dissabte, 8 de desembre de 2012

"Aquí París, 1920-1950", cuando la capital francesa consolidó las fotos como expresión artística

Nude with Butterfly, 1953
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Se suele aceptar que la primera fotografía de la historia fue tomada por el francés Joseph Nicéphore Niépce (1765-1833) en el año 1826. También es tomado por certero el cálculo del tiempo que tardó el género en ser considerado una práctica artística y no un divertimento técnico en manos de esnobs con mucho dinero y aún más tiempo libre: un siglo. Se da incluso una referencia exacta del momento en que las fotos empezaron a ser aceptadas como arte: la publicación, en marzo de 1930, de un número especial dedicado a la fotografía de la prestigiosa revista francesa Arts et métiers graphiques.

Unos meses más tarde, la publicación de vanguardia VU (siglas que en francés componen también el verbo ver), la revista de información general que revolucionó el periodismo gráfico europeo, incluía una opinión contundente de uno de sus columnistas culturales: "La fotografía ha sido inventada dos veces. Primero, por Nicéphore Niépce y Daguerre, hace más o menos un siglo. Después, por nosotros".

Estamos hablando, pues, de la década de los años veinte y de Francia, en concreto de su capital, París, eje cultural de Occidente en la época, estatus que mantendría hasta el comienzo de la II Guerra Mundial y el éxodo consiguiente de los artistas y creadores. Entre las décadas de los veinte y los cincuenta, la ciudad y su clima de tolerancia y creatividad lograron atraer a los fotógrafos que consolidaron el arte de captar la luz y el movimiento para congelarlo en una imagen.

Proceden de una colección privada de 7.000 fotos

Voici Paris. Photographic Modernities, 1920-1950 (Aquí París. Modernidades fotográficas, 1920-1950) expone nada menos que 300 fotos de aquellas décadas fecundas que hicieron de la ciudad la capital mundial del naciente género de expresión artística. La exposición, organizada por el Centro Pompidou, permanece en cartel hasta el 14 de enero.

Las tremendas imágenes de la muestra constituyen la primera selección que sale a la luz de la colección privada de casi siete mil fotos que el museo compró en 2011, la de Christian Bouqueret, crítico, autor de libros, recolector y, sobre todo, apasionado de la fotografía de la primera mitad del siglo XX. De la calidad de su acervo da idea un somero vistazo al elenco de las firmas: entre las obras que expone el Pompidou hay piezas de Man Ray, André Kertész, Dora Maar, Erwin Blumenfeld, Germaine Krull, Eli Lotar, Martín Munkácsi, Brassaï, Henri Cartier-Bresson y muchos otros.

En París vivían un millón de inmigrantes a comienzos del siglo XX Si algo queda claro en la exposición, una de las más importantes muestras fotográficas del año en Europa, es que París fue un imán para los fotógrafos de otros países durante el periodo de entreguerras —en realidad la ciudad era un gran casa de acogida migratoria, con un millón de extranjeros residiendo en ella a principios del siglo XX—. Desde el fundador del experimantalismo, Man Ray, procedente de los EE UU y llegado a París en 1921, hasta la joven alemana Marianne Breslauer o el húngaro Brassäi, muchos de los artistas llegaban a la ciudad porque, como afirmaba Gertrude Stein, ella misma una emigrada, "París era el lugar para estar".

Cinco secciones

Voici Paris relata la historia de las camarillas vanguardistas, de los artistas sociales, de las colaboraciones y celos de una era donde todo era discutido y a todo se atrevían los artistas. La exposición está dividida en cinco secciones: L’oeil nouveau (El ojo nuevo), Documents de la vie sociale (Documentos de la vida social), L’imagier moderne (El fotolibro moderno), L’intérieur de la vue (El interior de la mirada) y Retour à l’ordre (Regreso al orden), que narran desde los primeros reclamos de los fotógrafos para entrar en la expresión artística, hasta el regreso a un replanteamiento de lo clásico, pasando por la influencia de la crisis de 1929, el surrealismo y la ebullición de las publicaciones impresas.

Captura las creencias modernas: rapidez, fragmentación, inmediatez En París, como señala el catálogo de la exposición, la fotografía se convirtió en el "medio más adecuado para capturar la magia del mundo contemporáneo y la percepción del hombre moderno y todas sus creencias: la rapidez, la fragmentación, la inmediatez".

En torno a Rousseau

Rousseau contemporáneo

LA VANGUARDIA 05/12/2012 
 
ANTONI MARÍ

Tal vez fuera por su prosa sencilla y transparente que Jean-Jacques Rousseau (1712-1778) llegara a tantos lectores: "No escribo para los filósofos, escribo para los de la calle, el zapatero, el maestro de escuela, la mujer de casa, el estudiante." Apenas utilizó los términos de los filósofos al uso y practicó una escritura voluntariamente accesible a un lector común; esa cualidad permitió que la sociedad europea le leyera con avidez y retuviera las ideas que socavaban los cimientos del estado y de la administración real, hasta que sus argumentos, recogidos en su potencial revolucionario, fueran enarbolados como los estandartes que clamaban la tríada de la revuelta: libertad, igualdad y fraternidad. Por esta razón, tal vez, fue perseguido, calumniado y despreciado por la sociedad que temía perder los privilegios que venía gozando de antiguo.

Sus ideas escandalizaron a sus colegas y amigos, maestros ilustrados; en él veían al traidor, el que corrompía las buenas gentes poniendo en duda la necesidad del proyecto iluminista que quería corregir la humanidad y elevarla a la mayoría de edad. Jean-Jacques dudó de los argumentos que confiaban en la capacidad y posibilidad de perfección del hombre. Desconfió del progreso como del instrumento de esta perfectibilidad y criticó, de un modo radical y dogmático, que el desarrollo de la humanidad no se hacía por el camino de la ilustración y el conocimiento, sino por el de la voluntad y la reflexión. Desde esa intimidad solitaria, contradictoria y atrabiliaria, describió cómo la desigualdad entre los hombres era el embrión de todos los males, el origen de la esclavitud y de la ignorancia.

Denunció la soberbia del sabio y defendió la sabiduría del hombre sencillo. No se arredró frente a la muralla que se levantaba frente él y arremetió con sus libros contra el saber establecido. Su obra sirvió de referencia a revolucionarios y dio argumentos a la carcunda más conservadora del mundo moderno. Desde Robespierre a Primo de Rivera, de Kant a Karl Marx, de Thomas Jefferson a Pol Pot, de Adorno a Habermas, todos encontraron en Rousseau argumentos para blandir sus ideas, ya fueran contrarias a las suyas o semejantes. Hoy sigue manteniendo detractores y defensores como si el tiempo no hubiera pasado por él, o fuera él que lo consideraba todo desde la distancia que ofrece la crítica a la razón. En eso estamos.

La invención de las vivencias 

  • Es nuestro contemporáneo: criticó la desigualdad y la soberbia; sus ideas son estandartes para las revueltas 
  • Es Rousseau quien inaugura este tiempo de las 'vivencias pasivas', que se corresponden a la perfección con la experiencia contemporánea 
  • Hoy, la diferencia con Rousseau es que ya no estamos a la orilla de un largo sino en un centro comercial 
  • En Rousseau está todo: el equilibrio del alma, sin recuerdo del pasado ni proyección hacia el futuro 
YVES MICHAUD


Un aspecto sorprendente de la sensibilidad contemporánea es el lugar que en ella ocupan las experiencias. Cuando antes percibíamos objetos, personas, situaciones, hechos, acontecimientos, ahora percibimos cada vez más experiencias o vivencias que nos relacionan con esas cosas volatilizadas.

¿Se trata de un cambio de nuestra ontología (en el sentido que le da Quine de descripción del "ordenamiento del mundo")? No estoy seguro, aunque un cambio en nuestras formas de aprehensión tiene sin duda un impacto en lo que creemos que hay. En todo caso, debemos constatar que tendemos a hablar de modo diferente de nuestras percepciones y las tratamos como si los referentes externos (objetos, personas, acontecimientos, hechos) se borraran en beneficio de los datos de la conciencia. Hace poco, en un curso de fitness, escuché decir a la monitora que teníamos que colocar las cargas en las halteras "según nuestra vivencia", no según el peso. Y nadie puso objeción alguna a esa manera de expresarse.

Las manifestaciones de ese predominio de las experiencias y de las vivencias son hoy en día innumerables; sobre todo, en el terreno del consumo, que coloniza todos los demás. Los especialistas del marketing y el packaging llevan a cabo estudios muy sutiles sobre el marketing experiencial: consiste en vender no productos, sino productos elegidos en el seno de experiencias e incluso experiencias a secas: una estancia en un centro de talasoterapia en lugar de un bolso. El diseño experiencial es una actividad floreciente que mezcla diseño sonoro, olfativo, luminoso, arquitectura interior para ordenar los espacios públicos y los lugares de vida de manera que se ofrezcan buenas experiencias al consumidor.

La consecuencia es que nos enfrentamos ahora a un sujeto débil, que se sumerge en las experiencias, que es envuelto por ellas o que se zambulle en ellas, hasta que ya no se distingue a sí mismo con el fin de gozar mejor de ellas. Se deja llevar y, si todo va bien, encuentra el placer buscado sin desplegar esfuerzos, viviendo sin más la experiencia, entregándose a las vivencias que esta engendra.

Y es Rousseau quien inaugura este tiempo de las descripciones de las vivencias pasivas que, a pesar de la diversidad de las palabras utilizadas, se corresponden perfectamente con la experiencia contemporánea. Coincidiendo con el despertar de la sensibilidad prerromántica, describe en diversos pasajes de Las ensoñaciones del paseante solitario, redactadas entre 1776 y 1778, ese goce del presente de las vivencias. Por ejemplo, cuando recobra la conciencia tras sufrir un accidente (una grave caída provocada por un enorme perro en Ménilmontant):

"Se acercaba la noche. Vi el cielo, algunas estrellas y un poco de verdor. Esta primera sensación constituyó un momento delicioso. Sólo de esa manera me sentía aún. En ese instante nacía a la vida y parecíame que con mi leve existencia llenaba todos los objetos que veía. Todo entero, en aquel momento no me acordaba de nada; no tenía ninguna noción distintiva de mi individualidad ni la menor idea de lo que acababa de ocurrirme; no sabía quién era ni dónde estaba; no sentía dolor, ni temor ni inquietud. Veía manar mi sangre como hubiera visto correr un arroyo, sin ni siquiera pensar que aquella sangre me perteneciera en forma alguna." (Segunda ensoñación).

