dilluns, 28 de febrer de 2011

La relevancia de Daniel Bell

Luis Racionero, LA VANGUARDIA, 27-2-2011

Acaba de fallecer el sociólogo de Harvard Daniel Bell. Anunció los dos sucesos sociales más importantes del siglo XX: el fin de las ideologías y el principio de la sociedad postindustrial, luego se enzarzó con las contradicciones culturales del capitalismo, que son el tema de nuestro tiempo. Le faltó hablar de China, pero su legado intelectual merece ser conocido.

Bell falleció a principios del 2011 a los 91 años, habiendo publicado, entre otros muchos estudios sociológicos, tres fundamentales El fin de la ideología en 1960, El advenimiento de la sociedad postindustrial en 1973 y Las contradicciones culturales del capitalismo en 1978. Se definió como socialista
en economía, liberal en política y conservador en cultura
, algo más moderno que el famoso “monárquico en política, clásico en arte y católico en religión” del poeta T.S. Elliot.

Comenzó su carrera en la Universidad de Chicago, que en los años cuarenta fue la más brillante de EE.UU.,
luego pasó a Columbia, en Nueva York donde presentó su tesis doctora El fin de la ideología. Ese libro nació de un simposio sobre teoría política que se celebró en Milán en 1955. Allí se certificó el fin de las ideologías debido al triunfo de la sociedad del bienestar y al fracaso de la economía planificada
estalinista. Bell matizó que su tesis no afirmaba que se acabase el pensamiento ideológico, sino que morían
las viejas ideologías: marxismo, fascismo, utopismo; pero que a la larga surgirían otra nuevas.

Parece lógico suponer que si no hay ideologías, no hay partidos políticos: los neocons son una ideología. El
partido ecologista se basa en una ideología, bastante científica en este caso, y el partido socialista se basa en una ideología amputada de su marxismo, muerta en el hospital de la Seguridad Social y reencarnada en un capitalismo de facto. Mi ideología es una economía budista tal como la teorizó Schumacher en
Small is beautiful, maximizar la felicidad con el mínimo consumo de recursos. Pero eso será para después que pasen los chinos.

El siguiente anuncio de Bell fue el advenimiento de la sociedad postindustrial en 1973. Sucede cuando la cantidad de gente trabajando en el sector servicios supera al empleo en agricultura más industria. Ello
acaeció en España en 1984, si no recuerdo mal, y conlleva un tipo de sociedad, unos estilos de vida, unos valores diferentes a la que fue la sociedad industrial del siglo XIX y XX o a la anterior sociedad agrícola
comercial de los siglos anteriores al XVIII. Tan diferente como la sociedad preindustrial lo fue de la industrial, esta lo será a la postindustrial.

¿En qué consiste? Bell da cinco componentes:
  1. Paso de una economía que produce artículos (neveras, coches, ladrillos) a otra que produce servicios (viajes, ocio, asesoría, informes, tratamientos). 
  2. Preeminencia de la clase profesional y técnica. 
  3. La centralidad del conocimiento teórico como motor de la innovación. 
  4. La toma de decisiones por análisis de sistemas, coste-beneficio y otras técnicas en vez de por ideología. 
  5. El relevo de las élites, los propietarios son sustituidos por ejecutivos de la élite técnico-intelectual.


Todo ello confirma una nueva sociedad que ya no cambia por revoluciones, sino por los cambios en la naturaleza del conocimiento, la investigación sistemática, la inversión en I+D. Los últimos años de su vida profesional los dedicó a esclarecer las contradicciones culturales del capitalismo. Reconoció tres:

1. La tensión entre ascetismo y consumismo; 
2. Entre aburguesamiento y vanguardias, 
y 3. Separación de ética y ley. 

El capitalismo nace, según teorizaron Max Weber y Werner Sombart, del espíritu protestante y puritano. El capitalismo, dice Daniel Bell, requería un cierto tipo de carácter que replicara la psicología de la propia empresa: un individuo metódico, disciplinado, trabajador.

