dilluns, 24 de maig de 2010

Somos primates (Redes 61: 2ª parte)

Redes 23 Mayo 2010
 
Redes dedica de nuevo un programa a los simios. Esta vez suben también a escena los otros grandes primates –los seres humanos– a quien sometemos a las mismas pruebas que plantean los primatólogos a chimpancés u orangutanes. Aunque vivamos hoy muy alejados unos de otros, primates humanos y no humanos tenemos una historia común muy cercana. Las circunstancias y alguna que otra innovación cerebral nos distanciaron, y cada especie evolucionó adaptándose a lo que le he tocado vivir. Junto al primatólogo Michael Tomasello, del Centro de Primates del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva, Eduardo Punset repasa las diferencias con nuestros parientes, desde las formas de aprendizaje hasta el concepto de venganza o las habilidades de cooperación.

La influència de l'astronomia en la construcció de monuments de les civilitzacions antigues.



Un personatge enlluernador: l'arqueoastrònom Juan Antonio Belmonte. I què és un arqueoastrònom? És el científic que investiga la influència de l'astronomia en la construcció de monuments de les civilitzacions antigues.

"No teníamos elección. Mataban a los que trabajaban y a los que no"

ENTREVISTA Shlomo Venezi,miembro de las brigadas que sacaban cadáveres de las cámaras de Auschwitz y los quemaban

MIGUEL MORA EL PAÍS 23/05/2010

Ha cumplido 87 años y los ojos se le siguen llenando de lágrimas cuando cuenta lo que vivió en Auschwitz-Birkenau. Shlomo Venezia, judío sefardita, nacido en Salónica en 1923, pero de nacionalidad italiana, fue durante ocho meses y medio, desde abril de 1943 hasta diciembre de 1944, miembro de los Sonderkommandos, los comandos especiales formados por prisioneros judíos que se encargaban de aplicar la solución final moviendo los engranajes de la máquina del exterminio nazi. "El mecanismo funcionaba como una cadena de montaje", recuerda. "Unos acompañaban a los prisioneros que llegaban desde los trenes hasta las cámaras de gas; los ayudaban a desvestirse y a entrar en aquel sótano; cuando morían, 10 o 12 minutos después, sacaban los cadáveres, y otros les cortábamos el pelo, les quitábamos los dientes de oro y luego los metíamos en los hornos crematorios".

"Me encontré con mi primo León. Me preguntó cómo iba a morir. Le acompañé a la cámara de gas y luego lo saqué
"Nos metieron a 1.500 en un tren. Mi madre y dos de mis hermanas fueron asesinadas al llegar a Auschwitz"
"Te examinaban dos médicos. Si veían que tenías las carnes del culo flojas, te ponían aparte para pegarte un tiro"

La infernal rutina ideada por los jerarcas nazis para convertir en ejecutores a los propios judíos ha perseguido a Venezia durante toda su vida. "Nunca se sale del campo, todo te recuerda a aquello", explica en un perfecto castellano que en realidad es ladino, el dialecto de los judíos de origen español. "Da igual cualquier cosa que hagas, lo que sea que veas o pienses, todo devuelve tu espíritu al mismo lugar".
Shlomo Venezia fue uno de los 70 supervivientes de los comandos especiales. "Durante mi estancia mataron a 741 de los nuestros". Antes de que llegaran los rusos a Auschwitz, Venezia logró escapar y llegar hasta Mauthausen. Desde allí viajó a Italia. Pasó siete años en el hospital, enfermo de los pulmones, y permaneció 47 años en silencio, sin poder asumir su experiencia. Un día de 1992, Venezia se dio cuenta, viendo en Roma una exposición de Anna Frank, de que volvía un clima antisemita. Animado por su alegre y valerosa mujer, Marika, una judía húngara 15 años más joven que él, con la que tuvo tres hijos y que desde hace 21 años se ocupa de la modesta tienda de ropa y bolsos de la familia situada a 50 metros de la Fontana de Trevi, el superviviente empezó a narrar su historia.
Desde entonces no ha dejado de hacerlo; en cientos de escuelas italianas y en los Viajes de la memoria a Auschwitz que organiza el Ayuntamiento de Roma -gracias a una iniciativa de Walter Veltroni- desde hace un par de décadas. "Shlomo ha ido ya 54 veces a Auschwitz", cuenta su esposa mientras esperamos en la tienda a que llegue su marido. "La primera vez que le invitaron dijo que no, pero al final se decidió a ir con un amigo para darse fuerza mutuamente. Pasó casi 50 años en silencio... No fue fácil. Cuando bañaba a los niños y le preguntaban qué era ese número tatuado en el brazo, les decía: 'Es el teléfono de una novia que tuve".
En 2006, Venezia se decidió a poner por escrito su testimonio, tan singular como crucial para desmentir a los negacionistas. Concedió una larga entrevista a la periodista francesa Bèatrice Pasquier, publicada como libro en enero de 2007 por la editorial Albin Michel con un prólogo de Simone Veil, ex ministra francesa y ex presidenta del Parlamento Europeo. Tras ser traducido a 19 lenguas, el alegato de este hombre honesto y limpio, injustamente acusado por otros supervivientes de haber colaborado con los nazis, llega ahora a España con el título de Sonderkommando. En el infierno de las cámaras de gas (RBA Editores).
Conociendo a Venezia, cobra más sentido lo que escribió en el prólogo Simone Veil, superviviviente de Auschwitz: "La fuerza de este testimonio se debe a la irreprochable honestidad de su autor, que sólo cuenta lo que él mismo ha visto, sin omitir nada".
Pregunta. ¿Cómo mantuvo su familia el ladino, viviendo en Grecia y siendo italianos?
Respuesta. No he reconstruido mi árbol genealógico, pero sé que fuimos expulsados de España por los Reyes Católicos y que acabamos en Italia. Otros fueron a Marruecos. Los judíos de entonces no tenían apellidos. Se llamaban Isaac, hijo de Salomón, por ejemplo. Muchos tomaron el nombre de las ciudades donde se instalaron. Por eso nosotros nos llamamos Venezia. En casa hablamos siempre ladino, aunque desde Italia se fueron a Salónica, no sé cuándo. Yo lo hablé hasta que hace siete años murió mi hermana. Una vez fui a España [adonde volverá el próximo día 26, con motivo de la publicación de su libro [y para un homenaje organizado por Casa Sefarad-Israel] a hablar de mi historia y un hombre me dijo: "Ha usado usted palabras que no se oían aquí desde hace 500 años". Por ejemplo, 'condurias', que quiere decir zapatos.
P. ¿Cómo era su vida en Grecia hasta que fue deportado?
R. Éramos muy pobres. Los judíos vivíamos en chabolas de hojalata en diversos barrios de Salónica. Mi hermano mayor estaba en Italia estudiando con una beca del consulado. Mis tres hermanas y yo estudiábamos en el Colegio Italiano. Mi padre murió de repente cuando yo tenía 11 años. Entonces tuve que dejar de estudiar para ayudar a mi madre. En 1938, mi hermano volvió a casa debido a las leyes raciales de Mussolini. Los alemanes habían ocupado Grecia y yo me dedicaba al estraperlo de tabaco. Se lo cambiaba a los soldados por medicinas para la malaria. La mitad las vendía para comer y la otra mitad para comprar más tabaco. Ahí aprendí un poco de alemán.
P. Le detuvieron en abril de 1944. ¿Qué pasó?
R. Estábamos en Atenas, bajo la ocupación italiana. A primeros de marzo promulgaron una ley que obligaba a los hombres judíos a pasar cada viernes por la comunidad para firmar en un registro. Un viernes nos encerraron allí y ya no pudimos salir más. Luego nos llevaron a la cárcel de Haidiri y en el patio encontramos a la familia. Nos dijeron que nos iban a mandar a Alemania y que nos darían una casa. Que los hombres tendríamos trabajo y las mujeres cuidarían de los niños. Una mañana nos llevaron al tren. No sabíamos nada de Alemania. No teníamos radio ni nada. Era el 1 de abril.
P. ¿Cómo fue el viaje?
R. Duró 11 días, no se acababa nunca. La Cruz Roja de Atenas nos dio unos paquetes con comida antes de salir y gracias a eso logramos llegar vivos. En mi vagón íbamos 65 personas. En total seríamos 1.500. Cuando llegamos a la Rampa de los Judíos, un lugar desde el que no se veía ni Auschwitz ni Birkenau, que era donde estaban los cuatro hornos, hicieron la selección. Eligieron a 320 hombres para trabajar y a 113 niñas para coser ropa. A los demás no los volvimos a ver.
P. Su madre y sus tres hermanas murieron ese mismo día.
R. Según supe días después, mi madre y mis hermanas menores, Marika, de 14 años, y Marta, de 11, fueron asesinadas con el gas Zyklon B a las dos horas de llegar. Al día siguiente le pregunté a un preso polaco y me dijo que no pensara en eso, que descansara y que ya me lo dirían. Le insistí, me cogió del brazo, me sacó fuera a ver la chimenea humeante y me dijo: "Todos los que vinieron contigo se están liberando". No supe qué pensar. Días después vi que tenía razón. Mi hermana mayor, Rachel, fue seleccionada para trabajar y se salvó. Ella nunca quiso hablar ni oír hablar del campo. Cuando todo acabó, tardé 12 años en encontrarla. Se fue a Grecia y luego a Israel porque estaba allí su novio, un francés al que conoció en Auschwitz. Murió hace siete años.
P. ¿Y su hermano?
R. Cuando los rusos liberaron el campo no nos vimos. Supe que estaba vivo y que había ido a Roma. Tardé siete años en verle. Tampoco quiso contar nunca nada. Casi nadie quiso contar nada nunca. Tampoco mis primos. Sólo yo pude.
P. ¿Empezaron enseguida a trabajar?
R. Al día siguiente. Primero nos cortaron el pelo y nos afeitaron el cuerpo entero, para purificarnos, supongo. Cada vez que llegaba un tren era el mismo rito. Muchos días llegaban cuatro o cinco trenes. Había dos médicos que te examinaban: te miraban por detrás, y si veían que tenías las carnes del culo flojas, te ponían aparte para darte un tiro en la nuca. A los demás nos duchaban y nos pasaban a una mesa larga donde nos tatuaban el número en el brazo. El mío es el 182.727. Después te daban la ropa de un muerto, por aquella época ya no quedaban uniformes. Ahí le pregunté a uno de Salónica por mi hermano y me dijo que se había salvado con dos primos.
P. ¿Luego qué pasó?
R. Nos metieron en el barracón de la cuarentena. Si estabas enfermo, te descartaban. Tenían menester de personas para trabajar. Un día vinieron a buscar a 80 personas y yo dije que sabía hacer de barbero. No era verdad, pero todos dijimos lo mismo. Pasamos tres semanas en el campo de trabajo, barracones 9 y 11, rodeados por una alambrada de espino. Un polaco me explicó lo que pasaba. "Somos el comando especial y hacemos esto y esto". Mi obsesión era comer. Me dijo que los que trabajaban en el comando comían un poco más que los demás. Y que cada tres meses hacían la selección para que no hubiera testigos.
P. Y empezó a trabajar de barbero.
R. Me dieron unas tijeras muy grandes, como de poda. Cortaba el pelo de las mujeres muertas. Usaban los cabellos para hacer ropa, y también para fabricar moquetas para los submarinos. Un amigo dijo que era dentista y le dieron unas pinzas y un espejito para quitar el oro de la boca de los muertos. Trabajábamos 12 horas al día. Una semana de noche y otra de día. Era uno de los mejores horarios.
P. ¿Los que llegaban sabían que iban a morir?
R. Nadie lo sabía. Te decían que ibas a la ducha y luego a la casa. Te asignaban una percha para la ropa con un número, y te decían que lo recordaras para que no te lo robaran. La capacidad de la cámara de gas era de 1.450 personas, pero muchas veces metían a 1.700. Los comandos les ayudaban a desvestirse y les acompañaban hasta la única puerta. El gas lo metían los alemanes desde fuera por unas trampillas del sótano; venían en un coche con el emblema de la Cruz Roja para engañarles, sacaban una caja de metal, la abrían y metían en los agujeros las piedrecitas impregnadas de ácido cianhídrico. Con el calor de la gente, las piedras soltaban vapor, y por eso los más fuertes trataban de trepar a lo más alto para salvarse. Morían como moscas. Desde fuera, un alemán miraba por la mirilla y encendía la luz para ver si todavía estaban vivos.
P. ¿Y luego llegaba el turno de los barberos?
R. Primero tenían que sacar los cuerpos desde la cámara hasta el atrio, donde estábamos los barberos y los dentistas. Era difícil sacarlos, porque los cuerpos estaban atenazados unos con otros. Cuando nosotros terminábamos el trabajo, se subían los cuerpos en el ascensor hasta los hornos. Cada horno tenía tres bocas, y se metían los cuerpos de dos en dos en cada boca. Esos turnos duraban también 24 horas.
P. Coincidió usted en el campo de exterminio con Primo Levi [escritor judío italiano autor, entre otros libros, de Si esto es un hombre, un relato sobrecogedor sobre su estancia en Auschwitz] . ¿Qué le parece lo que escribió sobre los comandos especiales?
R. Primo Levi hizo cosas que no debió hacer. Escribió mal de los que trabajábamos allí. Dijo que éramos los cuervos negros. ¡Ojalá hubiera sido yo un cuervo negro para poder salir volando de allí! Mejor eso que dejar de ser persona y convertirte en un número. No teníamos elección. Trabajando no pasabas frío, dormíamos junto a los hornos, y comías un poco más. Mientras yo estuve allí, entre septiembre y noviembre de 1944, mataron a 741 sonderkommandos. Y antes de que yo llegara, a algunos cientos más. De más de 1.000, solo nos salvamos 70 u 80. Y con mucha suerte.
P. ¿Y cómo es posible soportar eso casi nueve meses, formar parte del engranaje?
R. La primera semana no entendías cómo no te volvías loco. Tenías un pedazo de pan en la mano y pensabas: "Con esta mano he tocado a los muertos". Luego, el cerebro cambia, te conviertes en un autómata, no piensas, sólo esperas no toparte con gente que conoces, cuando veías un conocido era terrible. Yo me encontré con mi primo León cuando ya llegaban los rusos, el último día. Me llamó y casi no le reconocía. Hablé con un alemán, le pedí que lo salvara, me dijo: "Aquí no se salva nadie". "León, no hay nada que hacer", le dije, y le pregunté si tenía hambre. Subí a buscarle una lata de sardinas y se la comió en un segundo. Me preguntó cómo iba a morir, si duraba mucho, le acompañé a la cámara de gas y luego le saqué...
P. ¿Usted se ha sentido o se siente culpable de haber sobrevivido?
R. No me siento culpable de nada... Tuve suerte. A los que no querían trabajar los mataban, a los que trabajaban, también. Para ellos, matar a 100 o 1.000 era la misma cosa. A veces llegaban tantos que los mataban a todos sin seleccionar a nadie. Otras veces había tantos trenes, que los dejaban allí y se morían dentro antes de salir.
P. ¿Cómo fue el final?
R. Dieron orden de limpiarlo todo para no dejar pruebas. Empezaron a destruir los hornos, cada día usaban a 1.000 niños para quitar las tejas. Cuando dieron la orden de evacuar, fuimos andando tres kilómetros desde Birkenau hasta Auschwitz, allí la gente estaba loca de contenta. Los de los comandos íbamos juntos, nos metieron en un barracón, y a medianoche entró un alemán preguntando quién había trabajado en los comandos, pero nadie dijo nada. A las cinco empezó la marcha de la muerte. Al que se caía, lo mataban. Solo quedaron atrás los enfermos, no los podían enterrar. Anduvimos dos días a pie, durmiendo al raso, hasta Mauthausen... Luego vine a Italia, conocí a Marika, tuve tres hijos estupendos...
P. Y finalmente se animó a contarlo.
R. Nunca encontré a nadie que me contara nada. Ni mi hermana, ni mi hermano, ni mis primos quisieron hablar... En Israel conocí al jefe del comando que nos salvó la vida, pero ya estaba muy mayor.... Sólo quedaba yo...