Poco importa que se trate aquí de dolor más que de placer: la forma de la vivencia es la de una presencia absoluta y que no pasa, sin vinculación de las sensaciones con un sujeto, pero con empatía con los objetos ("con mi leve existencia llenaba todos los objetos que veía").

O, también, con ocasión de los paseos por la orilla del lago de Bienne:

"Cuando se acercaba la noche, descendía de las cimas de la isla gustosamente a sentarme a orillas del lago sobre la arena en algún rincón escondido; allí, el rumor de las olas y la agitación del agua, fijando mis sentidos y echando de mi alma toda otra agitación, la sumían en una deliciosa ensoñación, en la que me sorprendía con frecuencia la noche sin que me hubiera dado cuenta. El flujo y reflujo de aquella agua, su rumor continuo pero acrecentado a intervalos, golpeando sin desmayo mis oídos y mis ojos, suplían los movimientos internos que la ensoñación apagaba en mí y bastaban para hacerme sentir con placer mi existencia sin tomarme el trabajo de pensar." (Quinta ensoñación).

De nuevo, el flujo, la concentración en los sentidos, una impresión de la existencia sin pensamiento, la uniformidad de un movimiento continuo que suspende el tiempo.

En la octava meditación, el análisis se hace más preciso al concentrarse en un presente que ya no pasa:

"Pero si hay un estado en el que el alma encuentra un acomodo lo bastante sólido como para descansar en él por entero y congregar todo su ser, sin tener necesidad de recordar el pasado ni exceder del porvenir, donde el tiempo no exista para ella, donde el presente dure siempre sin señalar, no obstante, su duración y sin huella alguna de secuencia, sin ninguna otra impresión de privación ni goce, de placer ni dolor, de deseo ni temor que la de nuestra existencia, y que esa impresión única pueda colmarla por entero, en tanto dura tal estado, quien se encuentre en él puede llamarse dichoso, no de una dicha imperfecta, pobre y relativa, tal cual se halla en los placeres de la vida, sino de una dicha suficiente, perfecta y plena que no deja en el alma ningún vacío que esta sienta la necesidad de llenar. Tal es el estado en que me encontré con frecuencia en la isla de Saint-Pierre en mis ensoñaciones solitarias, ora tumbado en mi barca que dejaba derivar a merced del agua, ora sentado en las riberas del lago agitado, ora en otra parte, a orillas de un hermoso río o de un arroyo murmurando entre los guijarros".

(Octava ensoñación)
Está todo: el equilibrio del alma, sin recuerdo del pasado ni proyección hacia el futuro, presente que dura y no pasa, impresión de la existencia que llena el alma colmada y sin necesidad de llenarse con nada.

Y Rousseau prosigue en el goce de sí mismo en tanto que existente:

"¿De qué se goza en semejante situación? De nada externo a uno, de nada sino de uno mismo y de su propia existencia; en tanto tal estado dura, uno se basta a sí mismo, como Dios. (...) No se requiere ni un reposo absoluto ni demasiada agitación, sino un movimiento uniforme y moderado, carente de sacudidas e intervalos. Sin movimiento, la vida no es más que un letargo. Si el movimiento es desigual o demasiado fuerte, despierta; al devolvernos a los objetos circundantes, destruye el encanto de la ensoñación y nos arranca de nuestros adentros para ponernos de inmediato bajo el yugo de la fortuna y de los hombres y entregarnos a la impresión de nuestras desgracias."
(Octava ensoñación)

Se habrá notado el cierre sobre sí misma de la experiencia y la conciencia que la ha hecho: se trata de gozar de sí en sí ("de nuestros adentros") huyendo del contacto con la realidad, la fortuna, los otros hombres y su odio.

¿Y si Rousseau anunciara nuestra época de vivencias, experiencias y pérdida de sí, con la diferencia de que ya no estamos a la orilla del lago de las ensoñaciones sino en un centro comercial, una discoteca o una fiesta rave?

Traducción: Juan Gabriel López Guix

El enigma Rousseau, de María José Villaverde en El País

 8-XII-2012
El filósofo es uno de los autores más contradictorios. La lectura dominante lo presenta como icono de la democracia moderna pero su obra marca el despertar de las ideologías irracionalistas y del nacionalismo

Hace trescientos años nació uno de los pensadores más influyentes de la historia del pensamiento político, un hombre que cautivó con Emilio, hizo llorar con las Confesiones y alentó revoluciones con El contrato social. Rousseau es uno de los autores más contradictorios e inclasificables del siglo XVIII. Ya en 1750, tras la publicación del Discurso sobre las Ciencias y las Artes, las elites europeas, con el rey Estanislao de Polonia a la cabeza, le recriminaron sus incoherencias –escritor que ataca la literatura, amante de los espectáculos que arremete contra el teatro, crítico de las ciencias y las artes que se presenta a un premio de la academia-. Rousseau responderá a sus críticos con un gesto impactante: se retirará del mundo y sus pompas –es un decir-, renunciando al reloj, la espada, los encajes y las medias blancas, símbolos mundanos por excelencia, y adoptará la túnica armenia. La imagen de excentricidad y rebeldía que encarna, con el pelo semi-largo y la barba mal afeitada, acabará, más tarde, por convertirse en seña de identidad de los románticos europeos.

En Jean-Jacques la persona y la obra se entrecruzan, se mezclan, se superponen. Cautiva porque apela al corazón del lector, buscando su comprensión, su simpatía, su complicidad. En eso radica su modernidad –que no en sus ideas políticas-. ¿Cómo no sentirnos conmovidos por su proximidad y no apiadarnos por la profunda insatisfacción de ese ser lleno de amargura y de resentimiento social, sin familia y sin patria, que anhela ser querido y aceptado? Un hombre en guerra con el mundo, siempre por delante o por detrás de su época, inadaptado e incómodo entre la élite ilustrada, hedonista, materialista y descreída. “Un perro me resulta mucho más cercano que un hombre de esta generación” escribe en los Esbozos de las Meditaciones. Y los Diálogos aparecen encabezados con este verso de Ovidio: “Aquí soy un bárbaro porque estas gentes no me entienden”.

A Jean-Jacques se le han puesto todo tipo de etiquetas: individualista y colectivista, defensor de la propiedad privada e igualitario, predecesor de Marx y teórico liberal, pensador anclado en el pasado y predecesor del Romanticismo, padre del Jacobinismo y padre de la Democracia moderna, padre del Totalitarismo, antecesor del Psicoanálisis, precursor del nacionalismo moderno, etc.

Entre tanta paternidad ¿qué etiqueta elegir? Si para abrirnos paso entre esta maraña de interpretaciones recurrimos a sus contemporáneos, quedaremos defraudados al constatar que tanto los revolucionarios como los contrarrevolucionarios de 1789 utilizaron El contrato social como arma arrojadiza. En nombre de los ideales allí expuestos unos iban a prisión y otros los condenaban, unos subían a la guillotina y otros los guillotinaban. Los defensores del Antiguo Régimen editaban panfletos para demostrar que el “verdadero” Rousseau se oponía a los cambios revolucionarios. Y así es. Todos aquéllos que han visto afinidades entre su pensamiento y el comunismo o el anarquismo deberían leer sus Escritos sobre el Abbé de Saint-Pierre en los que se opone rotundamente a la utilización de medios violentos. Aún así, El contrato social se convirtió en libro de cabecera de Fidel Castro y en legado de Simón Bolívar a la universidad de Caracas, a pesar de que Proudhon lo había catalogado de “breviario de la tiranía”.

Otra lectura lo presenta como uno de los máximos representantes del siglo de las Luces. Pero, cuidado, no olvidemos que ya Diderot, en el Ensayo sobre los reinos de Claudio y de Nerón, le encuadró dentro de las Anti-Luces. No es que Rousseau viviera ajeno a los descubrimientos vanguardistas ni a las reflexiones más radicales de los ilustrados. Ni mucho menos. Se codeaba con ellos y tenía información de primera mano, incluso cenaba con Diderot y Condillac una vez a la semana en “Le panier fleuri”. Diderot le leía su Carta para los ciegos para uso de los que ven, un texto fundamental para entender su evolución hacia el spinozismo, el materialismo, el pre-darwinismo y el ateísmo. Jean-Jacques escucha, calla y acumula angustia y desazón hasta que, en 1756, rompe con sus antiguos amigos y se presenta públicamente como el defensor de la Providencia, escorando así hacia las Anti-Luces.

Rousseau es un individualista que anhela desprenderse de su individualismo y perderse en lo colectivo. Su ideal político remite a las repúblicas grecorromanas. Lo ratifican sus constantes elogios a Esparta y Roma en El contrato social así como el lamento de las Confesiones: “¡Por qué no habré nacido ciudadano romano!”. Y lo corroboran sus dos proyectos de constitución para Córcega y Polonia.

Su reivindicación de una comunidad todopoderosa y absoluta, presidida por la voluntad general, a la que el individuo se entrega con todos sus derechos y por la que está dispuesto a morir, no puede ser más ajena a la mentalidad ilustrado-liberal. Ni su negación de los derechos individuales, teorizados por Locke y recogidos en las declaraciones de derechos y en las constituciones del siglo XVIII. Basta recordar que en El contrato social restringe la libertad de expresión, de reunión y de asociación y que rechaza la división de poderes, el freno que Locke y Montesquieu blandían contra el poder absoluto.

Rousseau va a liquidar otro de los grandes logros ilustrados, el cosmopolitismo. El ideal de tolerancia y apertura al mundo, encarnado por la República de las Letras, será sofocado por el nuevo valor en alza, el patriotismo de raíces grecorromanas que Voltaire, en su artículo “patria” del Diccionario filosófico, califica de fanático y que en Rousseau raya en la xenofobia. “El patriotismo exige la exclusión” escribe en 1763, en carta a Leonard Vsteri. Y en Emilio ratifica: “Todo patriota es duro con los extranjeros (…) que no son nada”. Reforzar la identidad nacional se convierte en el gran objetivo de sus proyectos de constitución para Córcega y Polonia donde la educación es el arma utilizada para crear patriotas: “desde que nace, un niño no debe ver más que la patria”.

Descartada la etiqueta de liberal, aún nos queda lidiar con la de igualitario. Es verdad que Rousseau habla mucho de igualdad y de libertad pero no nos engañemos. La imagen mítica que presenta en El Contrato social de una sociedad de hombres libres e iguales que resuelven sus asuntos reunidos en asamblea bajo un árbol, es una imagen falsa. Porque en realidad se trata de una comunidad de propietarios donde no tienen cabida los asalariados ni los sirvientes. Y es que, en el fondo, Rousseau siente un profundo desprecio por los no propietarios, como lo prueban la dedicatoria al Segundo Discurso, algunos párrafos de El Contrato social y las Cartas escritas desde la Montaña, donde abundan calificativos como populacho embrutecido e indigno, mercenarios, viles, canallas, etc.