Una afinidad electiva entre carácter e interés material. En el trasfondo del cambio de carácter se necesitó una ética religiosa que lo sancionara: para el protestantismo todo trabajo era una “vocación”, en el catolicismo un castigo por el pecado original.

La ética protestante as a way of life consiste en devoción, frugalidad, disciplina, prudencia, amor al trabajo y gratificación diferida. La restricción del consumo permitía la acumulación de capital, un estilo de vida en que ganar dinero se convirtió en un fin en sí mismo, en vez de ser un medio para bien vivir. La ética protestante, concluye Bell, especialmente en su versión calvinista, proporciona la energía moral que mueve al empresario capitalista.

Pero ¿qué sucede cuando el primer capitalismo que es el de producción se transforma por su propio éxito en capitalismo de consumo? Pues que para vender se persuade a los puritanos laboralistas, por medio de la publicidad y la televisión, de que se transformen en consumidores hedonistas.

Se reniega de la frugalidad en aras de las compras a plazos y la tarjeta de crédito. La contradicción está servida: un sistema basado en el ascetismo sólo puede sobrevivir en el despilfarro.

Esa contradicción la pusieron en evidencia los movimientos hippies de los años sesenta, rechazado lo que Marcuse definió como “excedente de represión”. La represión calvinista del origen del capitalismo sobraba, cuando esto entró en la sociedad de consumo postindustrial, y los jóvenes se la quitaron de encima, como la corbata y el sostén. Esa es la más potente contradicción cultural en que todavía se debate el capitalismo. Las otras dos son más llevaderas, especialmente la del ser burgués y que tenga que gustarles el arte de vanguardia.

´El crepúsculo de la izquierda´, Luis Racionero

Por qué pierde la izquierda en toda Europa menos en los países con atraso sociológico y político por dictaduras reiteradas o persistentes es una pregunta que los intelectuales se resisten a plantear precisamente porque la izquierda les ha convencido de que un intelectual ha de ser de izquierdas.

Eso fue así hasta la Segunda Guerra Mundial, pero a partir de 1955, por tomar un hito que fue el Congreso para la Libertad Cultural en Milán, Daniel Bell osó anunciar El fin de la ideología, libro publicado en 1960. Sin ideologías no hay partidos y sin ellas, los partidos que intentan subsistir se quedan sin discurso. Lo tuvieron, en el siglo XIX, pero ya no lo tienen porque la izquierda ha muerto de éxito.

Después de la II Guerra Mundial, John Maynard Keynes colaboró con el partido laborista inglés para establecer una fusión entre capitalismo y socialismo que es el sistema en que nos movemos ahora todos los países democráticos y desarrollados. Un capitalismo con cara humana, matizado por el welfare state. No por casualidad Keynes era íntimo en el grupo de Bloomsbury, un conjunto de artistas e intelectuales ingleses discípulos del filósofo George Moore que creían, en palabras de Clive Bell, que el fin de la existencia humana son ciertos estados mentales serenos, intensos y refinados que sólo se consiguen bajo tres condiciones necesarias: seguridad, ocio y libertad. El socialismo fabiano de los Webb, Bernard Shaw, incluso Bertrand Russell propició que en 1945 se instaurase el welfare state para paliar las desigualdades causadas por el mercado y la competencia. Se montó así un sistema mixto social-capitalista o capital-socialista que es el que usamos en la UE.

De modo que las ideologías de izquierda del siglo XIX, comunismo, socialismo, anarquismo, han conseguido las reivindicaciones que su lucha durante ese siglo ha impuesto en el siguiente:

  1. semana de 40 horas, 
  2. condiciones de trabajo más humanas, 
  3. seguridad social, 
  4. derecho de huelga, 
  5. subsidio de paro, 
  6. jubilaciones, 
  7. sanidad y educación gratuitas.

Cuando una organización o movimiento consigue sus reivindicaciones, se disuelve o se inventan otras. Lo malo es que reivindicar los derechos de los marginados no es tan de vida o muerte como bajar la semana laboral de 60 a 40 horas y puede que esas nuevas reivindicaciones no levanten tantas adhesiones como las más apremiantes injusticias del capitalismo salvaje del siglo XIX.