diumenge, 23 de maig de 2010

"La Guerra de Sucesión marcó la entrada de España en la decadencia" (debate hsitoriográfico Almansa - Martínez Shaw - Kamen)

ALBAREDA, J.: La Guerra de Sucesión de España: 1700-1714 (Crítica)

CARLES GELI EL PAÍS 22/05/2010


El historiador rompe tópicos sobre el episodio bélico cuya esencia ha estado oculta por "tanta carga ideológica" y sostiene que los vencedores fueron Inglaterra y los Borbones
Fue, bien mirado, la primera guerra mundial (implicó a casi toda Europa y parte de América) y, después de la Guerra Civil de 1936, el episodio de la historia de España más ideologizado. Se trata de la Guerra de Sucesión. El historiador Joaquim Albareda (Manlleu, Barcelona, 1957) lleva desde 1985 a vueltas con el tema, como demuestra la bibliografía de su recién La Guerra de Sucesión de España: 1700-1714 (Crítica): más de 600 referencias. Leído todo, digerido como pocos y rebuscada la documentación en 18 archivos de cinco países, su último libro pasa por ser, hoy, de los mejores compendios sobre el episodio, con tres ideas de las que rompen tópicos: no fue una guerra dinástica ni entre los nacionalismos catalán y español; la victoria borbónica no comportó la modernidad de España y el único que ganó fue Inglaterra.

La Guerra de Sucesión de España (1700-1714).

La Guerra de Sucesión de España (1700-1714).
Joaquim Albareda.
Crítica. Barcelona, 2010.
592 páginas. 29 euros.

