos, averigüé que Jacqueline de Romilly era una gran helenista, catedrática de griego clásico en la École Normale y en la Sorbona, la primera mujer en ser elegida miembro del Colegio de Francia y una de las pocas representantes del género femenino en la Academia Francesa. El primer libro suyo que leí, Pourquoi la Grèce?, me deslumbró tanto como su persona. Aunque lo que dice y cuenta en él ocurrió hace 25 siglos, es de una extraordinaria actualidad y su lectura debería ser obligatoria en estos días para aquellos europeos que, espantados con lo que está ocurriendo en Grecia, su deuda vertiginosa, su anarquía política, su empobrecimiento pavoroso y la ascensión de los extremismos fascista y comunista en sus últimas elecciones, creen que la salida de ese país de la moneda única, e incluso de la Unión Europea, es inevitable y hasta necesaria.

El libro cuenta cómo la joven Jacqueline leyó en sus años escolares a Tucídides y cómo la impresión que hizo en ella uno de los dos fundadores de la disciplina histórica (con Heródoto) orientó su vocación a los estudios de la Grecia clásica, a la que dedicaría su vida. El ensayo pasa revista, de manera clara, entretenida y profunda —rara alianza para una especialista— a ese milagroso siglo V antes de nuestra era en el que la historia, la filosofía, la tragedia, la política, la retórica, la medicina, la escultura alcanzan en Grecia su apogeo y sientan las bases de lo que con el tiempo se llamaría la cultura occidental. Homero y Hesíodo son bastante anteriores al siglo V, desde luego, y hay artistas, pensadores y comediógrafos posteriores a ese marco temporal. El ensayo no vacila en retroceder o avanzar para incluirlos en el legado griego, aunque el grueso de lo que llama “una visita guiada a través de los textos” se concentra en ese pequeño período de 100 años en que en el reducido espacio del mundo heleno hay como una eclosión frenética, enloquecida, de creatividad en todos los dominios del espíritu, con ideas, modelos estéticos, patrones intelectuales, inventos y descubrimientos, gracias a los cuales la civilización del logos tomaría una distancia decisiva respecto a todas las otras culturas del pasado y de su tiempo y, sin pretenderlo ni saberlo, cambiaría para siempre la historia del mundo.

Jacqueline de Romilly muestra que en Grecia nacieron, o cobraron una realidad y dinamismo que nunca tuvieron antes en la vida social de pueblo alguno, los factores determinantes del progreso humano, como la democracia, la libertad, el derecho, la razón y el arte emancipados de la religión, las nociones de igualdad, de soberanía individual, de ciudadanía, y una manera absolutamente nueva de relacionarse el hombre con el más allá y con los dioses, además, por supuesto, de una idea de la belleza y de la fealdad, de la bondad y la maldad, de la felicidad y la desdicha, que, aunque con los inevitables matices y adaptaciones que ha ido imponiéndoles la historia, siguen vigentes.


Los diálogos socráticos y platónicos enseñaron que conversar es una manera más civilizada de convivir
Maravilla que un pueblo tan pequeño y tan poco cohesionado políticamente, hecho de unas cuantas ciudades y colonias repartidas por Europa y el Asia Menor, que conservaban un enorme margen de autonomía entre ellas, un pueblo tan instintivamente reticente a conformar un imperio, a practicar el imperialismo y a someterse a la prepotencia de un tirano (como hicieron todos los otros) haya sido capaz de dejar en la historia de la humanidad una huella tan honda, tan presente todavía tantos siglos después, en tanto que casi todos los otros grandes imperios o civilizaciones —los persas y los egipcios, por ejemplo— sean ahora sobre todo, sin olvidar ninguna de sus maravillas, piezas de museo.