Jean-Jacques fue, además, un misógino pertinaz idolatrado por las damas que derramaron ríos de lágrimas con Emilio y La Nueva Eloisa. Fugaz secretario de una proto-feminista, Mme. Dupin, fue inmune a sus argumentos. Es clamoroso el silencio de El contrato social en lo que se refiere a los derechos políticos de las mujeres; simplemente las ignora. Y en Emilio no vacila en recluirlas en el hogar, alejarlas de toda actividad pública y someterlas al varón, incluso en el terreno religioso.

Con Rousseau se inicia una nueva andadura en el pensamiento europeo, marcada por el surgimiento del romanticismo pero también del resurgir del antifeminismo y el despuntar de las ideologías irracionalistas y del nacionalismo. Aunque sus ideas han sido manipuladas y malinterpretadas, y la lectura dominante se ha empecinado en convertirlo en icono de la democracia moderna o en símbolo revolucionario, Jean-Jacques ha logrado su objetivo: ser recordado por la posteridad.

María José Villaverde es catedrática de Ciencia Política de la UCM.



dijous, 16 d’agost de 2012

Crisis financieras desde 1637 hasta 1966

 Fuente: http://www.euribor.com.es/foro/economia-bolsa-y-actualidad/21091-13-mayores-default-de-ultimos-13-anos-2.html#post125329
1637 - Tulipomania- "Mercado de futuros"
En febrero de 1637 después de años de especulación sobre el precio de los tulipanes en la Holanda , los precios de repente colapsan provocando la ruina de muchos especuladores. Este episodio en el mercado del tulipán es considerado por algunos historiadores como el primer ejemplo de la burbuja económica y financiera en la historia.
1720 - Barney de 1720 - acciones
En 1720, con unos meses de diferencia, dos crisis financieras se producen en Francia e Inglaterra sobre los valores de las empresas que explotan los recursos del Nuevo Mundo , la Compañía de los Mares del Sur y la Compañía del Mississippi de John Law . Estos ataques se conocen como la Burbuja del Mar del Sur y la burbuja del Mississippi . La revolución financiera británica se ve afectada.
1792 - El pánico de 1792 - La base monetaria
El Pánico de 1792 (Marzo y Abril ) como consecuencia de la Créacion en 1791 del Primer Banco de los Estados Unidos , primer Banco Central américaino. Su causa es una política de lanzamiento masivo de préstamos reducidos a bajo inetrés que causan un verdadero furor y una histeria colectiva seguida de una brusca subida de los tipos de interés que produce una incacidad de ser devueltos y la quiebra en cadena
1797 - Crisi monetaria de 1797- Monetaria
El 26 de febrero de 1797, el Banco de Inglaterra , a falta de reservas, decide suspender los pagos en efectivo por la llegada de masivas solicitudes de conversión . Los rumores de invasión han llevado a una multitud de personas, agricultores y pequeños comerciantes a realizar sus activos de los bancos en las provincias. La quiebra de varios de ellos fortalecer el movimiento y el resultado es que se considera el primer corralito bancario en el mundo .
1810- La crisis de 1810 - Bancaria
En 1810, mientras que Inglaterra está sujeta al bloqueo de Napoleón , el sistema de créditos se derrumba, causando numerosas quiebras. Las causas son mlutiples más allá del propio bloqueo. Por un lado, la libra, separada del oro para no subir los impuestos a pesar de la situación de guerra se vio debilitada por el abuso del crédito y la inflación. Por otro lado Inglaterra se enfrentan a dificultades en la recogida de sus "ventas" en América del Sur . Por último, la política de licencias y el contrabando había dado lugar a una reducción de las reservas bancarias. La caída y marasmo que siguió dio origen al "ludismo" .
1819- La crisis de 1819- Bancaria
La crisis de 1819 es la primera gran crisis financiera en los Estados Unidos . Esto marca el final de la expansión que siguió a la guerra de 1812 , cuya financiación había secado las reservas bancarias y dio lugar a una suspensión de pagos en efectivo en 1814. Esto dio lugar a una inflación de emisiones monetarias privadas que fueron invertidas en inversiones especulativas de tierra antes que el Banco Central ( Second Bank of the United States ), pusiese en marcha una política sevra y restrictiva que provocaría una ola de quiebras y una profunda recesión agrícolas e Industrial
1825- Crisis bursátil - Acciones
En 1825, después de una intensa especulación sobre las "inversiones" en América Latina (banca, los seguros, los barcos , construcción de canales ...), el curso de sos valores se hunde y colapsa a la Bolsa de Londres . Muchos bancos van a la quiebra y, en el solo año de 1826, aproximadamente 3.300 empresas quiebran. Esta crisis, que afectó principalmente al Reino Unido , es el primer gran crash de la bolsa de valores de la historia
1836- Crash de 1836 y pánico de 1837- Acciones y Banca
En 1836, Gran Bretaña experimentanda una nuevo crash bursátil tras la decisión del presidente de EE.UU. Andrew Jackson de subordinar la venta de tierras del Estado a un pago en metales preciosos . Esta decisión da un abrupto golpe y fin a la especulación del suelo en los Estados Unidos. Los bancos estadounidenses habiendo prestado en Londres , la crisis financiera golpea duramente al Reino Unido y afectará a Alemania . Poco después, 10 de mayo de 1837, la burbuja estalló en los EE.UU. , cuando los bancos de Estados Unidos suspendieron sus pagos en efectivo.
1847- Crash de 1847 - Acciones
En Inglaterra y Francia, la locura por las acciones de las empresas ferroviarias y la subestimación de los costes de la inversión han hecho subir las acciones a precios excesivos. El colapso de los precios de las acciones en 1847, a raíz de las llamadas a poner nuevos fondose terminaron con la confianza, y provoca una crisis de crédito que lleva a la quiebra de muchos bancos y la suspensión de la actividad de muchas empresas. Poco después, la revolución política en Francia produce un pánico bursátil provocando una nueva ola de quiebras.
1857- La crisi de 1857- Acciones y Banca
En agosto de 1857, el banco Ohio Life and Insurance Company , enfrentado a una fuerte demanda de crédito, suspende pagos. Fue rápidamente seguido por bancos en Nueva York , Maryland y Pennsylvania , así como por otros grandes bancos en Baltimore , Filadelfia y Boston . La tasa de descuento se eleva abruptamente y, en el mes de septiembre, las acciones de ferrocarril han visto una fuerte caída en la Bolsa de Nueva York . La crisis de los EE.UU. se propaga inmediatamente a Inglaterra como una crisis monetaria que se complica rápidamente a una crisis del crédito interno. Aunque menos violenta, también llegó a Francia, donde la Bolsa de París cayó con fuerza. Esto es seguido por una recesión económica en todos los países unidos por lazos comunes monetarios, financieros y económicos.
1866- Crisis de 1866- Acciones bancos
Toma de riesgos considerable (incluyendo ferrocarril) tras la introducción de la responsabilidad limitada en 1862 para las empresas (incluidos los bancos). Está precedida por una caída del mercado de valores que se ha extendido por Europa a principios de año. La quiebra de la casa de descuento Overend y Gurney el 10 de mayo 1866, debido a la falta de pago de la empresa Mid-Wales ferrocarril provocó una crisis el Viernes, 11 de mayo ( Viernes Negro ), y un pánico bancario que conduce a la crisis de liquidez , con una serie de quiebras.
1873- Crasch de 1873 - Acciones, Inmobiliaria y Banca
La crisis bancaria de mayo de 1873 , iniciado por un crash el 9 de Mayo en Viena , nació de una frenética especulación inmobiliaria desenfrenada que gira cuando el Exposición Universal de 1873 se revela decepcionantes. Berlin , impulsado por la ley sobre la moneda prusiana del 4 de diciembre 1871 y la de París , impulsado por la especulación de barón Haussmann , son las más afectados por el contragolpe. Las quiebras bancarias están aumentando, igual que la desconfianza entre ellas. En Estados Unidos , las dificultades de Jay Cooke & Co. desencadenan el pánico el 18 de septiembre 1873 . Sigue el "gran estancamiento"d e la economía mundial entre 1873 y 1896 .
1882- Crash de la Union General
Consecuencia del crash del 1873. El 19 de enero el precio de los títulos del banco se derrumba causando la quiebra y una caída de la bolsa y la banca importante limitada principalmente a Francia. Creado hace cuatro años, la Unión General basósu rápido crecimiento en un rápido desarrollo de las inversiones de riesgo, como la minería, seguros y compañías inmobiliarias, especialmente en Rusia , en Austria-Hungría y los Balcanes , y dela especulación en el mercado
1893- Pánico de 1893- Acciones , Banca
Crash financieros que se produjo en EE.UU. , cuando los inversores trataron de convertir sus reservas de oro federal.
1907- Pánico del 1907- Bancos y acciones
El pánico bancacrio de EE.UU. de 1907, también conocido como el Pánico de Banqueros, se produce cuando el mercado de valores se derrumba, perdiendo casi el 50% del valor máximo alcanzado el año pasado. A parte de Nueva York, cundió el pánico en todo el país, muchos bancos y empresas se enfrentaron a la quiebra
1923- La hiperinflacción de la República de Weimar- Tipos de interes el trauma aleman
En Alemania , la hiperinflación alcanzó su punto máximo en noviembre de 1923. Su causa inmediata es la exigencia de las reparaciones de guerra francesas ("el boche de pago "). El ejército francés ocupó el Ruhr como garantía, paralizando el país en su primera región industrial . A los pocos meses, las materias primas se compran en miles de millones y se necesita una carretilla para el transporte de billetes. La crisis monetaria sembró una inquietud interior (comunistas en Sajonia y Turingia, Putsch de Hitler en Munich). Estadounidenses y los británicos que tenian importantes intereses en Alemania, convencieron a Francia para reducir sus pretensiones y para evacuar a la cuenca del Ruhr.
1929. Crasch del 29- Acciones
El desplome de la Bolsa de Nueva York entre el 24 de octubre y el 29 de octubre provoca una crisis bancaria que precipitó la Estados Unidos en la Gran Depresión . Los acontecimientos de aquellos días provocaron la peor crisis económica mundial del siglo XX.
1966- Crisis de crédito -Bancos
Después de varios años de fuerte crecimiento económico, los bancos estadounidenses están por debajo de las reservas en un contexto donde la Reserva Federal llevó una política restrictiva para contener la inflación . La crisis se traducirá en una caída de los precios de las acciones menor liquidez y mayores tasas de interés causando una fuerte desaceleración en la actividad económica. Se considera la primera crisis moderna, episodios similares de contracción del crédito se repite en 1969 y 1974. No he llegado ni a los años 70 y ya estoy cansado, pero si se observa atentamente el lector verá que no es que sea cíclico sino más bien es quinquenal. Y tambien observará que los ingredientes siempre son los mismos. ¿ De verdad esta va a ser la última?. Rotundamente no

dijous, 2 d’agost de 2012

Los orígenes de la fractura europea

La fractura europea, de Enrique Gil Calvo en El País, 2-8-2012 

La crisis aumenta la brecha entre las regiones del norte y del sur de la UE

En la reciente cumbre del 28 de junio, la coalición formada por Monti, Hollande y Rajoy logró torcer el brazo de la canciller Merkel, forzándola a abdicar de su intransigente ajuste fiscal, que condenaba a la ruina a los países más endeudados (los GIPSies:Grecia, Irlanda, Portugal, España e Italia), para pasar a aceptar un principio de federalismo asimétrico, que concede ciertos rescates monetarios a cambio de mantener a ultranza la austeridad fiscal. ¿Quiere esto decir que la nave Europa ha corregido su actual deriva hacia el desastre financiero? Ojalá fuera así, pero eso sería esperar demasiado.