PREGUNTA. Leído su libro, uno tiene la sensación de que la Guerra de Sucesión española se ha enseñado muy mal.
RESPUESTA. El problema es que es un episodio al que se ha vertido tanta carga ideológica que ha ocultado su esencia. Ya no se puede explicar como una guerra estrictamente dinástica. Y tampoco en clave nacionalista en términos actuales porque no responde a la realidad de la época.
P. ¿Entonces?
R. Entonces, lo que se enfrentó fueron dos modelos de entender la política y, por ello, dos modelos de Estado: por un lado, una concepción jerárquica, de obediencia casi sagrada al rey, en la que éste, representado por el Borbón Felipe V, gobierna por pragmática sanción, y un modelo más parlamentarista, un republicanismo monárquico, donde las leyes, las constituciones catalanas o los fueros valencianos o aragoneses, por ejemplo, se aprueban en Cortes, representado por Carlos III, de la casa de los Austria. Pero los mitos sobre 1714 van cayendo.
P. ¿Mitos caídos?
R. Sí, como ese de la pugna entre nacionalismos o el de que, gracias a la victoria de Felipe V, España se convirtió en un Estado moderno. Creer que los reyes transformaban la realidad es, como mínimo, ingenuo; lo hacían las fuerzas sociales emergentes y éstas, en el sistema austriacista, mantenían organismos que les daban voz: ahí había más fluidez social y política. Decir que el absolutismo borbónico aportó la modernidad a España es muy exagerado.
P. Se queja con nombres y apellidos de historiadores que van en esa línea, como Carlos Martínez Shaw y Henry Kamen.
R. Es que es difícil ver modernidad allí donde, por ejemplo, se militarizan estructuras políticas con el Decreto de Nueva Planta: más del 90% de los corregidores que se imponen en la antigua Corona de Aragón habían sido militares y eso acabó así en todo el país. ¿Es moderna la venta de cargos de la Administración sistemática como se dio con Felipe V? ¿O las reformas pensadas sólo para fortalecer el poder del rey y de la dinastía?
P. El libro recuerda que la Guerra de Sucesión afectó a toda España.
R. Es que también había austriacistas en el resto de la Península; ahí está el almirante de Castilla, que en 1704 ya conspira contra Felipe V. El mismo Consejo de Estado del rey, entre 1704 y 1705, le dice al monarca: "Así, sin respetar fueros y constituciones, no se gobierna". Felipe V arrinconará a toda esa gente. Además, en Castilla también había una tradición política de siglos anteriores, pero el pueblo estaba secuestrado por una política en clave teológica, que exigía fidelidad ciega al rey; la mentalidad castellana era más jerárquica. Pero también hay resistencia en Valencia, en Aragón y en Cádiz, que ahí si no cuajó fue por los excesos que las tropas inglesas hicieron tras su desembarco y que malograron la imagen y las expectativas austriacistas en Andalucía.
P. La represión borbónica, económicamente fue más fuerte en Castilla, pero más numerosa en Cataluña. ¿Cómo se explica?
R. Por un doble motivo: parte de las clases dirigentes castellanas se dan cuenta de que Felipe V va introduciendo, por influencia de su abuelo Luis XIV, una notable cantidad de franceses en la Administración y temen, no sin razón, que se lo acaben comiendo todo; por otro, desde finales del XVII en Cataluña se dan mecanismos de ascenso social más flexibles y estas clases, más numerosas, tendrán una mayor adhesión a la causa austriacista porque ésta les permite tribunas de representación que perderían con Felipe V. Los patrimonios, claro, eran distintos.
P. Asegura que hay que quitarle carga nacionalista al tema, pero la Guerra de Sucesión se da en el contexto de la formación de los Estados-nación en Europa...
R. Toda monarquía tiende entonces a incrementar su Gobierno, fortalecidas las maquinarias de los Estados por las guerras. El aumento de poder regio sólo quedaba limitado según las fuerzas sociales que podían mantener a raya a esos monarcas. Eso es lo que ocurre en Inglaterra en 1688, con los whigs (liberales) y los tories (conservadores) y un parlamento en el mismo plano que el rey. Comparado con Escocia y Hungría, en la construcción del Estado-nación Cataluña fue la más perjudicada porque lo perdió todo; Escocia, parcialmente, porque si bien se quedó sin parlamento firmó el Acta de Unión de 1707, reversible y que dio escaños a los escoceses en las salas de los Comunes y la de los Lores, o sea, nada que ver con el Decreto de Nueva Planta borbónico; los mejor parados fueron los húngaros, que obtuvieron la monarquía austro-húngara.
P. Ni Carlos III ni Felipe V quedan, como monarcas, muy soberanos en el libro.
R. Los dos reyes tuvieron problemas económicos y políticos similares; por ello los dos acabaron siendo sendos títeres de dos potencias: Felipe V, de la Francia de su abuelo, y Carlos III, de la ambiciosa Inglaterra de la princesa Ana. El factor internacional marcó el conflicto, pero quien lo ganó de veras fue Inglaterra, que logró arrancar de España prebendas comerciales en América y logró que Francia le hiciera otras y además se quedara exhausta... El cinismo de los ingleses fue impresionante, por ejemplo, incitando a los catalanes a la guerra y luego abandonándoles a su suerte... Trabajaron con tantas trampas y negociaciones a dos bandas que confundieron hasta a sus embajadores.
P. Es curioso que ganara Felipe V y la monarquía borbónica porque en diversos momentos estuvieron contra las cuerdas.
R. Felipe V tuvo suerte. Su abuelo intentó un acuerdo de paz cuatro veces con ingleses y holandeses, aliados de Carlos III; incluso, en 1710, estaba dispuesto a que Felipe V abdicara; pero la llegada de los tories al Gobierno inglés, partidarios ya de dejar la guerra, y la muerte del emperador José I en Austria que significó que Carlos III fuera emperador, dieron un vuelco a la situación.
P. ¿Felipe V estaba enfermo?
R. Padecía un trastorno bipolar, melancólico, de gran dependencia sexual de su mujer que compensaba confesándose inmediatamente y que hallaba consuelo en la guerra... ¡Si estuvo a punto varias veces de ser hecho prisionero, la última en 1710 en la batalla de Almenar, de tanto que se exponía!
P. Como hoy, el ruido mediático estuvo.
R. Fue la primera vez que se daba de una manera tan planificada una guerra de plumas. En Inglaterra, Jonathan Swift y Daniel Defoe estuvieron al servicio tory para que Inglaterra saliera de la guerra y pactara con Francia; y un pensador como Leibniz escribió a favor de la causa austriacista; en España, Felipe V impulsó la Gaceta de Madrid y Carlos III, la Gaceta de Barcelona.
P. Triste modernidad
...
R. Sí, como todo el episodio en sí, raíz de un grave problema que afecta al presente: una visión de España muy unitaria frente a una más plural. O el hecho de que vascos y navarros conserven hoy sus fueros, gracias a que financiaron buena parte de la guerra a Felipe V... La Guerra de Sucesión marcó la entrada de España en la decadencia y en clave interna significó el fortalecimiento de los Borbones porque se gobernó al servicio de sus intereses; el XVIII acabó siendo un siglo desierto de avances políticos y de hierro en lo social, con un alto grado de militarización y absolutismo liquidando sistemas conciliares: la Guerra de Sucesión la ganó la dinastía de los Borbones, no España.

Armas, muertos y exilio

Las dimensiones y la dureza de lo que dirimió la Guerra de Sucesión podrían simbolizarse en las siguientes cifras:
- 1.300.000 soldados en liza en 1710 por el conflicto en todo el mundo.
- 1.251.000 muertos en Europa; de ellos, 500.000 en Francia.
- 200.000 doblones fue la cifra en que se tasó Menorca, vendida a Inglaterra como pago de las deudas militares de Carlos III.
- 72.000 armas requisadas en Barcelona tras la victoria de Felipe V.
- 40.000 bombas cayeron en Barcelona durante el asedio borbónico.
- 39.000 soldados borbónicos sitiaban Barcelona en 1714.
- 30.000 personas se exiliaron fuera de España tras la victoria borbónica.
- 12.000 fusiles se comprometió a aportar Inglaterra, junto a 8.000 hombres y 2.000 caballos, en la alianza con Cataluña contra los Borbones en el pacto de Génova del 20 de junio de 1705.
- 7.000 soldados perdieron las tropas aliadas en la batalla de Almansa en 1707. Será el inicio del fin de la causa austriacista.
- 5.400 soldados resistentes en Barcelona en 1714, 3.500 de la famosa La Coronela, tropa pagada por los gremios.
- 61 días resistieron los barceloneses con la muralla abierta por las tropas del sorprendido duque de Berwick.
- 11 veces los resistentes reconquistaron el Baluarte de San Pedro, clave para el acceso, en la madrugada del 10 al 11 de septiembre de 1714.

dimecres, 19 de maig de 2010

El dandi, el incorruptible y el famoso


Laura Freixas,ESCRITORA
 
REVISTA DE LIBROS nº 161 · mayo 2010
 
Al preguntarle alguien cuál era su lago escocés favorito, George Bryan Brummell se volvió a su mayordomo: «¿Cuál es mi lago favorito?». «Windermere, señor», apuntó el criado respetuosamente. «Ah, sí, Windermere», bostezó el apodado «bello Brummell». La anécdota (recogida por Scaraffia en su Diccionario del dandi) condensa la actitud del dandi ante la vida: la falta de deseo, la desgana, el desprecio por los gustos del vulgo. Y el aburrimiento: otro dandi notorio, el francés Barbey d’Aurevilly, llevó un diario en el que la frase más repetida, a lo largo de decenas de años y centenares de páginas, es «Je m’ennuie».

El personaje del dandi irá fundiéndose progresivamente con el del artista, un tipo de artista por lo menos: el romántico, el bohemio, el maldito. Nacido a finales del XVIII, el dandi llega hasta entrado el siglo XX, con amplios meandros geográficos y sociales: pasa por el aristócrata Robert de Montesquiou, modelo del proustiano barón de Charlus; por Baudelaire, Byron, Musset y Wilde; por personajes de ficción, como Jean Des Esseintes –el melancólico héroe de À rebours, de Joris-Karl Huysmans– o el mismo Julien Sorel; llega hasta el revolucionario Maiakovski, el elegante Cocteau, Valle-Inclán y su carlismo estético. Desdeñoso del dinero y el rango –se cuenta que cayó en desgracia el día en que el príncipe de Gales le pidió que apagara una lámpara y él contestó: «Hazlo tú, George, que estás más cerca»–, Brummell hacía ostentación de preocuparse por una sola cosa: sus guantes, que encargaba a tres artesanos diferentes, uno especialista en la palma, otro en el pulgar, y un tercero para el resto de los dedos. En el fondo, tanto da los guantes como el pretendiente Carlos o la libertad de Grecia: la cuestión es ir en todo à rebours, a contrapelo de las odiadas masas. «Cuando la gente piensa como yo –sentenciaba Wilde– siento que debo de estar equivocado».