No fue un accidente, ni obra del azar, hubo razones para ello y el libro de Jacqueline de Romilly las hace desfilar ante nuestros ojos con la misma desenvoltura, belleza y elegancia con que su conversación me hechizó a mí aquella noche. Los diálogos socráticos y platónicos, además de una manera de filosofar, nos explica, enseñaron a los seres humanos que conversar, hablar en grupo, es una manera más civilizada y ética de convivir que dando órdenes u obedeciéndolas, una forma de la comunicación que reconoce o establece de entrada una igualdad de base, una reciprocidad de derechos, entre los interlocutores. Así fue surgiendo la libertad, desanimalizándose el hombre, naciendo de verdad la humanidad del ser humano.

Esta demostración en Pourquoi la Grèce? no aparece como un discurso abstracto, sino a través de comentarios y de citas literarias, porque, como su autora no se cansa de repetirlo, todo aquello que constituye una cultura está esencialmente representado en sus obras literarias, y la verdadera crítica es aquella que escudriña la poesía, la narrativa, el drama, los ensayos que una sociedad produce en busca de esas verdades recónditas que alimentan su imaginación e impregnan las aventuras y los personajes a que sus artistas dieron vida para aplacar la sed de absoluto, de vivir otras vidas, de sus gentes.

“Sin saberlo, respiramos el aire de Grecia a cada instante”, dice en una de sus páginas. No es la menor de las paradojas que los griegos, que nunca conquistaron a pueblo alguno y sólo combatieron en defensa de su libertad, hayan dominado luego discretamente al mundo entero, empezando por Roma, cuyas legiones creyeron apoderarse de Grecia sin esfuerzo, cuando, en verdad, sería el pueblo vencido el que terminaría por infiltrarse en la mente, el espíritu y hasta la lengua del conquistador. (El ensayo revela que, durante buen tiempo, fue de buen gusto entre las familias romanas contemporáneas de Cicerón y de Virgilio hablar en lengua griega).


Lo sorprendente es que haya todavía tantos griegos que sigan creyendo en la democracia
Es verdad que la Grecia de nuestros días es muy distinta de aquella donde se construyó el Partenón, en la que peroraba Solón y esculpía Fidias sus estatuas. En los 25 siglos intermedios su pueblo ha experimentado acaso más infortunios y catástrofes que la mayoría de los otros: guerras externas e internas, ocupaciones que por siglos acabaron con su libertad, tiranías y segregaciones que varias veces amenazaron con desintegrarla.

Esta mañana leo en el International Herald Tribune una espeluznante descripción del estado de su economía, los grotescos privilegios de que han gozado en todos estos años sus armadores, banqueros y empresarios más prósperos, exonerados de pagar impuestos, y las fortunas que han fugado y siguen fugando del país hacia Suiza y los paraísos fiscales más seguros del planeta, en tanto que el pueblo griego se sigue empobreciendo, viendo encogerse sus salarios o pasando al paro, a la mendicidad y al hambre.
Ante este panorama, lo que debería sorprender no es que muchos griegos hayan votado en las últimas elecciones por nazis y extremistas de izquierda; sino, más bien, que haya todavía tantos griegos que sigan creyendo en la democracia, y que las encuestas para la próxima elección señalen que los partidos de centro izquierda, centro y centro derecha, que defienden la opción europea y aceptan las condiciones que ha impuesto Bruselas para el rescate griego, podrían obtener la mayoría y formar gobierno.

Mi esperanza es que así sea porque, simplemente, Grecia no puede dejar de formar parte integral de Europa sin que ésta se vuelva una caricatura grotesca de sí misma, condenada al más estrepitoso fracaso. Europa nació allá, al pie de la Acrópolis, hace 25 siglos, y todo lo mejor que hay en ella, lo que más aprecia y admira de sí misma, incluyendo la religión de Cristo —una de las páginas más hermosas del ensayo de Jacqueline de Romilly explica por qué buena parte de los Evangelios se escribieron en lengua griega—, así como las instituciones democráticas, la libertad y los derechos humanos tienen su lejana raíz en ese pequeño rincón del viejo continente, a orillas del Egeo, donde la luz del sol es más potente y el mar es más azul. Grecia es el símbolo de Europa y los símbolos no pueden desaparecer sin que lo que ellos encarnan se desmorone y deshaga en esa confusión bárbara de irracionalidad y violencia de la que la civilización griega nos sacó.