dilluns, 28 de maig de 2012

Franco alargó intencionadamente la guerra, de Hilari Raguer en La Vanguardia 19-5-2012


En el controvertido Diccionario Biográfico Español de la Real Academia de la Historia se presenta al general Franco poco menos que como un santo, pero en la obra colectiva En el combate de la historia Ángel Viñas y Alberto Reig Tapia mencionan, muy de paso, el peor de todos sus crímenes: haber prolongado innecesariamente la guerra para entre tanto forjar el poder absoluto y perpetuo que ambicionaba.

A lo largo de la Guerra Civil Franco tomó una serie de decisiones que los generales de su entorno, y también los asesores alemanes e italianos, creían militarmente equivocadas, y que tendían a evitar un final rápido. Según el plan de Mola, Franco, con el ejército de África, tenía que dirigirse rápidamente a Madrid por Despeñaperros, pero se desvió por Extremadura. Cuando el 21 de septiembre llega a Maqueda, deja Madrid y se dirige hacia el sudeste para liberar el Alcázar de Toledo, con lo que dio tiempo a que llegaran las brigadas internacionales y los tanques rusos, se fortificara la capital y empezara a formarse un ejército republicano disciplinado. Fracasado el asalto directo, había que cercar Madrid para que cayera, y a esto se encaminaba la ofensiva de Guadalajara, pero Franco la saboteó: a ambos flancos de las divisiones italianas tenían que atacar también sendas columnas españolas; los españoles no atacaron, y los italianos, que el primer día habían avanzado 40 km, fueron sorprendidos por la retaguardia por sus compatriotas comunistas de la brigada Garibaldi. Ante las protestas italianas, Franco fingió enfadarse y destituyó momentáneamente a los jefes de dos de las columnas que tenían que haber atacado. Siempre que los republicanos obtenían algún éxito, Franco tenía el puntillo de contraatacar inmediatamente. El único caso en que no lo hizo fue después de Guadalajara, porque la capital, aislada, habría caído, y habría sido el fin de la guerra, pues las cancillerías europeas esperaban la toma de Madrid para reconocer a los rebeldes. El 4 de abril de 1938 el cuerpo de ejército marroquí, mandado por Yagüe, toma Lleida. El ejército republicano está en desbandada, el camino de Barcelona abierto, y la llegada a la frontera francesa sería el fin de la guerra, pero Franco desvía la ofensiva hacia el Maestrazgo y Valencia. “Toda resistencia organizada y persistente parecía improbable… En tan dramática situación –confiesan los historiadores militares franquistas Ramón y Jesús María Salas Larrazábal– Franco tomó una increíble decisión que suponía una nueva demora en el fin de la guerra”.

Alemanes e italianos, convencidos de que con la ayuda que le habían prestado ya tenía que haberse alcanzado la victoria, atribuían estas decisiones de Franco a incompetencia. No se les ocurría que Franco estuviera procurando deliberadamente que los españoles siguieran matándose. El diario personal de Goebbels, confidente íntimo de Hitler, refleja los comentarios del Führer: “Otra vez estancado el avance de Franco” (17/I/1937); “Obtiene pequeñas victorias pero no avanza como debiera” (19/I/1937); “Franco no avanza. ¿Será él realmente el hombre?” (24/I/1937); “Este conflicto español destroza poco a poco los nervios” (28/VIII/1937); “Ahora Franco ha de continuar atacando. El problema español no puede seguir abierto mucho más tiempo” (23/X/1937); “Franco lucha en los alrededores de Teruel. Se desangra allí. Y la gran ofensiva que tenía preparada se ha esfumado” (19/I/1938); “Noticias de España: todo sigue igual. Esta guerra civil parece tenerse que convertir en una guerra de los Treinta Años” (15/XII/1938).

Por si alguien dudara aún de su propósito dilatorio, Franco lo confesó al embajador italiano, Roberto Cantalupo. En la audiencia de despedida, el 18 de abril de 1937, Franco le encargó que transmitiera fielmente al Duce lo que le iba a decir: “No puedo tener prisa. Si antes no consolido la conquista espiritual de las poblaciones que tenemos detrás nuestro, es no sólo inútil, sino hasta peligroso avanzar… Yo no puedo acortarla (la guerra) ni un día con respecto a su duración natural, o sea, con respecto a la hora en que la mayoría de los españoles estará contra el comunismo… Quien me ayuda tiene que saberlo… Sería muy peligroso que yo llegara demasiado pronto a Madrid, con una acción militar de gran estilo: antes he de tener la certeza de fundar un régimen, de poder instalar allí la capital de la nueva España”.