El problema, claro está, es que las masas han ganado la partida. No es que los dandis, y sus descendientes los escritores malditos, lo hubieran dudado ni por un instante. Al contrario, lo sabían: de ahí su melancolía y su aburrimiento. El odio y el desprecio de cierto tipo de artistas hacia la sociedad de masas (que ellos, por cierto, identifican arbitrariamente con las mujeres, desde la pobre Emma caracterizada como el (la) mal(a) lector(a) por antonomasia, hasta la escarnecida maruja de nuestros días) es uno de los hilos conductores de la historia de nuestra cultura en los últimos dos siglos: véase lo escrito por Andreas Huyssen, Rita Felski o Nora Catelli. Pero las masas, repito, han ganado la partida. Si esto ya era evidente en la época de las novelas por entregas, hoy hemos ido un paso más allá. Los editores dependían, de acuerdo, de la cuenta de resultados, pero no dejaban de tener un gusto propio. No siempre o no todos se limitaban a reflejar las preferencias del gran público, a servirle lo que éste pedía; a veces publicaban lo que a ellos les gustaba, aunque vendieran poco, o incluso conseguían modelar el gusto del público según el suyo propio. Ese tipo de editor hace años que está en peligro de extinción, como denunció André Schiffrin, pero Internet puede darle la puntilla. Y cuando ya no sólo no hay corte que les haga encargos, ni patricios que les contraten como institutrices o bibliotecarios, ni Iglesia que les acoja en sus conventos, sino que ni siquiera haya editores, ¿de qué podrán vivir los escritores? Sólo del mercado puro y duro. O si queremos matizar un poco más: del mercado, de los premios, de la fama.


Aunque resulte paradójico, la figura del escritor famoso es heredera de la del escritor comprometido. Al contrario del dandi, el escritor engagé no se aparta desdeñosamente de su tiempo, ni abomina de las masas. En Qu’est-ce que la littérature (1947), Sartre propone a los literatos que aspiren a cambiar la sociedad, dirigiéndose no a la élite, sino a la humanidad entera, y recurriendo sin miedo a «eso que los americanos han adornado con el nombre de mass-media». ¿Y qué otra cosa hace el escritor que vive, o aspira a vivir, del mercado?


Esa similitud entre uno y otro tipo de escritor en apariencia tan distintos la intuyó Julien Gracq cuando en su panfleto de 1949 La littérature à l’estomac arremetía contra ambos. Gracq ataca tanto la literatura que «deja de lado cualquier desvelo estético en aras de la exaltación de la fe» como aquella otra que sólo pretende «hacerles gratos al prójimo los ratos de ocio». Lo que tienen en común es que, en uno y otro caso, los autores son conocidos no tanto por sus textos como por su presencia pública. Figura discreta, que vivía de su salario como profesor de instituto y publicó muy pocos libros en su vida, Gracq se mantuvo fiel a la incorruptibilidad que proclama su pseudónimo (Julien por Le rouge et le noir, y Gracq por los reformistas de la antigua Roma): en efecto, rechazó el Goncourt, que sí aceptó, en cambio, la muy comprometida Simone de Beauvoir, mientras que Sartre rechazaba el Nobel. Medio siglo después, la transición se ha completado: nadie rechaza premios. ¿Transición hacia dónde? Hacia la reconciliación (al menos, grosso modo), que los premios simbolizan, del artista con el público y con el Estado.


¿Qué significan hoy, pues, los premios para los escritores? Ante todo, una necesidad: Bolaño los comparaba a búfalos, que el escritor piel roja sale a cazar para ganarse su sustento. En su libro España, aparta de mí estos premios, presidido por esa cita del autor chileno, el peruano-sevillano-japonés Fernando Iwasaki revela con qué cepos se cazan tan codiciadas presas. Se trata de un divertimento que parece inspirado en los Exercices de style de Queneau, aquellos noventa y nueve textos que narraban, en otros tantos géneros (de la carta oficial al soneto), un mismo incidente banal. Iwasaki inventa una historieta y nos muestra cómo puede adaptarse a los gustos del jurado que toque, taurino, espeleológico o flamenco: el resultado es hilarante. Pero allí donde Iwasaki es benévolo, Thomas Bernhard, en cambio, es vitriólico. Él también recibió premios, y sustanciosos, pero habla tan mal de ellos (los funcionarios culturales le parecen «autoritarios y estúpidos», las ceremonias «de mal gusto», la concesión del pequeño premio nacional en vez del grande, «una infamia» destinada a humillarlo) que más bien parecen castigos. Pero entonces, ¿por qué los aceptó? Porque «soy codicioso, no tengo carácter, yo también soy un cerdo».


Tal vez Mis premios, última obra –y póstuma– del autor austríaco, es también el último estertor del dandismo literario, si por tal entendemos el desprecio del artista por el público. Escritor conocido, que podía vivir de sus ventas (y premios), Thomas Bernhard no quería renunciar a ser también maldito. Actuaba como esos políticos que de lunes a viernes viajan en coche oficial y llevan traje, pero el sábado se ponen la cazadora de cuero y salen a manifestarse. Una doble personalidad parecida, pero no con carácter simultáneo, sino sucesivo, la mostró entre nosotros el más difícil, minoritario y prestigioso de los escritores españoles de la segunda mitad del siglo XX: me refiero a Juan Benet, que en 1980 decidió presentarse nada menos que al premio Planeta (quedó finalista), cosa que marca, como alguna vez ha escrito Constantino Bértolo, un antes y un después en la historia literaria española. ¿Qué conclusión sacar de todo esto? Por lo menos una: definitivamente, el dandi ha muerto.

BIBLIOGRAFÍA

•  Jules Barbey d’Aurevilly: Memoranda. Diarios 1836-1864, trad. de Carlos Cámara y Miguel Ángel Frontán, Coín, Alfama, 2009.
•  Thomas Bernhard: Mis premios, trad. de Miguel Sánez, Madrid, Alianza, 2009.
•  Nora Catelli: Testimonios tangibles. Pasión y extinción de la lectura en la narrativa moderna, Barcelona, Anagrama, 2001.
•  Rita Felski: The Gender of Modernity, Cambridge, Harvard University Press, 1995.
•  Julien Gracq: La literatura como bluff, trad. de María Teresa Gallego Urrutia, Barcelona, Nortesur, 2009.
•  Fernando Iwasaki: España, aparta de mí estos premios, Madrid, Páginas de Espuma, 2009.
•  Raymond Queneau: Ejercicios de estilo, trad. de Antonio Fernández Ferrer, Madrid, Cátedra, 1987.
•  Jean-Paul Sartre: ¿Qué es la literatura?, trad. de Aurora Bernárdez, Buenos Aires, Losada, 1967.
•  Giuseppe Scaraffia: Diccionario del dandi, trad. de Francisco Campillo, Madrid, Antonio Machado Libros, 2009.
•  André Schiffrin: La edición sin editores, trad. de Eduard Gonzalo, Barcelona, Destino, 2000.
Sur le dandysme aujourd’hui, exposición en el Centro Galego de Arte Contemporánea, 15 de enero-21 de marzo de 2010.

La fama, en serio



Jorge Bustos
FILÓLOGO Y PERIODISTA
 
 
REVISTA DE LIBROS nº 161 · mayo 2010
 
 
Margarita Rivière
LA FAMA. ICONOS DE LA RELIGIÓN MEDIÁTICA
Crítica, Barcelona 368 pp. 22 €
 
Este libro es el resultado de desarrollar en forma sistemática tres famosos e indiscutibles aforismos: uno de Aristóteles («El hombre es un animal social»), otro de Chesterton («Cuando el hombre deja de creer en Dios acaba creyendo en cualquier cosa») y el tercero de Marshall McLuhan («El medio es el mensaje»).

La autora, periodista de larga experiencia, ensayista y profesora de comunicación, detalla en esta obra la genealogía y el funcionamiento del régimen mediático que hoy impera en las sociedades de consumo posmodernas. El antropocentrismo que dominaba el ágora griega fue sustituido por la sociedad estamental de la Edad Media, y ésta por el individualismo carismático del Renacimiento, que equivale al principio rector de la modernidad. Cuando el hombre se desentiende de las abstracciones teológicas, concentra sus esfuerzos en el mundo terrenal y sus industrias, y entonces nace la burguesía, al tiempo que la Reforma justifica una idea de honorabilidad vinculada al éxito en los negocios, siguiendo las clásicas interpretaciones de Weber y Bauman. Así se consolida el encarecimiento –que fomentó Maquiavelo y perfeccionaría luego Graciánde la fama como síntesis valorativa del individuo sancionada por la sociedad y extremada obsesivamente en la competencia con otros. La fama como continuación ontológica del individuo en los demás está contemplada ya por los antiguos: pero el vuelo de la fama hoy es tan instantáneo y global que la alienación resulta inevitable: la imagen mediática llega a suplir hoy toda la personalidad de un individuo a efectos prácticos.

Cuando llega la era de las masas, y sus correlativos medios de comunicación de masas, la excelencia es ya completamente suplantada por la celebridad, y el carisma por la fama mediática. La sanción social no compete ya al cura ni a la corte, sino al periodista, y el objeto de la irrefrenable necesidad humana de rendir culto ya no son sólo los santos sino los nuevos iconos laicos, síntesis expresiva de la colectividad. La política se ejerce con arreglo escrupuloso a los códigos mediáticos, describiendo el endogámico y oligopolístico «círculo de hierro» de la fama, según el cual una poderosa élite social –los periodistas– construye o destruye la reputación de otra –los iconos, materia de la información–, opacando lo que no les interesa. Y no sólo los medios reinventan la política: también el deporte, la economía, la guerra: todo. La realidad mediática es más real que la otra, bautizada por la autora como «realidad real». La idea no es original: ahí está la caverna de Platón. El medio es el mensaje y el mundo un telediario.