Bell sostiene que en El fin de la ideología no dijo que se acababa el pensamiento ideológico, sino que el agotamiento de las viejas ideologías iba a conducir inevitablemente a defender ideologías nuevas: “Al final de los años 50 nos encontramos con una desconcertante censura. En Occidente,entre los intelectuales, las viejas pasiones se han gastado. La nueva generación se encuentra buscando nuevos propósitos dentro de un marco político que ha rechazado las visiones apocalípticas y milenaristas.  En busca de una nueva causa que defender, se observa una profunda, desesperada, casi patética ira... una búsqueda incansable para dar con un nuevo radicalismo intelectual. La ironía para estos que buscan nuevas causas es que los obreros, cuyas reivindicaciones fueron antes la energía que movió el cambio social, ahora están más satisfechos con la sociedad que los intelectuales”.

De modo que los intelectuales van por un lado y los trabajadores por otro. Unos querían mejoras concretas en su nivel de vida, los otros querían cambiar el mundo y hallar un sistema de organización social y económica que sustituya al capitalismo. Pero no lo hemos sabido encontrar y así como la democracia es el menos malo de los sistemas políticos, el capitalismo, por ahora, se ha demostrado el menos malo de los sistemas económicos.

Los intellos típicos hablan de la vieja y la nueva clase trabajadora y debaten cual teólogos porque su objetivo no es iluminar los cambios sociales que están ocurriendo, sino salvar el concepto marxista de cambio social y la idea leninista de los agentes del cambio. Están perdidos. Si la clase trabajadora está cambiando de naturaleza en la sociedad postindustrial, ¿cómo mantener la visión marxista del cambio social? Y si la clase trabajadora no hereda el mundo –de hecho, disminuye–, ¿cómo fortificar la dictadura de proletariado y el papel del PC como vanguardia de la clase trabajadora? El partido comunista se quedó sin ideología, el socialista ha conseguido aplicar sus peticiones. Falta discurso.

No tiene por qué ser malo. Otras ideologías surgirán en su lugar; la ecología ya lo ha hecho, y otras, como la economía budista de Schumacher, pueden aparecer. Lo malo es que partidos sin ideología e ideologías sin discurso se queden como momias e intenten ganar elecciones una vez muertos como el Cid. Quienes sacaron a pasear al pobre Campeador muerto son los mismos que nos piden el voto para una izquierda que murió de éxito o de fracaso.

2-I-11, Luis Racionero, lavanguardia

dissabte, 26 de febrer de 2011

La Europa revolucionaria

Guerras civiles

ABCD, 13 de febrero de 2011 - número: 985

Con el título de La Europa revolucionaria escribió Georges Rudé, ya hace unas décadas, un libro, dentro de la colección «Historia de Europa» de la editorial Siglo XXI. En el mismo, se analizaba el proceso revolucionario de 1783 a 1815 que vivió el continente europeo en aquellos años.

Ahora, Stanley G. Payne, el gran hispanista norteamericano, ha escrito un trabajo, con el mismo título, pero con un contenido muy diferente. Payne examina, con la gran capacidad de síntesis que le caracteriza, el conjunto de guerras civiles revolucionarias que jalonan la primera mitad del siglo XX. Las guerras civiles, como dice el propio historiador, son de varios tipos: guerras de sucesión (abundaron en el siglo XVIII, con la Guerra de Sucesión de España, de 1702 a 1714, como paradigmática), guerras de secesión (el arquetipo sería la de 1861-1865 en Estados Unidos, con la esclavitud como caballo de batalla) y las guerras propiamente ideológicas o revolucionarias, que constituyen el objeto de estudio de este volumen.

La «época de las revoluciones» del siglo XX se inició entre 1905 y 1911, cuando se sucedieron la primera revolución rusa de 1905, la semirrevolución iraní de 1906-1911, la gran revolución campesina rumana de 1907, la exitosa revolución de los Jóvenes Turcos de 1908, el golpe militar griego de 1909, el inicio de las revoluciones mexicana y china, entre 1910 y 1911, y, por último, la triunfante revuelta republicana portuguesa de 1910. A juicio de Payne, todo este movimiento revolucionario derivó de los procesos de cambio y modernización registrados en sociedades subdesarrolladas, y es fruto de la primera escalada de los nacionalismos.