Que Franco alargó la guerra está ya fuera de duda, pero queda la incógnita del porqué de tan monstruoso propósito. Los historiadores generalmente opinan que Franco quería exterminar a todos los rojos. Pero alargando la guerra morían también blancos, de su ejército y partidarios suyos movilizados en el republicano. Él demostró muy bien que sabía como exterminar rojos en la zonas conquistadas, y en toda España al término de la guerra. La verdadera razón es que quería forjar su mito personal y tener un poder absoluto y perpetuo. Si el golpe hubiera triunfado en unos pocos días, Franco era uno más del montón: le precedían Sanjurjo, Mola, Cabanellas y Queipo. Triunfando a los tres meses, ya era Generalísimo de todos los ejércitos y jefe del Estado, pero era aún un primus inter pares. Pero al cabo de tres años de guerra, proclamada Cruzada, reconocido gracias a una hábil y obsesiva propaganda como Caudillo invencible y salvador de España, es un dios. Cantalupo ya lo advirtió al llegar a Salamanca en febrero de 1937: “Todos le llamaban Caudillo, y el calificativo –sustancial anuncio de la dictadura– había pasado sin dificultad. Yo pensaba en Mussolini, que en 1922 fue llamado Duce, primero por algunos, después por muchos, finalmente por todo el mundo. Anda, trata de suprimir después esos títulos: sería menester una contrarrevolución, porque ciertas palabras, una vez entradas en la historia e identificadas con un mito, sólo pueden derribarse con un movimiento armado”.

Hilari Raguer, es historiador y monje de Montserrat.

dimecres, 23 de maig de 2012

"Civilización" de Niall Ferguson

Tomo prestado este magnífico post sobre la obra "Civilización" de Niall Ferguson del blog de José Antonio Molina Gómez:
http://trazosenlaarenahistorica.blogspot.com.es/2012/04/niall-ferguson-y-su-teoria-de-la.html
Espero que me perdone la licencia.

NIALL FERGUSON Y SU TEORÍA DE LA CIVILIZACIÓN

Ya no es tan frecuente que una obra de Historia genere una tormenta en la opinión pública, ni que la publicación de un libro levante un enorme y apasionado debate en ámbito académico que llegue incluso a los periódicos. Algo tan inesperado ha sucedido con la aparición de la obra Civilization. The West and the Rest (The Penguin Press, Nueva York 2011*) de Niall Ferguson, la cual ha despertado enorme interés, seguido de una mayor polémica para llegar incluso a los tribunales.

El historiador británico Niall Ferguson es un autor ya conocido tanto por su aparición en los medios como por sus obras de planteamiento polémico (e.g. Virtual History en la que ataca la supuesta metodología lineal del pensamiento histórico moderno o Empire en la que justificaría el imperialismo europeo). Cabía esperar que con Civilization se cumplieran ampliamente las expectativas. Como muestra de ello, recordemos que el autor pronunció una conferencia con el título “Can Europe collapse? And might America be next?” el seis de febrero de este año en la Universidad de Zürich. El periódico suizo Neue Zürcher Zeitung, que dio la noticia al día siguiente, indicaba que el aula estaba llena media hora antes de empezar la charla, teniendo que derivar al público restante a otra sala que también se llenó hasta el último asiento. El 21 de enero el mismo periódico había publicado una recensión de Civilization (de la traducción alemana de 2011 publicada por la editorial Propyläen en Berlín). El tema, naturalmente, provocaba interés por cuanto se examinaban las causas del encumbramiento europeo y se analizaban las repercusiones de la crisis mundial actual.



Merece la pena examinar la obra con cierta atención.

El campo de estudio
El autor se distancia ya en las primeras líneas de la concepción tradicional según la cual la civilización occidental ha de ser identificada con el mundo clásico y las creaciones del espíritu. Por el contrario Ferguson propone una visión comparativa y amplia, pero en la que los aspectos nobles y culturales que a veces se asocian con la palabra “civilización” no tienen el papel preponderante, sino más bien elementos de más bajo substrato, elementos materiales  y económicos que subyacen bajo el manto de la civilización  (pág. 2: “In this book I take a broader, more comparative view, and I am to be more down and dirty than high and mighty”). El propósito del libro no es otro que mostrar aquello que Occidente hizo distinto al resto del mundo para poder alcanzar la hegemonía global: “What distinguished  the West from the Rest…”.