La novedad interesante que aporta la autora es el parangón cabal con el funcionamiento de cualquier religión institucionalizada, si bien toma pie de la sociología de Durkheim. La ansiedad de la masa por salir del anonimato –llegando a la profesionalización de ese ansia, tal en los realities– equivaldría al anhelo de salvación que aprovechan los clérigos mediáticos; el star system de los iconos, al panteón celestial; el premio tras el juicio es la celebridad, y el castigo no es otro que el alienante anonimato; la fe se profesa cada vez que uno se pone, por ejemplo, frente a un televisor, y el conjunto de la iglesia es la audiencia; la comunión de los santos la instituye el reconocimiento colectivo de la relevancia de los iconos canonizados; los templos tienen forma de plató o de redacción o de estudio de radio; y así sucesivamente. Como sabe la antropología estructural –ahora que ha muerto su fundador–, estas funciones son universales y no se ciñen a un cronotopo ni etnia en exclusiva. La descripción de Rivière es, por tanto, acertada, y recurre a ejemplos incontestables como la conmoción planetaria –de inequívoco cariz religioso– que aparejaron las muertes de Lady Di o Michael Jackson. También es muy pertinente su denuncia del estado de regresión infantil que subyace a estos comportamientos globales, como si la edad adulta de la humanidad que Kant vinculó a la Ilustración hoy representara de nuevo un anhelado estadio por alcanzar.


Muy sugestivo también el análisis estructural que la autora hace del telediario y la publicidad, alternancia escandalosa de infierno (una buena noticia no es noticia) y paraíso consumista. En un remedo de la aparente boutade wildeana según la cual la naturaleza imita al arte, los editores actuales ajustan los noticieros a las pautas ficcionales de un Hitchcock: se quieren contar «historias», no noticias, porque la audiencia pueril sólo digiere la simplicidad maniquea de los héroes (Beckham, Botín, Obama) y los villanos (Bin Laden, Madoff) en el drama de cada día, a fin de poder consumar la identificación y detonar la catarsis aristotélica merced al horror o bien a la piedad. Así, el régimen mediático se adueña también de la moral pública. Y así, junto a la ética personal, la estética original queda igualmente socavada, y uno se pregunta si, efectivamente, estará aquí la razón de la clamorosa carencia de obras artísticas sublimes en los últimos años o décadas, en provecho del pop más insustancial.


El libro de Rivière, no obstante, tiene defectos importantes, a nuestro juicio. Primero, la amplitud del tema y la ausencia de un enfoque definido comprometen sin concierto disciplinas como la historia, la sociología, la teoría de la comunicación, el estudio de campo y hasta las memorias. Algo tanto más grave cuanto que muchas páginas repiten las mismas ideas una y otra vez. Esto sería disculpable si se tratara de un ensayo, de índole más personal o literaria, pero no lo es tanto cuando existe la pretensión clara de sentar conocimiento al modo de un tratado netamente académico. Sin embargo, lo peor son algunos tics demagógicos de una ingenuidad impropia del periodista avezado, o sea, aquel con el grado imprescindible de sano cinismo y vacunado contra lo peor de ese progresismo que se avergüenza de la civilización occidental. La autora da por evidente un férreo prejuicio mediático contra las mujeres, como si un patriarcado celoso de prolongar su privilegiada posición se empeñara en sacar sólo a varones en las informaciones. ¿No será que si hay menos mujeres-noticia que hombres-noticia, es porque no son noticia, sin más? En el mundo de la moda, por ejemplo, los desfiles femeninos reciben el triple de atención mediática que los masculinos. Aunque, claro, siempre podrá alegarse que eso es fruto del rijo baboso del patriarcado. No falta tampoco una defensa quijotesca de los antisistema frente al mundo «hipercapitalista» [sic], y en general se postula una mano negra bajo la especie de no sé qué multinacionales celosas de la explotación de este lucrativo guiñol que nos manipula. Conspiraciones del capital aparte –¡el hombre compite desde la prehistoria!–, ¿no será que el ser humano es religioso por naturaleza, que no puede cesar de adorar, y que el mercado se organiza para satisfacer esa honda y secular demanda?


Por último, cabe lamentar el exceso de academicismo en la exposición y la incapacidad estilística para distanciarse del aburrido tono doctoral, reiterativo y pedante a ratos. El periodista reconvertido en profesor suele acusar un afán cientifista de un purismo ridículo, creyente devoto en eso de las «ciencias de la información» y receloso de lo mejor del periodismo, que no pocas veces consiste justamente en la espontaneidad, la subjetividad, la expresividad, la mixtificación y el humor. Es decir, lo humano. Si me permiten el chiste, a este libro, en medio de tanta fama, le falta algún que otro cronopio.

LA REVOLUCIÓN CULTURAL

La década convulsa
 
Manel Ollé, PROFESOR DE HISTORIA Y CULTURA CHINA EN LA UNIVERSIDAD POMPEU FABRA
 
http://4.bp.blogspot.com/_BclHRawpynQ/RXsJz1uPu9I/AAAAAAAAAAc/CH6h1asDJaA/s400/images.jpghttp://edicionesigitur.com/ricardocanogaviria/images/humillacion%20publica.jpghttp://comunidad-escolar.cnice.mec.es/742/fotos/age742d.jpg

Roderick MacFarquhar y Michael Schoenhals
LA REVOLUCIÓN CULTURAL CHINA
Trad. de Ander Permanyer y David Martínez-Robles
Crítica, Barcelona
910 pp. 45 €
 
La Revolución Cultural que impulsó Mao Zedong entre 1966 y 1976 parece quedar en las antípodas de la China actual del socialismo de mercado, de los rascacielos rutilantes y de los índices de crecimiento acelerado. Sin embargo, es imposible entender lo que pasa hoy en China sin tomar en consideración el influjo latente de esta década convulsa. Tanto las continuidades (el nacionalismo de Estado, la aspiración a eternizar el monopolio del poder del Partido y el icono intocable de Mao) como las rupturas (la economía de mercado, el pragmatismo, la polarización social, la apertura al mundo exterior, el culto a la estabilidad, al consumismo y al lujo) sólo se entienden como una reacción selectiva al colectivismo masificador, cargado de violencia política, de purgas, delaciones y persecuciones cainitas que se desató con la Revolución Cultural. Fuentes chinas contrastadas cifran en más de un millón las muertes violentas y no naturales de aquel período, y hablan de alrededor de cien millones de represaliados, públicamente denigrados o apaleados, deportados o enviados a campos de reeducación. Son cifras que apuntan a un balance traumático y de largo alcance.

Las primeras aproximaciones historiográficas a la Revolución Cultural se produjeron prácticamente a [...] 
 
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La revolución permanente: Trotski y el trotskismo

 
Stanley G. Payne

REVISTA DE LIBROS nº 161 · mayo 2010
 
Bertrand M. Patenaude
STALIN’S NEMESIS: THE EXILE AND MURDER OF LEON TROTSKY
Faber & Faber, Londres
 
Jean-Jacques Marie
TROTSKI. REVOLUCIONARIO SIN FRONTERAS
Trad. de Horacio Pons
Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires
 
Robert Service
TROTSKY. A BIOGRAPHY
Macmillan, Londres
 
Leon Trotski fue el paradigma de revolucionario europeo del siglo XIX, y a finales de 1917 era ya uno de los hombres más famosos del mundo. Fue el organizador clave del golpe de Estado con que los bolcheviques se hicieron con el poder en noviembre de 1917 y, más tarde, el comisario de asuntos militares que condujo al Ejército Rojo a la victoria en la gran guerra civil de 1917-1921. Posteriormente, exiliado de la Unión Soviética, se convirtió en el líder de un movimiento internacional de la extrema izquierda revolucionaria y su doctrina de la «revolución permanente» pasó a ser la esencia del «trotskismo». Su muerte fue casi tan notoria como su vida y el asesinato de Trotski en México a manos de un agente español de la NKVD soviética en 1940 fue una de las causes célèbres del siglo, «el asesinato más espectacular desde la muerte del archiduque Franz Ferdinand en 1914». 

Existe una copiosa literatura sobre Trotski y el trotskismo, y no poca fue [...]
 
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Alexandr y su hermano Lenin

El zar Nicolás II y familia

El zar Nicolás II, junto a la zarina Alejandra y sus cinco hijos, el 15 de marzo de 1907.

Alexandr Ulianov, joven zoólogo en la Universidad de San Petersburgo, fue ahorcado por participar en una intentona contra el zar Alejandro III. Años más tarde, su hermano Lenin ordenó la ejecución de toda la familia imperial rusa. Philip Pomper bucea en la relación del líder de la revolución de Octubre con su hermano mayor 




PHILIP POMPER EL PAÍS 16/05/2010
Un pequeño grupo de estudiantes de la Universidad de San Petersburgo, autodenominado Facción Terrorista de la Voluntad del Pueblo, planeó asesinar a Alejandro III el 1 de marzo de 1887, en el sexto aniversario de la muerte de su padre, asimismo asesinado por un grupo llamado Voluntad del Pueblo. En consecuencia, esta conspiración aparece en los textos de historia como "segundo complot del 1 de marzo". Todos los estudiosos de la historia revolucionaria rusa conocen el grupo Voluntad del Pueblo y el magnicidio de Alejandro II el 1 de marzo de 1881, un acontecimiento que cambió el curso de la historia rusa, aunque no en la dirección que deseaban los terroristas. En lugar de reforma consiguieron reacción, pero asesinar al zar les proporcionó una aureola de heroísmo.







Alexandr estaba dispuesto a matar a otros y a dar su vida por los ideales de la intelectualidad del siglo XIX


En algún momento de su infancia los hermanos Ulianov intuyeron que pertenecían a un grupo odiado y victimizado


El culto a Lenin, establecido por Stalin y por otros, no podía tolerar un Lenin ni siquiera en parte judío

Aunque no fue sólo por venganza, en 1918 Lenin ordenó la ejecución del hijo de Alejandro III, Nicolás, y de su familia

Sus imitadores, los del segundo complot del 1 de marzo, fracasaron en todos los sentidos. La presa se les escapó. Y sus líderes, entre ellos Alexandr Ulianov, fueron ejecutados en la horca en mayo de 1887. Si el hermano menor de este último no se hubiera convertido en Lenin, Alexandr no habría pasado de ser otra baja más en la larga historia de los mártires revolucionarios rusos. Cabe cuestionarse, incluso, el sacrificio de Alexandr por la causa. Después de todo, ¿cuál fue el resultado de la cadena que llevó a la acción revolucionaria?