Es verdad que Merkel se ha visto obligada a ceder, por aritmética exigencia de la ley de Riker de coaliciones políticas. Pero su concesión ha sido mínima, pues el federalismo financiero que ahora propone no llega al punto de aceptar la mutualización de las deudas. Con lo que el trato que se aplica a los gipsies es cualquier cosa menos ventajoso, pues se nos expropia la soberanía fiscal —que debemos transferir y delegar a Fráncfort—, pero sin perdonarnos a cambio nuestras deudas, que deberemos seguir pagando con desmedida usura hasta el último dracma, libra, escudo, peseta y lira.

De modo que se mantiene intacta la actual fractura europea entre países deudores y acreedores. Una fractura fundada en la factura fiscal que los países de mayor renta pretenden girarles a los países de menor capitalización. En este punto el inflexible rigor fiscal que imponen los países germánicos con Alemania en cabeza recuerda demasiado a la actitud de la Lega Nord en Italia o a la de CiU en Cataluña, cuando se resisten a mutualizar su impuesto sobre la renta con el de los países meridionales pendientes de modernizar. Y esta fractura entre el Norte enriquecido y el Sur depauperado no ha hecho más que profundizarse, conforme prosigue su marcha esta crisis de nunca acabar que está extremando todas las desigualdades. Pero si bien la crisis está agravando la fractura europea (así como la italiana y española), no podemos pensar por ello que la esté creando, pues no es así. En realidad, la fractura territorial entre las diversas regiones de Europa es muy anterior a la crisis actual, pues ya tiene siglos de historia. Lo que pasa es que hasta ahora creíamos que el proceso de construcción europea contribuiría a reducir la fractura limando sus asperezas hasta terminar por allanarla. Pero ahora tememos que no sea así. Al revés, todo parece indicar que como consecuencia de la crisis la fractura se abre cada vez más.

¿Cuáles son sus causas remotas? A este respecto se han aducido muchos factores entre los que destacan dos: el económico, en función del distinto calendario de industrialización y modernización; y el geopolítico, a partir del resultado desigual de las recurrentes guerras europeas (lo que explica que los cuatro pigs mediterráneos fueran dictaduras tardías solo recientemente democratizadas). En cualquier caso, estos factores materiales están vinculados a otros factores culturales que, al decir de los expertos en investigación comparada (como Inglehart), son los que explican la fractura europea en última instancia. Aquí es donde interviene la religión, quizás el factor cultural más citado (yo mismo he abusado de él en estas mismas páginas) a la hora de interpretar las actuales disensiones entre las clases dirigentes europeas.
El argumento deriva de la influyente tesis weberiana que atribuye el espíritu del capitalismo a la ética protestante, especialmente a la puritana (calvinismo, pietismo alemán, metodismo anglosajón). A partir de ahí, las actuales élites protestantes tienden a culpar a los católicos del Sur de ser improductivos, derrochadores y tolerantes con la corrupción, tener propensión a endeudarse y vivir “por encima de sus posibilidades”. Inversamente, la prensa católica tiende a culpar a las élites protestantes de rigorismo implacable, que se niega a perdonar las deudas como si fueran pecados y condena sin piedad a los más débiles a la ruina y la desesperación. Por eso no debería sorprendernos que en la reciente cumbre del 28 de junio las coaliciones en pugna se alineasen por estricta profesión de fe: la tríada católica de Monti, Rajoy y Hollande contra la campeona luterana del bando protestante. Pera esta explicación religiosa podría parecer demasiado moderna, si tenemos en cuenta que la fractura europea ya preexistía con anterioridad a la Reforma.

Y entonces la pregunta (capciosa) sería: ¿por qué se hicieron los alemanes luteranos, los holandeses calvinistas y los ingleses puritanos, mientras que italianos, españoles y franceses persistieron como católicos? Es la cuestión que se planteó Emmanuel Todd: un demógrafo histórico francés (aunque formado en la Escuela de Cambridge con Peter Laslett), y actual mentor de Arnaud de Montebourg (el enfant terrible del socialismo galo), que se propuso investigar las raíces familiares de la fractura territorial europea. Y en su obra maestra La invención de Europa, formula una hipótesis fascinante: la de que todas las revoluciones europeas (la de la imprenta, la religiosa, la industrial, la burguesa, etcétera), están inspiradas por la forma familiar típica de cada territorio en que tuvo lugar. De modo que el genius loci, o espíritu del lugar, se debe al derecho civil, es decir, a las reglas de sucesión y reparto de la herencia que estructuran las relaciones entre padres, hijos y hermanos.

Así surgen cuatro formas de familia: la troncal (típica de Alemania, Escandinavia, Francia suroriental, la Corona de Aragón y el País Vasconavarro), caracterizada por el autoritarismo paterno y la desigualdad entre hermanos por atribución de la herencia al primogénito, lo que habría de generar la revolución de la imprenta, el luteranismo y el paternalismo de la prusiana revolución desde arriba.

La familia nuclear absoluta (típica de Holanda e Inglaterra), donde los hijos se emancipan de sus padres con gran desigualdad entre ellos al repartir la herencia familiar, lo que generó la invención calvinista del individualismo y el capitalismo.

La nuclear igualitaria (típica del centro de Francia, de España y de Italia), donde los hijos se emancipan de sus padres pero mantienen una fraternal igualdad entre ellos, dando lugar a los ideales revolucionarios de “libertad, igualdad y fraternidad”.

Y la familia comunitaria extensa (típica del sur de Italia y España), donde los hijos igualitarios permanecen dependiendo de por vida del patriarca familiar, dando lugar a las mafiosas redes clientelares del familismo amoral.

Y Emmanuel Todd sugiere que esta arcaica antropología familiar, sedimentada en el derecho civil privativo de cada lugar, determina las culturas públicas de cada territorio europeo, cuya fragmentación abre una fractura entre el universalismo fraterno, típico de los países latinos y católicos (que reivindican la fraternidad fiscal de la caja común), versus el diferencialismo asimétrico de germanos, anglosajones, lombardos, catalanes y vasconavarros, a quienes horroriza el igualitario café para todos (y sus derivadas federales de mutualización de impuestos y deudas) porque prefieren mantener intactos sus identidades culturales y sus hechos diferenciales (forales o confederales), negándose a compartir sus haciendas solidariamente con los demás. Una pugna entre igualitarismo y diferencialismo que parece impedir hasta el momento tanto la salida de la crisis como el cierre de la fractura europea.

Enrique Gil Calvo es catedrático de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid.

La tesis de la “excepción permanente” de Carl Schmitt



Carl Schmitt, filósofo alemán y de formación católica que dio apoyo a las tesis del nazismo, fue el gran inspirador de la teoría del “Estado de excepción permanente “. Schmitt, aunque no lo hayan admitido expresamente, dio un estatuto histórico al “estado de naturaleza”, de Hobbes.  Para Schmitt, la soberanía del Estado no consiste  en el monopolio de la coacción o de la dominación –fundamentado y organizado  artificialmente por el constituyente-  sino en la capacidad de decidir por arriba del artificio de las instituciones creadas por la política. En su época,  la política liberal-democrática, según él, degradada durante la República de Wheimar.

La soberanía es identificada por Schmitt directamente con la fuerza indiscriminada, es decir, la soberanía reside en la fuerza actuar para  suspender la propia validez de las leyes, lo que hace del ordenamiento una pendencia de la propia  voluntad del soberano que, para Schmitt, está presente en el Poder Ejecutivo: a través del Presidente, del dictador,  del líder, el sistema de derecho  instaurado (el ordenamiento), está  siempre “a disposición”  de quien  decide. La excepción, por lo tanto, la capacidad de declarar la excepción, es la regla que define la propia soberanía: el uso de la excepción es su verdadero contenido y la garantía o la suspensión del Derecho, tanto en la normalidad política y en la estabilidad social, como  en la crisis y la inestabilidad.

En  famoso y brillante texto El Führer protege el derecho”- sobre el discurso de Adolf Hitler en el Reichstag del 13 de julio de 1934-Carl Schmitt, citando  al propio Hitler, formula una aclaración lapidaria de su teoría de la normalidad y de la excepción y, al mismo tiempo, muestra cómo promueve la excepción a condición de regla y fundamento del Estado: “El Führer protege el derecho del peor abuso, cuando  él en el instante de peligro crea el derecho sin mediaciones, por la fuerza de su liderazgo (Fhurertum) y en cuanto Juez Supremo: (y aquí Schmitt cita a Hitler)-“En esta hora soy responsable  por el destino de la nación alemana y con eso  juez supremo del pueblo alemán. El verdadero líder (Führer) siempre es también juez. Del liderazgo (Fuhrertum) emana la judicatura (Richtertum). Quien quiera separar ambas o incluso oponerlas o transforma al juez en el contra-líder (Gegenfuhrer) o en un del contra-líder  y procura paralizar (aus den Angeln mathen) el Estado con la ayuda del Poder Judicial. He aquí un método muchas veces experimentado, que ha destruido no sólo del Estado sino también el Derecho”.

Más adelante, Schmitt afirma dos fundamentos importantes de la definición de la excepción, como base de la soberanía del Estado, al criticar a los juristas democráticos de Wheimar.