Seis factores que no tuvo nadie más que Occidente
La base del estudio se centra en seis conceptos clave (p. 12), seis aplicaciones fulminantes o “asesinas” (es decir “killer applications”, conviene recordar que “aplicaciones asesinas” en informática son aquellas cuya implantación por los usuarios es de carácter definitivo, es decir, reemplaza totalmente a un servicio tradicional; un buen ejemplo es la implantación del correo electrónico que ha eliminado –“asesinado”- el correo tradicional). Se trata de las “aplicaciones” que han encumbrado a Occidente y que ahora empiezan a “descargarse” (“download” dice el autor, continuando con el símil informático) los países asiáticos, singularmente China, de manera que surge una mayor competencia al mismo tiempo que Occidente da señales de agotamiento interno.

Estas aplicaciones “asesinas” son:
  1. Competitividad (Competition)
  2. Conocimiento (Science)
  3. Derecho a la propiedad (Property Rights)
  4. Medicina (Medicine)
  5. Consumo (Consumer society)
  6. Ética del trabajo (Work Ethic)

Al objeto de apoyar las tesis del autor, Civilization es una auténtica selva de erudición y digresiones que hemos cruzar sin perdernos. A modo de hilo de Ariadna podemos afirmar que desde el punto de vista del autor la competitividad (p. 19 ss), concurrencia y abierta rivalidad entre los distintos estados europeos posibilitó que abandonaran el estado de postración en que se encontraban después de la caída del Imperio romano, mientras que una sociedad tecnológicamente más avanzada como China, se estancaba precisamente por la falta de competitividad. El papel de la ciencia fue decisivo desde el momento en que Ilustración y la revolución científica posibilitaron la mejora racional del ejército y las finanzas. La propiedad individual y el republicanismo cívico es lo que hizo por ejemplo que la América anglosajona, más dinámica institucionalmente, se encumbrara mientras la América española, cuyas instituciones eran más antiguoregimentales, se hundía. El régimen de propiedad en la América española garantizaba que los indígenas seguían trabajando la tierra, pero en la América anglosajona, el sistema más expeditivo de conquista garantizaba el cambio de propiedad y la dinamización de la economía. Por esta razón el autor llega a dudar que la América Latina (y España por añadidura, podríamos decir) forme parte integrante de la civilización occidental. La extensión de la ciencia y la medicina posibilitaron el bienestar y el crecimiento de la población mundial (141 ss.), puesto que el imperialismo supuso trasladar a África el ideal de progreso y de lucha contra las enfermedades. Finalmente, el consumo y la ética del trabajo forman el cuadro de estas aplicaciones asesinas. El consumo llevaría consigo un mensaje de libertad y democracia; pese a las advertencias del marxismo y de los críticos de la sociedad de consumo, el bienestar se extendió y el peligro de una revolución social en la práctica llegó a desaparecer. La última aplicación a examen es la ética (del trabajo y del éxito), que Ferguson pretende entender en un sentido weberiano. Precisamente fue la superioridad institucional de Occidente motivada por el triunfo de la ética protestante del trabajo la que desplazó a las instituciones no europeas, cosa además de manera pacífica, puesto que la revolución industrial nunca fue impuesta por la fuerza y siempre fue aceptada voluntariamente. El ejemplo actual en el que están abriéndose paso nuevas versiones de la ética protestante del trabajo, para Ferguson, es innegablemente China, donde incluso se está registrando el fenómeno de la conversión religiosa entre la ascendente clase de empresarios emprendedores chinos.