(...) Lenin no tenía los mismos objetivos que Sasha [nombre familiar del hermano de Lenin]. Alexandr era un narodnik: creía que, una vez instruida, la gran masa de campesinos llevaría el socialismo a Rusia. Y aunque incorporó algunas ideas marxistas a su programa y a su visión del mundo, éstas no pasaban de ser un elemento más. Sasha no era dogmático, y sin duda su pensamiento habría evolucionado si no hubiera sido ejecutado en la horca a los 21 años. Lenin era muy diferente. Alexandr estaba dispuesto a matar a otros y a dar su propia vida por aquellos ideales de la intelectualidad del siglo XIX, pero su hermano seguía otras consignas. El fracaso de Sasha y el modo en que se había comprometido influyeron en el pensamiento de Lenin. La escasa profesionalidad de la conspiración y el terrible precio que pagaron los jóvenes conjurados influenciaron sin duda a Lenin y su profesionalismo revolucionario. La historia de cómo este se convirtió en un marxista dogmático y en un líder revolucionario de éxito es, sin embargo, demasiado compleja para ser explicada en este libro. La de Sasha y de quienes le acompañaron en la conspiración es otra cosa.
Ante mi sorpresa, me encontré profundamente implicado no sólo en la familia Ulianov, sino también en la psicodinámica de un pequeño grupo de estudiantes universitarios que se convirtieron en terroristas. Los miembros más suicidas del grupo impulsaron hacia delante el proyecto terrorista, y llevaron a Ulianov hasta un punto en que ya no había vuelta atrás. Todos ellos, desde los más temerarios e intelectualmente superficiales hasta el estudioso y ascético Sasha Ulianov, llegaron a la misma conclusión: debían sacrificar su vida por una causa mayor. (...) Con el apoyo de Shevirev, el principal organizador, los terroristas encargados de lanzar las bombas habían rechazado los intentos de Ulianov de retrasar el atentado hasta el otoño. Estaban decididos a asesinar a Alejandro III el 1 de marzo de 1887, durante el trayecto para asistir a una misa de réquiem en memoria de su padre, en el sexto aniversario del magnicidio de Alejandro II, una hazaña de la Voluntad del Pueblo. El 22 de febrero de 1887, los conjurados se reunieron en el café Polonais y decidieron que debían actuar en los días siguientes. El pelotón de combate y Ulianov se citaron a continuación el 25 de febrero y acordaron la hora, el lugar y las posiciones. Ulianov no sólo explicó los aspectos técnicos de sus bombas, sino que, en su calidad de teórico principal, les preparó para (...) el caso de que fueran capturados. Tras reunirse en la Perspectiva Nevski a las once de la mañana, debían dispersarse a fin de patrullar los recorridos más probables que el zar podría tomar en su camino hacia la fortaleza de San Pedro y San Pablo.

(...) Los conspiradores estaban bien informados y supusieron correctamente que el zar saldría del palacio Anichkov a las once de la mañana del 1 de marzo. Era domingo, igual que también había sido domingo el día que su padre fue asesinado seis años antes, y Alejandro III, en efecto, había planeado asistir a una misa de réquiem en memoria de su padre. El zar, la zarina (María Fiodorovna) y sus dos hijos mayores (Nicolás y Alejandro) viajarían en un trineo. El zar ordenó que dispusieran su carruaje y séquito para las 10.45 de la mañana, pero algo totalmente inusual ocurrió a lo largo de la cadena de mandos responsables: el ayuda de cámara del zar le había pasado la orden al cochero, quien olvidó informar al jefe de las caballerizas, el encargado de enjaezar los caballos y engancharlos al carruaje imperial. Alejandro III, con el abrigo puesto y apenas capaz de contener su rabia, esperó sentado en la antesala de su residencia en compañía del ujier de palacio durante casi media hora. En cuanto tuvo la oportunidad, le calentó las orejas al cochero de tal modo que llevó al pobre hombre, un veterano con doce años de servicio, al borde de las lágrimas.
Mientras el zar estaba de plantón, los conspiradores patrullaban las tres calles a lo largo de las cuales tal vez pasara el trineo, y cuando el zar salió del palacio Anichkov, la policía ya había detenido a los conjurados encargados de lanzar las bombas. Si el cochero de Alejandro III hubiera cumplido correctamente con su cometido, los acontecimientos del 1 de marzo de 1887 tal vez se habrían desarrollado de forma diferente, pero sólo si la policía no hubiera logrado actuar a tiempo y los conspiradores hubieran hecho bien su trabajo. Fueron demasiadas las contingencias como para convertir el error del cochero en un acto de la providencia, aunque eso no impidió que muchas de las personas que rodeaban al zar, o incluso el mismo Alejandro III, creyeran en la intervención divina.

La policía capturó a los terroristas con las bombas en la principal avenida de San Petersburgo, la Perspectiva Nevski, al mediodía del domingo 1 de marzo. (...) Tras seis semanas en prisión, los 15 implicados en el contubernio para asesinar a Alejandro III aparecieron el día 15 de abril de 1887 ante un tribunal del Senado dedicado en exclusiva a los crímenes de Estado. El juicio duró cuatro días, a los que siguieron la lectura de la sentencia, las apelaciones y el juicio final, y todos los acusados, salvo cinco de ellos, escaparon a la pena de muerte. (...) Al parecer, la falta de un cadalso permanente y la construcción de uno nuevo retrasaron tres días la ejecución. El traslado y posterior retraso suscitaron falsas esperanzas en los prisioneros que quedaban, al creer que el zar les había conmutado la sentencia.

(...) Los cadáveres fueron arrojados a una fosa común, según se acostumbraba a hacer con los criminales de Estado ejecutados en la prisión de Schlüsselburg. Después de las revoluciones de 1917, y con la ayuda de antiguos guardias de la prisión, Novorusski [otro miembro del grupo implicado] localizó la fosa común. En el año 1919, el régimen soviético erigió un monumento de granito en aquel lugar. En aquel momento, Alexandr Ulianov no recibió ningún reconocimiento especial, pese a que su hermano menor, Vladímir Ilich, encabezaba el nuevo Gobierno soviético bajo su seudónimo revolucionario de Lenin. (Mucho más tarde, después de que los bombardeos de artillería de la Segunda Guerra Mundial dejaran la fortaleza en ruinas, y cuando el culto a los dirigentes se había convertido en algo corriente, el régimen colocó una placa con un bajorrelieve de la cabeza de Alexandr sobre un muro que todavía permanece en pie en el lugar que había ocupado su celda en Schlüsselburg).

En junio de 1918, Lenin vengó a su hermano, y a muchos otros, ordenando la ejecución del hijo de Alejandro III, Nicolás, su esposa y toda su descendencia por un pelotón de fusilamiento. La historia y la Iglesia ortodoxa rusa trataron mejor a Nicolás: el zar y su familia fueron canonizados como mártires en el año 2000.

Si bien es cierto que la historia de las decisiones de Lenin y su comportamiento en calidad de revolucionario y jefe de Gobierno no se pueden simplemente resumir por la palabra "venganza", lo que es indudable es que la ejecución de Alexandr fue el desencadenante. Durante los últimos días de vida de su hermano, en mayo de 1887, el joven Volodia [nombre con el que se conocía en su familia a Vladímir Ulianov, Lenin], de 17 años, se presentaba a los exámenes finales en Simbirsk, en el mismo instituto en el que Alexandr había sido galardonado con una medalla de oro al mejor estudiante al acabar sus estudios secundarios en mayo de 1883. Volodia repitió el éxito académico de su hermano y ganó una medalla de oro en 1887; más tarde la superaría en la profesión de revolucionario. Después de la ejecución de Sasha [nombre familiar del hermano menor de Lenin], pasó mucho tiempo preguntándose por qué su hermano mayor se había unido a un grupo terrorista y asumido un papel dirigente. El silencioso y aplicado Alexandr había pasado casi todas las horas de sus años de juventud en un laboratorio del patio trasero estudiando gusanos e insectos. A la edad de 19 años había ganado otra medalla de oro, en esta ocasión en ciencias naturales, en el primer curso en la Universidad de San Petersburgo. Todo el mundo esperaba que Alexandr se convirtiera en catedrático de zoología. El otro Alexandr había pasado oculto a su familia.

Volodia le explicó a una amiga cercana de la familia, la misma que les había llevado la inesperada noticia de la detención de Alexandr: "Estoy seguro de que tenía que actuar así; de que no podía actuar de ningún otro modo". La firme convicción del joven Lenin sobre la naturaleza del compromiso de su hermano mayor le impelió a intentar comprenderlo, y abordó este misterio con el estado de ánimo de un penitente. Mientras que Alexandr se había sumergido en las ciencias naturales, Volodia, cuatro años más joven que Sasha, las desdeñó y se enfrascó en la literatura, convirtiéndose en un ávido estudioso de los clásicos. Prácticamente aislados el uno del otro en el momento de la detención de Alexandr, los hermanos, desde la muerte de su padre en enero de 1886, se habían enzarzado en una disputa de adolescentes. Ahora, en lugar de intentar demostrar que era diferente de su hermano mayor, Volodia intentó entrar en la mente de éste.