Genocidios

En este contexto, hubo episodios trágicos de genocidio como la masacre de doscientos mil armenios (primer estallido de violencia yihadista del siglo XX) o la efervescencia terrorista en Rusia. Surgió entonces el paradójico concepto de «guerra civil internacional», el conflicto entre culturas que alimentaría el nacionalismo alemán y que serviría de sustrato a la Primera Guerra Mundial. Durante esta contienda se produjo la dramática guerra civil finlandesa de 1918.

La guerra civil rusa de 1917-1922 fue el mejor ejemplo de guerra civil revolucionaria del siglo XX y, desde luego, es la que ha tenido mayor influencia. Payne, quien, antes de hacerse hispanista, empezó su trayectoria como investigador estudiando la Rusia del siglo XX, desbroza magistralmente la evolución del bolchevismo y las razones de su éxito final.

Represión

La represión bolchevique generó unos cuatrocientos mil muertos. Rusia, entre la guerra, las epidemias, y las hambrunas, perdería cerca de dieciséis millones de personas. Nunca en la Historia un régimen se cimentó en muertes y sufrimientos tan masivos. En el marco de la gran crisis europea de 1918-1923 se inscriben nuevas agitaciones sociales y políticas como las que viven Alemania, Hungría, Italia y España. Portugal y Polonia tuvieron amagos de conflicto civil que no llegaría a fructificar, igual que Bulgaria y Estonia. Tras observar el surgimiento de los fascismos, Stanley G. Payne se adentra en el estudio de la Guerra Civil española que tan bien conoce. Se disecciona el proceso revolucionario en España, la génesis de la Guerra Civil y su proyección internacional.

Las dos Españas

El autor compara las terribles cifras de las represiones llevadas a cabo durante la Guerra Civil, y después de ella, con las tasas de mortalidad en otros enfrentamientos civiles, como en la Comuna francesa, en Finlandia o en la Yugoslavia de Tito, y subraya la mayor especificidad española, su perfil de guerra de religión. Payne examina la dialéctica europea de intervención-no intervención, las desavenencias internas dentro del bloque republicano y la evolución en Europa del mito de «la guerra revolucionaria nacional española».

Echo de menos en el libro de Payne el estudio de la tradición guerracivilista española, del cainismo de las dos Españas, expresado ya en el siglo XIX con las guerras carlistas: la tragedia de que ninguna de las dos Españas que recorre el siglo XIX logrará imponer sus soluciones sin el recurso de la violencia; la falta de una «lealtad sistémica», y una afinidad ciudadana a valores comunes fundamentales; el hecho de que, en dos siglos, no ha habido régimen español que haya durado más de cincuenta años, y la permanencia del sueño colectivo de la razón produciendo monstruos.

Lección de Historia

El análisis de Payne quizá sea demasiado coyuntural, por más que resulte de enorme interés su esfuerzo comparativo con otras realidades europeas en tiempos muy anteriores a lo que hoy llamamos globalización. Sin que ello signifique retornar a la tesis de la «anomalía hispánica», pienso que la Guerra Civil española tiene unos antecedentes que no podemos olvidar. Después de 1939 solo estallaron guerras civiles en Yugoslavia y Grecia. En el fenómeno guerracivilista, Payne tiene siempre presente las ansiedades de modernización en los países subdesarrollados, los traumas de la guerra internacional, las expectativas nacionalistas y el desafío comunista. Su balance final es optimista respecto a Europa. El guerracivilismo parece desplazarse hacia África o Asia. El hispanista norteamericano atribuye a la socialdemocracia, tras la guerra fría y la crisis de las ideologías revolucionarias, la capacidad de superación de los conflictos internos.