 Primer argumento: “Del mismo modo, el Derecho Constitucional se ha convertido, en esa corriente de pensamiento, la Carta Magna de los que cometen alta traición y traición  a la patria. Con esto el poder judicial se transforma en un engranaje de imputaciones (Zurechnungsbetrib),  sobre cuyo funcionamiento  previsible y por él  calculable y criminoso tiene un derecho subjetivo adquirido”. (En este argumento, Schmitt fundamenta que la excepción debe estar disponible a la voluntad del líder, porque las garantías constitucionales del Estado de Derecho Liberal Democrático, permite que los que delinquen contra el Estado - los revolucionarios o los socialdemócratas, que apoyaban las conquistas de Wheimar- tendrían la protección del Poder Judicial, como  guardián de la Constitución, porque sólo él podría definir la “excepción”,  según aquel ordenamiento “artificial” del Estado de Derecho).

Segundo argumento: "Todo el derecho tiene su origen en el derecho del pueblo  a la vida. Toda la ley del Estado, toda sentencia judicial contiene no solo tanto derecho como le fluye de esa fuente (el líder o el Führer). El resto no es derecho, sino ´un tejido de normas coercitivas, desde la cual un criminal hábil se burla´”.  (En este argumento, él identifica sin mediaciones el Líder con el Pueblo,  después de mostrar que esta vigilancia de los intereses del pueblo – que es una “comunidad concreta” como teorizaba Schmitt – está en la soberanía del Estado, que a su turno es realizada por el Líder  (“fuente superior” del Derecho).

Schmitt deja claro, en esta parte de su discurso teórico – sin ninguna sofisticación, dígase de pasada - por qué el “Führer protege el derecho” y, principalmente,  de quien él protege: de aquél pueblo  concreto en movimiento contra el Estado y contra su Líder. 

Así, el “estado de excepción permanente” es la regla del dictador unipersonal,  como un ejecutivo que comanda el Estado y como el Juez que decidirá sobre la suspensión de las leyes y  del Derecho – del ordenamiento.

Fuente: http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=5172


La teoría y la política económicas tienen que aprender de la historia, de Alejandro Nadal en SinPermiso (29/07/12)


Nadie mejor que Keynes para describir las carencias de las visiones que el establishment en Europa tenía sobre la crisis en 1930. En su artículo “The Great Slump of 1930” (1) hace una crítica al análisis económico que imperaba ese año: “Estamos inmersos en un pantano, nos hemos equivocado por completo en el manejo de una máquina delicada cuyo funcionamiento no comprendemos”. Si Keynes regresara y pudiera observar el desarrollo de la tragedia europea de nuestros días, sólo cambiaría su texto original para enfatizar que la élite política europea nada aprendió de la historia, o aprendió las lecciones equivocadas.

El credo neoliberal se presenta ante el mundo como si sus dogmas fueran verdades absolutas. Lo cierto es que esas ideas son artefactos de guerra, máquinas de dominación para engañar y someter. Compete al análisis crítico desmontar estas piezas que sólo sirven para mantener el embuste y la opresión. Parte del trabajo de crítica debe basarse en el análisis histórico y por eso es importante revisitar los acontecimientos en Europa entre 1919 y 1933.

La historia comienza con la tenaz adhesión al patrón oro al concluir la Primera guerra mundial. Un arreglo que permitía la compra y venta del metal a un precio fijo, es decir, el patrón oro, parecía ser la forma de garantizar la estabilidad económica y los intercambios sin sobresaltos. Este esquema supuestamente promovía las virtudes del ahorro y la inversión, además de obstaculizar la manipulación monetaria por parte de gobiernos irresponsables. En su Breve tratado sobre la reforma monetaria Keynes (2) ya había comenzado la crítica del patrón oro y hasta le calificó de ser una “bárbara reliquia”. Pero la mentalidad que atribuía al patrón oro todo tipo de virtudes estaba lejos de darse por enterada de esas críticas. Por eso los responsables de los bancos centrales de Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Italia e incluso Alemania coincidieron en que después de la guerra era urgente buscar el restablecimiento de dicho sistema. Pero del dicho al hecho hay un largo trecho. Después de la dislocación de la vida económica que había traído la conflagración, el retorno al patrón oro no era fácil. Una estrategia para restablecerlo pasaba por la deflación, otra por la devaluación. Inglaterra, Italia y Alemania siguieron el camino de la deflación. Aunque el proceso en Inglaterra fue algo más ordenado, en Italia y Alemania condujo directamente al ascenso del fascismo.

En su análisis sobre la Gran Depresión y el patrón oro, Eichengreen y Temin (3) citan al historiador Forsyth y relatan cómo en el caso de Italia la deflación condujo a fuertes niveles de desempleo, lo que fue aprovechado por Mussolini en una estrategia que culminó con su marcha sobre Roma. Así, mientras comenzaban a fluir los capitales y las inversiones hacia Italia, el fascismo italiano recogía los frutos del descontento provocado por las medidas para lograr ese resultado.

El caso de Alemania merece atención especial porque las lecciones de la historia que parece recordar el pueblo alemán son las equivocadas. Una referencia pertinente es el libro de Peter Temin, historiador de la economía y del cambio técnico. En su libro Lecciones de la Gran Depresión (4) Temin examina la evolución de los gobiernos de la alemana República de Weimar entre 1919-1933, y sus esfuerzos por enderezar una economía devastada por la guerra y los altos costos de las reparaciones impuestas por los aliados en el Tratado de Versalles. Tal y como lo había anunciado Keynes, las reparaciones impuestas sobre Alemania resultaron ser impagables. En 1921 Francia y Bélgica enviaron setenta mil tropas para ocupar el valle del Ruhr en represalia por la falta de pago, y los efectos fueron desastrosos. En reacción el gobierno alemán hizo un llamado a una huelga general. La resistencia fue sofocada con lujo de violencia por parte de las tropas francesas.

La economía se colapsó. La producción se redujo drásticamente y el desempleo se disparó (a más de 23%). La recaudación se desplomó y el gobierno recurrió a financiar su déficit a través de la monetización. Estaban dadas todas las condiciones para el episodio de híper-inflación que dejó una profunda cicatriz en las percepciones del pueblo alemán. Primera lección equivocada: se llegó a considerar que la hiperinflación confirmaba que el restablecimiento pleno del patrón oro se necesitaba urgentemente.

Para 1923 era evidente que la economía alemana estaba a punto de explotar. Estados Unidos e Inglaterra presionaron para aliviar la situación. En 1924 el famoso comité Dawes presentó sus recomendaciones para retirar las tropas francesas del Ruhr, recalendarizar el pago de reparaciones y reestructurar el banco central. El objetivo era dar un respiro a la economía alemana para que pudiera recuperar un ritmo de crecimiento aceptable. La prosperidad (algo artificial) de los años veinte le brindaba a Estados Unidos suficiente margen de maniobra para intervenir en la reconstrucción de la economía alemana: Washington comprometió una cantidad importante de recursos para invertir en la economía alemana.

Todo esto implicaba que cualquier descalabro en Estados Unidos significaría el colapso de la economía de la república de Weimar. Por otra parte, las recomendaciones del comité Dawes eran de corto plazo y la carga de las reparaciones siguió siendo un gravamen muy pesado. En 1929, poco antes del colapso en Wall Street, se estableció otro mecanismo para aligerar el peso de las reparaciones. El resultado fue el llamado plan Young, anunciado en 1930. Pero para entonces ya era demasiado tarde, pues era claro que Estados Unidos tendría que interrumpir el suministro de préstamos e inversiones que necesitaba la maltrecha economía de Weimar. Alemania nunca podría pagar las reparaciones.

Las autoridades en Berlín se manejaban dentro del marco de referencia de las finanzas ortodoxas y del sistema de pagos internacionales que imponía el patrón oro. Y tuvieron que responder a las restricciones que este entorno internacional imponía con una fuerte depresión interna. Hjalmar Schacht, presidente del Reichsbank y su sucesor, Hans Luther, aplicaron políticas restrictivas y mantuvieron la tasa de descuento muy por arriba de las tasas de Londres y Nueva York con el fin de reducir la pérdida de oro. Las autoridades fiscales fueron aún más agresivas en su afán deflacionario: desde principios de 1930 el canciller Heinrich Brüning mantuvo recortes fiscales brutales y una política deflacionaria (reducciones salariales y de la ayuda por desempleo) para restablecer un ‘equilibrio’ en el contexto del patrón oro.

En vista de que Alemania tenía que pagar sus cuentas externas con poder de compra equivalente en términos del patrón oro, el ajuste tenía que pasar por la deflación en el plano interno hasta alcanzar ese objetivo. Brüning consideraba que era indispensable sacrificar todo con el fin de mantener el flujo de créditos e inversiones desde Estados Unidos. Ese flujo llegaba a su fin por la crisis, pero Brüning se mantuvo aferrado a la política de austeridad creyendo que esas inversiones regresarían. Su política deflacionaria acabó por hacer añicos a la República de Weimar. Entre 1929 y 1932 el partido nacional socialista pasó de 12 a 107 diputados.

Los pilares de la política macroeconómica que hoy aplican los poderes establecidos frente a la crisis en Europa tienen sus equivalentes en ese trágico período entre las dos guerras mundiales. Los amarres que ahora impone la unión monetaria al estilo neoliberal se parecen en mucho a las restricciones que infligió antes el patrón oro. La exigencia de una disciplina fiscal en plena espiral descendiente tiene su equivalente directo en la política deflacionaria impuesta en Alemania para restablecer dicho patrón oro.

La exigencia de que los países del Mediterráneo europeo paguen la deuda que resulta de la expansión crediticia generada en y por el sistema bancario, tiene su equivalente en el apremio para el pago de reparaciones de guerra. Las ominosas frases de la señora Lagarde o de la canciller Merkel se parecen a aquélla sentencia de Clemenceau en 1919: “Exprimiremos al limón alemán hasta hacerlo rechinar”. Sólo que el limón a exprimir parece estar ahora en la cuenca del Mediterráneo.

La política restrictiva que hoy se impone sobre los países sometidos a “rescate” es la misma que se aplicó en Alemania al estallar la crisis de 1929, lo que llevó al desempleo masivo que alimentó todos los resentimientos frente al Tratado de Versalles y su odiado régimen de reparaciones.

La política de austeridad impuesta sobre Grecia, España, Italia, Portugal e Irlanda responde al mismo reflejo de una política de deflación y sacrificio de una generación que dio el tiro de gracia a la república de Weimar y sentó las bases para el ascenso del nazismo. Hasta las insinuaciones de lección de moral que se esconden detrás de las declaraciones de Merkel y Lagarde resultan similares a la “cláusula de culpa” que tenía el artículo 231 del Tratado de Versalles. Por medio de esa cláusula humillante Alemania aceptaba la responsabilidad de haber provocado todos los daños y de haber causado la guerra. El artículo 231 fue uno de los blancos favoritos del revanchismo alemán. Las frases de moralina del dúo Lagarde-Merkel ya son combustible para el resentimiento anti-germano en Grecia.