(...) Era difícil que los niños Ulianov, sensibles, idealistas y relativamente protegidos, pudieran librarse de las experiencias escolares traumáticas, y a duras penas pudieron evitar que se crearan relaciones de amor y odio con unos padres admirables y muy cariñosos, pero también severos y exigentes. Tenían un punto vulnerable adicional, secretos de familia. (...) Años más tarde, durante un periodo de antisemitismo creciente en el Partido Comunista, Anna [hermana de Lenin y de Alexandr] decidió escribirle a Stalin y apremiarle a que hiciera públicos los antecedentes judíos de la familia Ulianov. No logró comprender el antisemitismo del propio Stalin, ni tampoco el deseo del Partido Comunista de deshacerse de su posible personaje "judío". (...) Ni que decir tiene que el antisemitismo constituyó uno de los factores tras las purgas de sangre y los juicios de Moscú a finales de la década de 1930. El culto a Lenin creado por Stalin y por otros no podía tolerar un Lenin ni siquiera en parte judío. El secreto de familia se convirtió en un importante asunto de Estado. Anna y Alexandr ya habían sufrido el daño psicológico. En algún momento de su infancia habían intuido que pertenecían a un grupo odiado y victimizado y que todo ello era injusto en grado sumo, pero tampoco tenían los recursos para hacer nada. Las memorias de Anna registran episodios traumáticos significativos en la historia del carácter triste y silencioso de Sasha, pero, desde luego, no toda la historia. -Un pequeño grupo de estudiantes de la Universidad de San Petersburgo, autodenominado Facción Terrorista de la Voluntad del Pueblo, planeó asesinar a Alejandro III el 1 de marzo de 1887, en el sexto aniversario de la muerte de su padre, asimismo asesinado por un grupo llamado Voluntad del Pueblo. En consecuencia, esta conspiración aparece en los textos de historia como "segundo complot del 1 de marzo". Todos los estudiosos de la historia revolucionaria rusa conocen el grupo Voluntad del Pueblo y el magnicidio de Alejandro II el 1 de marzo de 1881, un acontecimiento que cambió el curso de la historia rusa, aunque no en la dirección que deseaban los terroristas. En lugar de reforma consiguieron reacción, pero asesinar al zar les proporcionó una aureola de heroísmo.
Sus imitadores, los del segundo complot del 1 de marzo, fracasaron en todos los sentidos. La presa se les escapó. Y sus líderes, entre ellos Alexandr Ulianov, fueron ejecutados en la horca en mayo de 1887. Si el hermano menor de este último no se hubiera convertido en Lenin, Alexandr no habría pasado de ser otra baja más en la larga historia de los mártires revolucionarios rusos. Cabe cuestionarse, incluso, el sacrificio de Alexandr por la causa. Después de todo, ¿cuál fue el resultado de la cadena que llevó a la acción revolucionaria?
(...) Lenin no tenía los mismos objetivos que Sasha [nombre familiar del hermano de Lenin]. Alexandr era un narodnik: creía que, una vez instruida, la gran masa de campesinos llevaría el socialismo a Rusia. Y aunque incorporó algunas ideas marxistas a su programa y a su visión del mundo, éstas no pasaban de ser un elemento más. Sasha no era dogmático, y sin duda su pensamiento habría evolucionado si no hubiera sido ejecutado en la horca a los 21 años. Lenin era muy diferente. Alexandr estaba dispuesto a matar a otros y a dar su propia vida por aquellos ideales de la intelectualidad del siglo XIX, pero su hermano seguía otras consignas. El fracaso de Sasha y el modo en que se había comprometido influyeron en el pensamiento de Lenin. La escasa profesionalidad de la conspiración y el terrible precio que pagaron los jóvenes conjurados influenciaron sin duda a Lenin y su profesionalismo revolucionario. La historia de cómo este se convirtió en un marxista dogmático y en un líder revolucionario de éxito es, sin embargo, demasiado compleja para ser explicada en este libro. La de Sasha y de quienes le acompañaron en la conspiración es otra cosa.
Ante mi sorpresa, me encontré profundamente implicado no sólo en la familia Ulianov, sino también en la psicodinámica de un pequeño grupo de estudiantes universitarios que se convirtieron en terroristas. Los miembros más suicidas del grupo impulsaron hacia delante el proyecto terrorista, y llevaron a Ulianov hasta un punto en que ya no había vuelta atrás. Todos ellos, desde los más temerarios e intelectualmente superficiales hasta el estudioso y ascético Sasha Ulianov, llegaron a la misma conclusión: debían sacrificar su vida por una causa mayor. (...) Con el apoyo de Shevirev, el principal organizador, los terroristas encargados de lanzar las bombas habían rechazado los intentos de Ulianov de retrasar el atentado hasta el otoño. Estaban decididos a asesinar a Alejandro III el 1 de marzo de 1887, durante el trayecto para asistir a una misa de réquiem en memoria de su padre, en el sexto aniversario del magnicidio de Alejandro II, una hazaña de la Voluntad del Pueblo. El 22 de febrero de 1887, los conjurados se reunieron en el café Polonais y decidieron que debían actuar en los días siguientes. El pelotón de combate y Ulianov se citaron a continuación el 25 de febrero y acordaron la hora, el lugar y las posiciones. Ulianov no sólo explicó los aspectos técnicos de sus bombas, sino que, en su calidad de teórico principal, les preparó para (...) el caso de que fueran capturados. Tras reunirse en la Perspectiva Nevski a las once de la mañana, debían dispersarse a fin de patrullar los recorridos más probables que el zar podría tomar en su camino hacia la fortaleza de San Pedro y San Pablo.
(...) Los conspiradores estaban bien informados y supusieron correctamente que el zar saldría del palacio Anichkov a las once de la mañana del 1 de marzo. Era domingo, igual que también había sido domingo el día que su padre fue asesinado seis años antes, y Alejandro III, en efecto, había planeado asistir a una misa de réquiem en memoria de su padre. El zar, la zarina (María Fiodorovna) y sus dos hijos mayores (Nicolás y Alejandro) viajarían en un trineo. El zar ordenó que dispusieran su carruaje y séquito para las 10.45 de la mañana, pero algo totalmente inusual ocurrió a lo largo de la cadena de mandos responsables: el ayuda de cámara del zar le había pasado la orden al cochero, quien olvidó informar al jefe de las caballerizas, el encargado de enjaezar los caballos y engancharlos al carruaje imperial. Alejandro III, con el abrigo puesto y apenas capaz de contener su rabia, esperó sentado en la antesala de su residencia en compañía del ujier de palacio durante casi media hora. En cuanto tuvo la oportunidad, le calentó las orejas al cochero de tal modo que llevó al pobre hombre, un veterano con doce años de servicio, al borde de las lágrimas.
Mientras el zar estaba de plantón, los conspiradores patrullaban las tres calles a lo largo de las cuales tal vez pasara el trineo, y cuando el zar salió del palacio Anichkov, la policía ya había detenido a los conjurados encargados de lanzar las bombas. Si el cochero de Alejandro III hubiera cumplido correctamente con su cometido, los acontecimientos del 1 de marzo de 1887 tal vez se habrían desarrollado de forma diferente, pero sólo si la policía no hubiera logrado actuar a tiempo y los conspiradores hubieran hecho bien su trabajo. Fueron demasiadas las contingencias como para convertir el error del cochero en un acto de la providencia, aunque eso no impidió que muchas de las personas que rodeaban al zar, o incluso el mismo Alejandro III, creyeran en la intervención divina.

La policía capturó a los terroristas con las bombas en la principal avenida de San Petersburgo, la Perspectiva Nevski, al mediodía del domingo 1 de marzo. (...) Tras seis semanas en prisión, los 15 implicados en el contubernio para asesinar a Alejandro III aparecieron el día 15 de abril de 1887 ante un tribunal del Senado dedicado en exclusiva a los crímenes de Estado. El juicio duró cuatro días, a los que siguieron la lectura de la sentencia, las apelaciones y el juicio final, y todos los acusados, salvo cinco de ellos, escaparon a la pena de muerte. (...) Al parecer, la falta de un cadalso permanente y la construcción de uno nuevo retrasaron tres días la ejecución. El traslado y posterior retraso suscitaron falsas esperanzas en los prisioneros que quedaban, al creer que el zar les había conmutado la sentencia.

(...) Los cadáveres fueron arrojados a una fosa común, según se acostumbraba a hacer con los criminales de Estado ejecutados en la prisión de Schlüsselburg. Después de las revoluciones de 1917, y con la ayuda de antiguos guardias de la prisión, Novorusski [otro miembro del grupo implicado] localizó la fosa común. En el año 1919, el régimen soviético erigió un monumento de granito en aquel lugar. En aquel momento, Alexandr Ulianov no recibió ningún reconocimiento especial, pese a que su hermano menor, Vladímir Ilich, encabezaba el nuevo Gobierno soviético bajo su seudónimo revolucionario de Lenin. (Mucho más tarde, después de que los bombardeos de artillería de la Segunda Guerra Mundial dejaran la fortaleza en ruinas, y cuando el culto a los dirigentes se había convertido en algo corriente, el régimen colocó una placa con un bajorrelieve de la cabeza de Alexandr sobre un muro que todavía permanece en pie en el lugar que había ocupado su celda en Schlüsselburg).

En junio de 1918, Lenin vengó a su hermano, y a muchos otros, ordenando la ejecución del hijo de Alejandro III, Nicolás, su esposa y toda su descendencia por un pelotón de fusilamiento. La historia y la Iglesia ortodoxa rusa trataron mejor a Nicolás: el zar y su familia fueron canonizados como mártires en el año 2000.