Las “aplicaciones” son asumidas (“descargadas”) por otros países que entran en concurrencia con Occidente.
La confluencia de todas estas aplicaciones simultáneamente ha posibilitado el triunfo hegemónico de Occidente sobre el resto del mundo, lo que habría redundado primero en beneficio propio para la cultura occidental, pero también para el resto de la humanidad si admitimos el papel difusor de estas aplicaciones (y en particular de la medicina) que tuvo el imperialismo sobre el resto del mundo. Hoy en día, siempre según el autor, Occidente se encontraría realmente amenazado tanto por su éxito (al difundir mundialmente estas aplicaciones) como por su agotamiento interno. Para Ferguson el mundo asiático ha comenzado a asumir las “aplicaciones asesinas”, especialmente China, Singapur y Corea del sur; el hecho de que “el siglo de Asia” haya comenzado y de que otras naciones no asiáticas hayan asumido el modo de vida occidental pone en entredicho precisamente la continuidad hegemónica de Occidente. Sin embargo, las debilidades internas de los países no occidentales, incluyendo China, no garantizan su éxito de manera indiscutible. Ferguson no entiende la historia en función de ciclos de hegemonía y decadencia; de hecho ni siquiera está de acuerdo con la teoría del “choque de civilizaciones” de Samuel P. Huntington (p. 312), dado que los conflictos de nuestro tiempo serían para él más étnicos que religiosos o culturales; y también rechaza el papel decisivo e inmediato de la crisis ecológica en el colapso a largo plazo de las civilizaciones, que recientemente ha defendido J. Diamond (pp. 298-299). Para nuestro autor las civilizaciones son sistemas adaptativos complejos que no están sujetos ni a ciclos ni a leyes fijas que inviten a una prognosis (cosa que no sorprende viniendo del autor de Virtual History para quien la Historia se entendería mejor aplicando la teoría del caos). Las civilizaciones, en definitiva, funcionarían durante un tiempo, igual que un hormiguero de termitas, adaptándose a su entorno y cuando no pudieran seguir respondiendo a los desafíos inmediatos que se les plantean, colapsarían. Ferguson advierte ante un posible relevo en la hegemonía mundial, pero recuerda que  China tiene también sus propias dificultades (externas como la creciente desconfianza en los países de su entorno, e internas como que sus instituciones sean poco dinámicas, así como la pobreza y una demografía amenazante). La amenaza verdaderamente grave para Ferguson no es el Islam radical ni China, sino la falta de confianza en los valores desde dentro de Occidente, en la actual democracia nihilista, el consumismo hedonista y la propia deslealtad hacia los valores que nos han encumbrado a los países occidentales.

La recepción polémica de la obra
Resulta evidente que una gran parte de las afirmaciones de Ferguson se prestan a la discusión. La propia presentación de su tesis con constantes saltos adelante y atrás en el tiempo y el estilo del autor pleno de neologismos, muestra el interés por seducir y sorprender casi al estilo de los documentales históricos para la televisión. La mención a los seis factores históricos  (“aplicaciones asesinas” tomando el lenguaje de la informática) es ya de por sí una provocación académica, tanto como los juicios ad hominem que el autor no escatima (por ejemplo a Marx o Gandhi) que van más allá de lo científico y que hubiera hecho mejor en suavizar.
Al margen de todo esto, no puede negarse que la obra intenta comprender la crisis ante la que nos encontramos y responder a la pregunta de qué alternativas se plantean. Pero la respuesta dada por Ferguson se centra en el protagonismo indiscutible de “su” Occidente, históricamente llamado a defender la causa del progreso en el advenimiento de una civilización mundial. Que no tenga ambages en afirmar que los textos fundacionales de la civilización occidental son la Biblia del rey Jaime, las obras de Shakespare, Smith, Locke, Darwin muestra una visión limitada, excesivamente anglocéntrica (p. 324).

La defensa del liberalismo y de formas de imperialismo europeo le había granjeado ya antes muchas críticas. El 25 de marzo de 2011 se publicó en The Guardian una recensión muy crítica que le acusaba de neoliberalismo extremo y de haber cedido a la tentación de la “big history” casi reaccionaria. Últimamente la hostilidad se ha hecho mucho más evidente por parte del escritor Pankaj Mishra que publicó una recensión mucho más agria de la obra de Ferguson el 3 de noviembre de 2011 en el London Review of Books (vol. 33, n.21), ante dicha recensión Ferguson sintió que estaba siendo acusado de tener una visión del mundo cercana al conservadurismo supremacista, cuando no declaradamente racista, lo que motivó de inmediato sus protestas y el desencadenamiento de un conflicto que amenazaba con llegar a los tribunales, del que se hizo eco la prensa no exclusivamente científica (The Atlantic Wire, el 29 de noviembre de 2001 y The Guardian, tres días antes). Con certeza las alusiones supremacistas sobre la obra de Ferguson son excesivas, para darse cuenta de ello bastaría con recordar su matrimonio con la activista de origen somalí Ayaan Irsi Ali, o incluso la propia lectura de su Civilization a propósito de las actividades coloniales alemanas en Lüderitz a principios del siglo XX y los experimentos de higiene racial allí realizados por el Dr. Eugen Fischer (pp. 180-181). Sí podría prestarse, en cambio, a discusión un claro anglocentrismo, ya que el propio autor rechaza cualquier relativismo y propugna una defensa de los valores del occidente anglosajón  y americano, liberal y protestante, defensa que a veces se diría sentimental o ideológica.