Una lección espléndida de Historia comparada que ayudará, sin nigún género de duda, a relativizar y cuestionar la creencia en la presunta singularidad guerracivilista española.

Ricardo garcía cárcel

dimarts, 1 de febrer de 2011

Batalla de Waterloo






FUENTE: http://www.artehistoria.jcyl.es/historia/batallas/batalla9.htm


La cruda derrota sufrida por los ejércitos napoleónicos en las estepas rusas en 1814, provocó la abdicación del otrora dueño de la Europa Occidental y suconfinamiento en la isla de Elba


Cuatro meses más tarde escapó de su exilio y regresó a París; en consecuencia, los antiguos aliados -Rusia, Austria, Prusia y Gran Bretaña-, volvieron a reunirse para intentar derrotarlo.


En la primavera de 1815, Napoleón dirigió sus miras hacia Bruselas, disponiendo un ejército de 124.000 hombres. Su propósito era dividir a las tropas aliadas, para lo que atravesó el río Sambre por Charleroi y se dirigió hacia Bruselas.


Enfrente se encontraban las tropas de los aliados, dirigidas porWellington y Blücher, con un total de 196.000 hombres. El general prusiano se dirigió entonces hacia Ligny, mientras Wellington esperó a Napoleón atrincherado en Mont-Saint-Jean para impedir su entrada en Bruselas. 


El Emperador francés, por su parte, decidió también dividir su ejército, destacando 63.000 hombres que marcharon con él contra Blücher y ordenando a su general Ney que se dirigiera hacia Bruselas. 


Tras expulsar a los prusianos de Ligny, éstos se replegaron hacia Wavre. Napoleón decidió entonces erróneamente destacar 30.000 hombres en su persecución, lo que debilitó sus fuerzas, y marchar contra Wellington. 


La gran batalla se planteó, pues, en Mont-Saint-Jean, muy cerca de Waterloo.Para preparar la defensa, los aliados anglo-holandeses destacaron 15.000 hombres en Halle y fortificaron algunos puntos estratégicos, como el castillo de Hougomount y la granja de La Haye-Sainte, para debilitar el avance francés. 


Por su parte, Napoleón, atrincherado tras su flanco derecho, situó a su artillería en primera línea para desgastar las posiciones enemigas y envió un ataque sobre las posiciones fortificadas, esperando con ello atraer algunos efectivos del centro aliado. 


Sin embargo, Wellington, conocedor de la táctica del Emperador, apenas reforzó el sitio de Hougomount, manteniendo el orden de sus posiciones.


Cuando comenzaron las descargas de la artillería, por el este apareció una avanzadilla de las tropas prusianas, lo que obligó a Napoleón a desplazar un cuerpo de la reserva para contenerlos.


Para protegerse de la artillería francesa, Wellington ordenó a sus hombres echarse cuerpo a tierra y protegerse tras las lomas del terreno, lo que hizo creer a los franceses que se trataba de un repliegue. Al creer que se retiraban, 5.000 jinetes franceses comenzaron la carga sin ayuda de infantería ni artillería. 


Entonces la infantería inglesa se dispuso en cuadros con tres filas de bayonetas, que rechazaron fácilmente el ataque francés y obligó a la caballería a huir en desbandada.A la caída de la tarde, la situación francesa comenzaba a ser desesperada. 


Napoleón ordenó un ataque entre Hougoumont y La-Haye-Sainte, en el flanco derecho del centro británico. 


El intento fue vano, fracasando la última esperanza de Napoleón de romper las líneas aliadas. La infantería francesa fue aniquilada, mientras que la Guardia y la caballería hubieron de replegarse.


El fracaso de Waterloo significó el ocaso del Imperio napoleónico y la configuración de un nuevo mapa europeo. Así, del Congreso de Viena de 1815 surge una Europa dominada por cinco grandes potencias:Francia, Gran Bretaña, Rusia, Austria y Prusia


A partir de ese mismo año, y bajo el influjo de las ideas de Metternich, se crea la Confederación Alemana, que integra al Imperio austriaco y a los reinos de Prusia, Baviera, Wurttemberg, Sajonia y Hannover.