En síntesis, los acontecimientos y la retórica en los años 1919-1933 en Europa tienen paralelismos de pesadilla con los eventos que rodean el hundimiento de la Europa del euro hoy. El delirio de la política neoliberal en tempos de crisis llevará necesariamente a la destrucción de la economía europea. El paisaje político tendrá que modificarse. La tarea política de la izquierda es la de construir los caminos alternativos a esta pesadilla neoliberal.

Notas:
(1)    Disponible en www.gutemberg.ca/ebooks/keynes-slump)
(2)    A Tract on Monetary Reform, Collected Writings, Vol. IV. Londres: Palgrave Macmillan.
(3)    Eichengreen, B. y P. Temin, “The Gold Standard and the Great Depression”, NBER Working Paper Series”, no. 6060 (disponible en www.nber.org)
(4)    Temin, Peter. Lessons from the Great Depression, (MIT Press, 1989)
Alejandro Nadal es miembro del Consejo Editorial de SinPermiso
www.sinpermiso.info, 29 de julio de 2012

dimarts, 31 de juliol de 2012

El legado de 1812 revisado, de Josep Maria Fradera en El País

LA CUARTA PÁGINA

Siempre se ha dicho que con la aprobación de Constitución gaditana hace 200 años, los españoles dejaron de ser súbditos para convertirse en ciudadanos. Pero desaparecida ‘La Pepa’, queda poco de tan rotunda frase

La conmemoración de los 200 años de la proclamación de la primera Constitución liberal española en 1812 mantiene justificadamente ocupados a constitucionalistas e historiadores. Por lo general, la interpretación da vueltas en torno a una idea que se repite hasta la saciedad. Esto es: con la aprobación de la Constitución gaditana en 1812, los españoles dejaron de ser súbditos para convertirse en ciudadanos. Sin embargo, si nos acercamos de nuevo a las dos situaciones que definen el antes y el después, se imponen tantas precisiones que al final queda poco de tan rotunda frase.
Empezando por el famoso súbdito del antiguo régimen, aquel sujeto sin atributos políticos aparentes, revisiones de las últimas décadas acerca de la ‘libertad de los antiguos’, obligan a repensar sus modos de actuar y las legitimaciones jurídicas y culturales que lo amparaban. El súbdito era un sujeto cargado derechos, que los Estados monárquicos trataron de sujetar con restricciones legales, el crecimiento de la administración y las finanzas estatales y una apología constante de la autoridad irrestricta del monarca. Esto último era más un deseo que una realidad. No obstante, la idea de ‘antiguo régimen’ y de absolutismo monárquico, la idea de un súbdito encadenado por un marco legal a medida del despotismo del Estado, se convirtió en un argumento central de la propaganda liberal. Era cierto que las instituciones de representación corporativa estaban perdiendo capacidad de interlocución frente al rey, en paralelo a un reforzamiento extraordinario del Estado con las guerras del siglo XVIII.

Las acrecentadas demandas estatales empujaron hacia dos soluciones políticas distintas. La primera consistió en una renovada importancia de las instituciones de representación local. Cuanto más lejos del núcleo monárquico, más oportunidades existieron de incrementar el peso de los cuerpos intermedios. El ejemplo por antonomasia se encuentra en la transformación de las asambleas de las 13 colonias británicas de Norteamérica en aguerridas instancias contra las demandas del sistema político británico (King in Parliament). Salvando todas las distancias, la renovación de los llamados cabildos abiertos en la América española se inscribe en esta dinámica, al igual que la autorización de formar asambleas (a la británica) en las ricas posesiones francesas de las Antillas.

La segunda posibilidad consistía en la imposición del esquema monárquico-administrativo como única vía de construcción estatal. De imponerse esta solución hasta el final, como sucedió en España, el bloqueo de las demandas de los grupos intermedios era la consecuencia inevitable, con el resultado de graves conflictos en los que la participación popular era insoslayable. Para los excluidos del sistema, el final del túnel era el mismo en cualquier caso: alcanzar la representación política plena. En síntesis: romper el escollo de la reclamación parcial en aras de la representación per se, aquella que se fundamentaba, como proclamaron las declaraciones de independencia norteamericana y la francesa de derechos del hombre y el ciudadano, en el derecho natural a la igualdad política. El sujeto que impone al complejo monárquico-estatal esta solución radical no era, en modo alguno, un parvenu de la política. Todo lo contrario, es aquel súbdito cargado de derechos/privilegios en la medida en que forma parte de comunidades de lugar o de oficio, el súbdito leal a su rey aunque este se distancie y no corresponda, el súbdito que pleitea incansablemente en nombre de la justicia y de sus derechos/privilegios con los oficiales reales. Por esta razón, la palabra súbdito (subject) no tiene en inglés sentido peyorativo alguno. Sí lo tiene en países como el nuestro, donde la transformación posterior resultó insuficiente y problemática.

Truculencias al margen, todo ciudadano moderno es por definición y al mismo tiempo súbdito del Estado. Es por ello que debe cumplir las leyes incluso si las ignora. En momentos de crisis, el Estado se ocupa de que así sea, suspendiendo si es necesario la condición de ciudadano con el “estado de excepción”, como fórmula liberal por excelencia. Por consiguiente, y citando al filósofo político Gianfranco Poggi, una distinción nítida entre la categoría de súbdito y la de ciudadano no conduce a parte alguna.

Vistas las cosas desde esta perspectiva, lo que ocurrió en España a principios del siglo XIX se ordena mejor, se hace más inteligible. El agotamiento de las fórmulas transaccionales, las auspiciadas al principio por la élite del bando patriota, tuvieron que ser descartadas una tras otra, como Tomás y Valiente explicó magistralmente. En un contexto de resistencia agónico, la nación como suma de ciudadanos es proclamada como el principio esencial de la soberanía. Es este el momento cuando la idea de representación auspiciada por norteamericanos y franceses se condensa en el estatuto de ciudadanía. Pero es un recurso desesperado, forzado por la necesidad de forjar un punto de atracción de las fuerzas “centrífugas” en América y en la Península. Aquel centro de gravitación solo podían ser las Cortes Constituyentes y el pacto político que subyace en el texto gaditano. En la historia reciente española, es esta la única ocasión en la que la supervivencia misma del Estado dependió de la capacidad para forjar un consenso entre las partes, de Santiago de Chile a la Guadalajara novohispana, de Cádiz a la frontera con Francia. Era tal la necesidad de establecer la primacía de las Cortes, que se impondrá su autoridad a costa de abrir heridas en el mundo americano imposibles de cerrar. Entre ellas figuraban la exclusión de la ciudadanía de individuos libres descendientes de esclavos (2/3 aproximados del total del censo); en segundo lugar, la negativa implacable a lo que llamaron “federalismo”, esto es, la fórmula estadounidense para conciliar la unidad de la nación con la capacidad legislativa de los 13 Estados fundadores.

La idea de un ciudadano como expresión de unos derechos inalienables (aunque no explícitos) desaparecerá junto con la Constitución de 1812, antes ya de su sustitución por la mucho más moderada de 1837, y así sucesivamente hasta el presente (puesto que en la de 1978 conviven “españoles”, “personas” y “ciudadanos” en importancia descendente). El ciudadano de 1812 recordaba demasiado a su precedente del momento revolucionario francés. Como advirtió con lucidez Danièle Lochack, el de “ciudadano” fue y es un “concepto jurídico vago”. Serán las leyes electorales las que se ocuparán de regular —más bien restringir y excluir (mujeres, penados, menores, personas sin residencia fija, no–nacionales, súbditos coloniales)— el derecho a votar y ser votado. Es lo que sucede cuando el restablecimiento constitucional a la muerte de Fernando VII. Sobre una población de más de 12 millones de habitantes, el cuerpo electoral fue reducido de tres millones de hipotéticos electores, con arreglo al sistema de 1812, a menos de 80.000 con las leyes electorales censatarias de 1836 y 1837 en la mano, para proseguir su descenso imparable hasta 1869. El sufragio general masculino regresará en esta última fecha con la Revolución de Septiembre, pero lo hará no como expresión renovada de la ciudadanía gaditana sino asociado a la condición de español. Incluso en los momentos en que el sufragio universal masculino y adulto se abre paso, se separan con precisión los derechos recogidos en la Constitución vigente (las de 1869 y 1876) de los electorales articulados por leyes específicas. La idea de ciudadanía no desaparece; transmigra a la lucha política, en un país en el que la división civil forma el reverso del cierre constitucional posterior a la abierta apuesta gaditana.

Florence Gauthier definió esta desaparición temprana de la figura del ciudadano como el triunfo y muerte del derecho natural. Frente a la evanescencia de la figura del ciudadano forjada durante el ciclo revolucionario, es la condición de súbdito la que garantizó la consistencia del “pacto social”, la transición al nuevo orden del conocido como Family o Blood Compact monárquico junto con muchas adherencias en la práctica de los cuerpos funcionariales y jurisdicciones antiguas. Con esta última constatación se cierra el círculo conceptual de identificación de lo que constituyó la sustancia del venerable texto gaditano. Si el argumento expuesto es válido, el debate sobre la continuidad o novedad de la primera Constitución liberal española tiene escaso sentido.

Josep M. Fradera es catedrático de Historia Contemporánea en la Universitat Pompeu Fabra/ICREA.

El poder del deporte, de Walter Laqueur en La Vanguardia

30-7-2012


Los Juegos Olímpicos modernos, como es sabido, fueron un proyecto ideado por un joven aristócrata francés de 33 años, el barón Pierre de Coubertin, en la última década del siglo XIX. Sin embargo, tal afirmación no es del todo exacta, pues hubo intentos anteriores, en los siglos XVIII y XIX, de reactivar estos juegos de la antigüedad si bien no fueron exitosos. Tampoco resulta ser muy conocido el hecho de que la iniciativa de Coubertin no fuera ampliamente aceptada sino al cabo de un tiempo. Al principio, la celebración de los Juegos no fue un triunfo espectacular y hubo que esperar varios años para asistir a un reconocimiento más firme. Los Juegos Olímpicos de St. Louis y París carecieron de brillo y en los primeros, por ejemplo, del centenar aproximado de “extranjeros” que acudieron la mayoría eran golfistas canadienses, pues el golf era un deporte olímpico en aquellos años. Los Juegos de St. Louis (1904) y de París (1900) quedaron en un plano secundario con relación a las exposiciones universales que se celebraban entonces en las mismas ciudades. El proyecto de Coubertin propiamente dicho se hizo realidad por primera vez en Estocolmo en 1912.
Fue también en Estocolmo donde las mujeres, en número ya significativo, tuvieron autorización para participar. Coubertin había mostrado antes su acérrima oposición a tal eventualidad. Los estadounidenses pusieron trabas a su participación al recalcar que las mujeres debían vestir falda larga en todos los deportes, lo que motivó que se descartara la natación. Después de la prueba femenina de 800 metros en Amsterdam (1928) -la recuerdo pues la vencedora era de mi localidad natal-, varias participantes cayeron exhaustas y se decidió que las mujeres no participaran en pruebas de distancias superiores a cien metros. Hoy, las mujeres corren el maratón como cosa corriente, pero su aceptación tardó treinta años en producirse.

Si el barón francés viviera en la actualidad, ¿qué grado de satisfacción experimentaría a la vista de cómo ha evolucionado su idea? Los JJ.OO. se han convertido en una realidad que forma parte de los asuntos internacionales aun atendiendo únicamente al número de participantes. Mientras que un puñado de hombres de doce países (o catorce, según los distintos historiadores) acudieron a Atenas en 1896, más de diez mil participantes de 216 países han acudido a Londres; en cambio, la ONU tiene sólo 192 países miembros.

Pero hay que decir que Coubertin tenía miras mucho más amplias. Si los Juegos Olímpicos de la antigüedad habían impuesto de hecho una tregua en los conflictos durante su celebración, el barón quería que los JJ.OO. modernos fueran un instrumento para promover la paz mundial. Se premió con medallas las gestas deportivas y el propio barón, bajo seudónimo, recibió una de oro en 1912 por su composición Oda al deporte.

¿Ninguna crisis es como las anteriores?, de Emiliano Fernández de Pinedo en El País

31-7-2012

No es posible ni razonable recurrir al proteccionismo; tampoco practicar devaluaciones competitivas. Solo queda emigrar —ya lo hacen algunos— e incrementar la productividad, invirtiendo en investigación y en formación
 
A lo largo de la guerra de Secesión de Estados Unidos (1861-1865) la industria textil catalana tuvo serios problemas para abastecerse de algodón en rama. La escasez de materia prima provocó la paralización de muchas empresas. El cónsul británico en Barcelona relataba que los obreros sin trabajo eran empleados por los ayuntamientos o por las autoridades civiles en obras municipales. Grandes cantidades de dinero público, señalaba, se habían gastado juiciosamente. Algo parecido había sucedido en el pasado cuando por razones climatológicas tenía lugar una mala cosecha de cereales.

No parece que los ediles de aquellos tiempos tuvieran demasiada idea de modelos económicos. Sencillamente, bien por caridad, bien por temor a motines populares, recurrían a incrementar el gasto público, incluso endeudándose, con lo que buscaban paliar las consecuencias negativas de la crisis.
Sin duda no de otra forma actuó Franklin D. Roosevelt tras ganar las elecciones en 1933. Cuando los parados se contaban por millones y las coberturas sociales eran casi nulas, los políticos, y mucho menos los políticos de regímenes democráticos, no podían quedarse de brazos cruzados. Tenían que hacer algo, en muchos casos utilizando el método de ensayo-error.

Nunca tendremos la certeza de que fuesen las decisiones de Roosevelt, aplaudidas por Keynes, las que sacaron a Estados Unidos. de la depresión de los años treinta ya que en 1937 se inició otra caída. Algunas de esas medidas adoptadas son poco o nada recordadas, como la devaluación del dólar en torno a un 40% o el cierre de muchos bancos, o el seguro de desempleo. La política económica hitleriana logró reducir el paro en Alemania en 1934 al nivel de 1928, merced a la autarquía y a la expansión del crédito, pero esa política económica tuvo no pequeña responsabilidad en el estallido de la Segunda Guerra Mundial.

El keynesianismo, como public spending, frente al ortodoxo equilibrio presupuestario prebélico, se popularizó tras la Segunda Guerra Mundial. Pero las décadas en las que se aplicó, grosso modo hasta la recesión de los años 70, fueron muy peculiares. Una parte considerable de la población activa desapareció a causa de la contienda. La brutal elevación de la mortalidad se distribuyó a lo largo de la pirámide de población de forma sesgada. Aunque no hay estudios globales, es muy probable que la mortalidad masculina fuese mayor cuanto menor fuera la cualificación. El esfuerzo bélico en la retaguardia y las argucias alejaron del frente a los especialistas, de picadores de mina a fabricantes de cohetes. Al acabar el conflicto, técnicas e instrumentos vinculados a la guerra —motor a reacción, antibióticos…— se aplicaron a las actividades civiles. Mano de obra muy cualificada, avance técnico, capitales americanos y, todo hay que decirlo, otro modelo de organización social, económica y política al Este, hicieron de los años cincuenta, sesenta e inicios de los setenta una época excepcional en Occidente. La relativa penuria de mano de obra poco cualificada se obtuvo de los países del Sur. Esta etapa acabó hacia mediados de los años setenta. Cuando la coyuntura económica cambió y los gobiernos intentaron reactivar el sistema inyectando capital público se produjo lo que se dio en llamar la estanflación, estancamiento más inflación. Si el incremento del gasto público, endeudándose, hubiera cambiado la tendencia, el llamado neoliberalismo, bien lejano del liberalismo decimonónico, no se hubiera impuesto. Sobre las decisiones y opiniones de los políticos y economistas de los años treinta influía la hiperinflación alemana de los años 1921-1923, de efectos sociales tan devastadores y la mayoría era partidaria de equilibrios presupuestarios y estabilidad monetaria. De forma parecida los temores a una estanflación e intereses nacionales concretos inclinan la balanza hacia el rigor presupuestario y la austeridad ahora.

Ninguna crisis es como la anterior, pero suelen tener ciertas semejanzas. El actual estado de la economía española tiene parecidos con la crisis ferroviaria y bancaria de 1866 y con la depresión de 1890-1896. Una mezcla de ambas.

A mediados del siglo XIX Francia disponía de una capacidad de ahorro por encima de las posibilidades de inversión en su propio país. España fue uno de los países que atrajeron una parte relevante de los capitales galos dedicados a construir caminos de hierro. Se partía de la hipótesis de que una vez montada una red ferroviaria, España se convertiría en un gran exportador de cereales, proporcionando carga y pasajeros. Para financiarla se constituyeron bancos de negocios, amparados en la ley de 28 de enero de 1856. Estos fueron los que canalizaron el ahorro exterior y nacional. El tendido se llevó a cabo con gran rapidez; en diez años unos 6.000 kilómetros. La inmensa mayoría con material importado, libre de derechos aduaneros. Pero cuando los diversos ramales estuvieron interconectados se comprobó que la escasa afluencia de viajeros y de mercancías no hacían rentables las líneas de ferrocarril y sus dificultades afectaron a los bancos que les habían financiado. El error de cálculo arrastró a las empresas ferroviarias y a los bancos. Las quiebras fueron numerosas.

La depresión de 1890-1896 tiene otras características, menos coyunturales, más vinculadas a modificaciones en la economía mundial. Los innovadores de los países avanzados tienden a ampliar sus mercados exportando tecnología a países que no son capaces de producirla, pero si de aplicarla, y en donde su uso puede resultar muy rentable. Estados Unidos y Argentina son dos ejemplos extraeuropeos en donde el ferrocarril, una innovación europea, permitió poner en cultivo enormes extensiones de tierra antes inutilizadas o usadas de forma extensiva, merced al abaratamiento del coste de transporte. La llegada masiva de cereales americanos a Europa provocó una caída de sus precios, dando lugar a una recesión (1890-1896). En España este proceso se vio agravado por la progresiva destrucción del viñedo por la filoxera. Era probablemente la primera vez o casi, que un proceso de globalización tenía consecuencias negativas para ciertos sectores sociales y económicos del viejo continente.

La actual crisis en parte recuerda a la ferroviaria y bancaria de 1866 y en parte a la depresión de 1890-1896. Ciertos países tienen una balanza de comercio excedentaria y una elevada capacidad de ahorro. Para sacar rentabilidad a sus capitales han prestado a terceros de diferentes formas, terceros que han invertido y gastado en negocios no muy solventes, asumiendo grandes riesgos. Sin olvidar que también han generado una importante demanda de bienes y servicios a empresas de los países de donde procedían los préstamos. Cuando se evidencia que los deudores van a tener dificultades para devolver lo prestado surge la crisis. Antes, bajo el liberalismo, esta se llevaba por delante a parte del sistema bancario; ahora implica también al Estado a través de sus intentos por evitar la quiebra de parte del sector financiero nacional. Pero además de sufrir este tipo de crisis, algunos países europeos padecen graves dificultades vinculadas a la globalización, es decir, al uso de nuevas tecnologías en países, antes con tierras abundantes, ahora con mano de obra barata, que son capaces de producir a costes inferiores. A partir de los años cincuenta del siglo pasado la deslocalización de parte de la industria del automóvil europea y estadounidense —Citröen, Renault, Simca, Ford…— benefició a países, como España, con mano de obra barata y capaz de asimilar las nuevas tecnologías.


Obviamente, este proceso se ha extendido a otras partes del globo. Dado que no es posible ni razonable recurrir al proteccionismo, ni practicar devaluaciones competitivas solo parece que queda emigrar, lo que ya está haciendo una pequeña parte de la mano de obra cualificada, e incrementar la productividad, invirtiendo en investigación y en formación, pero también adelgazar aquellos sectores que poco o nada contribuyen al crecimiento económico, cuando no lo dificultan. No es solo un problema de capitales, desafortunadamente. Absorber el paro y recuperar la productividad resultará largo y duro, entre otros motivos porque no pocos de los problemas actuales no son solo económicos.

Emiliano Fernández de Pinedo es catedrático de Historia Económica de la UPV-EHU.

divendres, 27 de juliol de 2012

Testimonios del Frente del Ebro

Mi padre, Justo Jimeno Revilla, combatió en el Fente del Ebro pero nunca quiso contarnos prácticamente nada sobre el tema. Leyendo la entrevista a Andreu Canet publicada en La Contra de La Vanguardia lo entiendo perfectamente. El único testimonio que conservo son algunas fotos. Mi padre es el que está en el centro agachado con los prismáticos. Ahora tendría 98 años (murió hace 20).

http://www.lavanguardia.com/lacontra/20120725/54329904176/la-contra-andreu-canet.html

http://www.sbhac.net/Republica/Imagenes/FotoEpr/FotoEpr.htm
 


Entrevista a Andreu Canet, superviviente de la batalla del Ebro, hace 74 años 

 "Yo luchaba... y me obligaban a pagar los sellos de las cartas"

LA VANGUARDIA 25/07/2012

Mi tío Josep Amela, de la quinta del biberón, fue herido en La Pobla de Massaluca el día en que cumplía 18 años, el 1 de agosto de 1938. Fue evacuado y así salvó la vida: curado y a punto de ser reenviado al frente, se hizo guardia de asalto para no regresar al horror. Murió hace diez años y nunca habló de lo vivido en el Segre y el Ebro, donde murieron 100.000 personas. Por eso entrevisto cada 25 de julio a un superviviente de su quinta, chavales de 17 años enviados al matadero. Quedan pocos, y los que siguen lúcidos abominan de quienes los enviaron a morir en alpargatas y son escépticos ante la humanidad, de la que conocen la peor cara. Pese a todo, decidieron aferrarse a la vida... 


 Le enviaron a la guerra? Me hicieron llevar una manta, una muda, un plato, un vaso, una cuchara y un tenedor. Iba en alpargatas.

¿Guerra en alpargatas? Sí. Tenía 17 años. Éramos pobres: mi padre era jornalero en el Poblenou. Mi madre vio marchar a sus cuatro hijos a la guerra...

¿Cómo vivió su primera batalla? Una tarde de mayo, en el frente del Segre: en mi batallón éramos 130, y volvimos 48.

¿Pasó miedo? El olor a pólvora y el estruendo te insensibilizan, avanzas, las balas silban... Mi amigo Carbonell se lamentaba: "Me matarán, me matarán", y yo le calmé: "No, ponte detrás de mí". Al poco rato una bala le mataba. "¡Tú sigue adelante!", me chilló el capitán. Nada de debilidades y retrocesos. Dos hermanos se fugaron a casa tras la batalla. Su padre se asustó: "Volved y pedid perdón". Al llegar, los fusilaron ante nosotros.

¿Estuvo en el piquete de ejecución? No, tuve suerte. A un teniente le fusilaron porque le oyeron decirnos: "Pobres nanos, tan petits i us porten al matadero". ¡Por derrotista! Poco después nos metían en camiones: pensábamos que volvíamos a casa. La noche del 2 de agosto cruzamos el Ebro y caminamos hacia Ascó, Flix, Riba-roja, Fayón, La Pobla de Massaluca...

 Es mucho caminar... Casi 40 kilómetros en un día: estaba fuerte, cargaba unos 30 kilos entre el fusil, 150 balas, mochila con ropa, manta, pala, un macuto con 6 granadas... Aún lo conservo, mire: lo usaba de almohada. Íbamos exhaustos.

¿Qué era lo peor? Los compañeros agonizantes llamando a sus madres, los muertos, no dormir, el hambre, la sed... He bebido mis orines, con los que llenaba la cantimplora. Un día bebimos de una balsa putrefacta y luego descubrimos el cadáver de un soldado en el fondo.

¿Qué batalla recuerda más? En Vilalba dels Arcs matábamos a requetés franquistas, carlistas catalanes: luchaban cantando el Virolai... Les dimos tregua para que pudiesen enterrar a sus muertos.

¿En qué momento temió por su vida? Casi me fusilan por un sargento vengativo.

¿Qué pasó? Mientras caminábamos, él comía pan a mi lado. Yo salivaba y le pedí un poco. "¿Crees que soy tu padre?", me contestó. Me pidió un cigarrillo y le respondí igual. Y me amenazó de muerte. Y casi consigue matarme.

¿Cómo lo hizo? Una noche nos turnábamos todos cavando una trinchera y haciendo guardias. Durante mi guardia, me dormí. Se acercó en silencio y me robó el fusil. Hizo ruido y me desperté. A pocos metros, rio: "¡Ya te he jodido".

¿Por qué le había fastidiado? Dormirme en una guardia y perder el fusil: ¡pena de muerte! Saqué una granada de este macuto y le dije: "Cuento hasta tres y te tiro la granada si no sueltas antes el fusil: ¡uno...!". ¡Menuda tensión en las trincheras! Le acompañaba un soldado joven que se asustó y le imploró que me devolviese el fusil, y lo hizo. Pero me denunció...

¿Cómo se salvó de que le fusilasen? Dada mi buena hoja de servicios, el capitán rompió la denuncia.

¿Qué fue del sargento vengativo? Ni lo sé ni quiero saberlo.

¿Qué fue lo mejor de su guerra? El compañerismo: nos ayudábamos, repartíamos lo que teníamos. Y cuando me bajaron a Amposta, a suplir a las Brigadas Internacionales: ¡ah, qué sosiego había allí! ¿Las brigadas no se jugaron la piel? Comían bien, bebían bien... Les han hecho muchos homenajes, y a nosotros..., ¡nada!

¿Cómo acabó su guerra? Un mando del Estado Mayor me encañonó y me ordenó: "¡Tú y tus hombres, defended esta posición!". Y él huyó corriendo. Ya teníamos encima a los moros de Franco...

¿Y qué hizo usted? Miré a mis hombres: "Si él tiene miedo, a nosotros nos sobra: ¡vámonos!". No quise que murieran. Y corrimos. "¡Rojillo, rojillo!", gritaban los moros, disparándome. Pero se salvó una vez más. Oculto en una balsa de abono. Al anochecer caminé junto a un compañero y, al alba, unos tanques franquistas avanzaron hacia nosotros. Mi amigo les tiró una bomba de mano, falló..., y un tanque le aplastó.

 ¿Lo vio usted? Su esqueleto por un lado, la carne y las tripas por otro: me desmayé. ¡Eso me salvó! ¡De nuevo!

¿Por qué? Unos legionarios pasaron junto al que creyeron mi cadáver, sin tocarme. Cuando volví a caminar, los vi delante de mí y me entregué: "Suelta tu fusil", me ordenaron. No pude: no me lavaba la cara, ¡pero bruñía cada día mi fusil! Era parte de mí. Al final lo solté.

¿Y qué le hicieron? Sin saberlo, yo tenía tifus y pesaba unos 30 kilos. Daba tanta pena que un legionario me dijo: "Para que veas que no te haremos nada, voy a darte un abrazo". ¡No lo olvidaré!

Se le humedecen los ojos... Un obús republicano me dejó sordo de un oído, y me dieron la extremaunción..., pero sobreviví. Tuve que hacer la mili para Franco, y pude volver a visitar a mi madre...

Se emociona usted... Sí. Al verme, se me desmayó en los brazos.

¿Qué enseñanza extrajo de su guerra? Que el mundo está lleno de vividores: yo luchaba... y mis gobernantes me obligaban a pagar los sellos de las cartas a mi madre.

diumenge, 15 de juliol de 2012

Historiografia y neurociencia

MEMÒRIA I IDENTITAT de Josep Fontana

Els historiadors hem aprés dels neurobiòlegs que la funció de la memòria no és solament la de definir la nostra identitat, sinó també la de permetre’ns fer una mena de reordenació dels nostres records cada vegada que ens enfrontem a una situació nova, posant en joc el conjunt de les nostres experiències anteriors per tal de dissenyar un quadre de referències que ens permeti interpretar els nous elements que se’ns presenten.

Seguir en...

http://www.cuimpb.cat/index.php?option=com_remository&Itemid=92&func=startdown&id=357&lang=es

dimecres, 11 de juliol de 2012

«La responsabilidad de vivir»: palabra de Popper

«La responsabilidad de vivir» (Paidós) reúne artículos y conferencias de Karl Popper sobre política, Historia y conocimiento. La síntesis perfecta de su filosofía

Día 17/05/2012 

En los tiempos de crisis que nos han tocado vivir, en los que cada vez son más los desencantados con el sistema que se dejan llevar por el extremismo y el populismo, publicar escritos de Karl Popper es especialmente oportuno. No solo fue uno de los filósofos de la ciencia más destacados del siglo XX, sino uno de los pensadores que más han influido en el mundo occidental en las últimas décadas y un referente indispensable para entender el pensamiento liberal y la esencia de la sociedad democrática.

Búsqueda de la verdad

A diferencia de muchos intelectuales de su época, Popper nunca se dejó arrastrar por las modas ideológicas ni por lo políticamente correcto. Aplicó los mismos métodos de búsqueda de la verdad del campo científico al ámbito de la interpretación histórica. Su obra más famosa, La sociedad abierta y sus enemigos, es más conocida por su título que realmente leída. Por esta razón, la colección de artículos y conferencias que recoge el volumen La responsabilidad de vivir es especialmente útil para entender el pensamiento del filósofo.
Karl Popper hizo un gran favor a la profesión de historiador al denunciar la interpretación histórica con fines políticos y al poner en evidencia la falta de rigor científico de varias teorías de la Historia que han tenido mucha influencia en el pensamiento occidental, como la interpretación histórica nacionalista, la racista y la marxista, que fue especialmente influyente en el siglo XX.
Popper fue el crítico principal de todos aquellos que pretendieron hacer de la Historia una ciencia exacta que beneficiara a determinados líderes, pueblos o ideologías. Desde los años treinta del pasado siglo, tuvo el valor de negarle al marxismo el carácter científico que pretendía tener. Uno de los textos recogidos en este libro, titulado «Contra el cinismo en la interpretación de la Historia», recoge los argumentos que Popper iba a utilizar con característica modestia contra los falsos historiadores.
El gran defensor de la sociedad abierta y la democracia explica en las páginas de La responsabilidad de vivir por qué, a pesar de las imperfecciones de nuestro sistema político, sus alternativas son mucho peores. Así, asegura Popper que la democracia no existe, pues el pueblo nunca gobierna; pero añade que, gracias a ella, los ciudadanos tienen la capacidad de expulsar del poder a un gobierno sin utilizar la violencia.

El privilegio de votar

Testigo y víctima del totalitarismo, el filósofo, que tuvo que huir de su Austria natal y se asentó finalmente en Gran Bretaña, no deja de recordarnos el privilegio que supone votar. Frente a los que solo buscan defectos a las democracias liberales, Popper hace una férrea defensa de los logros de Occidente, aunque siempre aportando ideas sobre cómo mejorar la calidad de la democracia y fortalecer la sociedad abierta. Tanto para políticos y académicos como para cualquier ciudadano responsable, la lectura de La responsabilidad de vivir es muy recomendable.

«La responsabilidad de vivir. Escritos sobre política, Historia y conocimiento»

karl r. popper
Traducción de Concha Roldán. Paidós. Barcelona, 2012. 287 páginas, 22 euros.