Si bien es cierto que la historia de las decisiones de Lenin y su comportamiento en calidad de revolucionario y jefe de Gobierno no se pueden simplemente resumir por la palabra "venganza", lo que es indudable es que la ejecución de Alexandr fue el desencadenante. Durante los últimos días de vida de su hermano, en mayo de 1887, el joven Volodia [nombre con el que se conocía en su familia a Vladímir Ulianov, Lenin], de 17 años, se presentaba a los exámenes finales en Simbirsk, en el mismo instituto en el que Alexandr había sido galardonado con una medalla de oro al mejor estudiante al acabar sus estudios secundarios en mayo de 1883. Volodia repitió el éxito académico de su hermano y ganó una medalla de oro en 1887; más tarde la superaría en la profesión de revolucionario. Después de la ejecución de Sasha [nombre familiar del hermano menor de Lenin], pasó mucho tiempo preguntándose por qué su hermano mayor se había unido a un grupo terrorista y asumido un papel dirigente. El silencioso y aplicado Alexandr había pasado casi todas las horas de sus años de juventud en un laboratorio del patio trasero estudiando gusanos e insectos. A la edad de 19 años había ganado otra medalla de oro, en esta ocasión en ciencias naturales, en el primer curso en la Universidad de San Petersburgo. Todo el mundo esperaba que Alexandr se convirtiera en catedrático de zoología. El otro Alexandr había pasado oculto a su familia.

Volodia le explicó a una amiga cercana de la familia, la misma que les había llevado la inesperada noticia de la detención de Alexandr: "Estoy seguro de que tenía que actuar así; de que no podía actuar de ningún otro modo". La firme convicción del joven Lenin sobre la naturaleza del compromiso de su hermano mayor le impelió a intentar comprenderlo, y abordó este misterio con el estado de ánimo de un penitente. Mientras que Alexandr se había sumergido en las ciencias naturales, Volodia, cuatro años más joven que Sasha, las desdeñó y se enfrascó en la literatura, convirtiéndose en un ávido estudioso de los clásicos. Prácticamente aislados el uno del otro en el momento de la detención de Alexandr, los hermanos, desde la muerte de su padre en enero de 1886, se habían enzarzado en una disputa de adolescentes. Ahora, en lugar de intentar demostrar que era diferente de su hermano mayor, Volodia intentó entrar en la mente de éste.

(...) Era difícil que los niños Ulianov, sensibles, idealistas y relativamente protegidos, pudieran librarse de las experiencias escolares traumáticas, y a duras penas pudieron evitar que se crearan relaciones de amor y odio con unos padres admirables y muy cariñosos, pero también severos y exigentes. Tenían un punto vulnerable adicional, secretos de familia. (...) Años más tarde, durante un periodo de antisemitismo creciente en el Partido Comunista, Anna [hermana de Lenin y de Alexandr] decidió escribirle a Stalin y apremiarle a que hiciera públicos los antecedentes judíos de la familia Ulianov. No logró comprender el antisemitismo del propio Stalin, ni tampoco el deseo del Partido Comunista de deshacerse de su posible personaje "judío". (...) Ni que decir tiene que el antisemitismo constituyó uno de los factores tras las purgas de sangre y los juicios de Moscú a finales de la década de 1930. El culto a Lenin creado por Stalin y por otros no podía tolerar un Lenin ni siquiera en parte judío. El secreto de familia se convirtió en un importante asunto de Estado. Anna y Alexandr ya habían sufrido el daño psicológico. En algún momento de su infancia habían intuido que pertenecían a un grupo odiado y victimizado y que todo ello era injusto en grado sumo, pero tampoco tenían los recursos para hacer nada. Las memorias de Anna registran episodios traumáticos significativos en la historia del carácter triste y silencioso de Sasha, pero, desde luego, no toda la historia.

El hermano de Lenin, de Philip Pomper. Editorial Ariel. 26,50 euros.

INVESTIGANDO: EL ESQUELETO DEL CASTILLO DE STIRLING. ¿Era de un caballero medieval?

Un caballero medieval con aspecto de jugador de rugbi profesional

  1. • Investigadores británicos reconstruyen el rostro de un jinete a partir de un esqueleto hallado en el castillo de Stirling, en Escocia
  2. • El hombre, que data de los siglos XIII o XIV, debió ser un noble fuerte, sano y acostumbrado a luchar con armas pesadas

Reconstrucción del caballero hallado en Stirling. Foto: SHINE TV /
 BBC
Reconstrucción del caballero hallado en Stirling. Foto: SHINE TV / BBC
EL PERIÓDICO BARCELONA, 18-5-2010

Un equipo de investigadores británicos ha logrado reconstruir el rostro de un supuesto caballero medieval a partir de un esqueleto encontrado en el castillo de Stirling, en Escocia, según han informado la BBC y la entidad que gestiona el monumento.

El esqueleto es uno de los 10 que se encontraron tras unas obras de reforma realizadas en la antigua capilla real del castillo. Los expertos están tratando de descubrir la identidad del guerrero, que murió en el siglo XIII o XIV. Justo a su lado se encontró el esqueleto de una mujer.

¿Inglés, escocés o francés?

Los investigadores creen que el caballero habría muerto durante las guerras de la independencia de Escocia contra Inglaterra. El castillo cambió de manos varias veces, por lo que los investigadores tratan de averiguar si el caballero era escocés, inglés o incluso francés.

El trabajo, coordinado por la antropóloga forense Sue Negro, de la Universidad de Dundee, es el eje de un documental que el jueves será transmitido en Gran Bretaña por la BBC.

Entrenado desde la infancia

Según el arqueólogo Richard Strachan, investigador de la entidad pública que gestiona el castillo, Historic Scotland, la reconstrucción ha dado como resultado un semblante de hombre "poderoso". "Debió ser un noble sano y grande, con el físico de un jugador de rugbi profesional, y que se entrenó desde la infancia para luchar con espadas y otras armas pesadas", ha explicado. Posiblemente también era un experto jinete.

"Las técnicas han avanzado mucho desde que los esqueletos fueron encontrados, en 1997, y hoy podemos decir mucho más sobre el origen de las personas, su estilo de vida y las causas de su muerte", dice la antropóloga Jo Buckberry, de la Universidad de Bradford, que forma parte del equipo que reconstruyó el rostro del guerrero.

Enterrado en un lugar especial

En su opinión, las personas debieron ser "socialmente importantes" porque fueron enterradas en un lugar especial. Posiblemente fallecieron durante alguno de los sitios a que se vio sometido el castillo.

Historic Scotland anunció nuevas investigaciones para saber más acerca de los 10 esqueletos encontrados, entre ellos los de dos niños. Los resultados del estudio, incluyendo la cara reconstruida, formarán parte la exposición permanente que acogerá el castillo de Stirling a partir del año que viene.

dimarts, 18 de maig de 2010

Momias

José Miguel Parra: "El polvo de momia fue la aspirina de la Edad Media"

El arqueólogo español acaba de publicar el libro divulgativo 'Momias'


Sílvia Colomé LA VANGUARDIA 26/03/2010

En Egipto, un estudio genético de la momia de Tutankamón acaba de desvelar que era hijo del faraón hereje, Akenatón, y ha desmitificado su imagen juvenil y bella. En Nueva York, el Met exhibe los objetos utilizados para su embasamiento. En Barcelona, el hospital Quirón acaba de reconstruir el rostro de una momia de la época del Fayum y el Museo de Arqueología muestra los rostros de 18 momias abandonadas en Tebas. En Alicante, otra exposición más revela los secretos de los ritos funerarios egipcios. Parece que las momias vuelven a estar de moda, si es que en 5.000 años dejaron alguna vez de estarlo. Y, si no, que se lo digan al arqueólogo José Miguel Parra, que se suma a la tendencia con el libro divulgativo Momias.
José Miguel Parra en una de sus expediciones arqueológicas 
en Egipto
José Miguel Parra en una de sus expediciones arqueológicas en Egipto /   José Manuel Galán
MÁS INFORMACIÓN
-¿Por qué las momias nos atraen tanto?-Son llamativas e impresionan. En realidad, estás viendo a una persona muerta pero parece que esté dormida. Las momias también son documentos históricos que contienen mucha información que resulta intrigante.

-¿Qué intrigas esconden?
-Si la momia está bien conservada, podemos averiguar su alimentación, si pasó hambre en la infancia… El ajuar funerario nos dice qué tipo de persona era, si era rica o pobre. Una momia nos puede proporcionar mucha información que nos sirve para hacernos una idea cada vez más detallada de su sociedad, una civilización que forma parte de nosotros.

-¿Todo surge de Egipto?
-Egipto es el punto de partida, incluso los griegos iban allí a estudiar.

-Las momias también son un punto de partida…
-...para renacer en el más allá. En Egipto, desde el reino antiguo, todo el que podía se momificaba y quien no podía costearse el proceso, optaba muchas veces por una momificación natural en agujeros de arena.

-¿Podemos llegar a imaginarnos cuántas momias pueden haber?
-Si calculamos que desde el 2.500 a.C. hasta después de cristo casi todo el mundo se momificaba… pues bastantes millones. Después tenemos que tener en cuenta que también se momificaban animales como ex votos y esto representa otro montón más.

-Con tantas momias no es de extrañar que muchos museos expongan al menos una en sus vitrinas.
-Desde hace años todo lo que se excava es patrimonio egipcio, pero no siempre ha sido así. Han salido tantas momias que no hay museo que no tenga una.

-¿Se deberían retornar?
-No tendría mucho sentido a no ser que sea alguna importante, como la de Ramsés I, que se devolvió a Egipto.

-¿Y el busto de Nefertiti?
-Salió legalmente de Egipto. En esa época, los objetos encontrados pertenecían a la excavación y el busto de Nefertiti se quedó en el lado de los alemanes. Se tiene que demostrar que el reparto fue fraudulento. Otra cosa es que los alemanes quieran devolverla…

-¿Deberían hacerlo?
-En Alemania ha estado muy bien. Egipto tiene demasiado material para exponerlo todo en buenas condiciones. Es comprensible que vuelva a Egipto, pero en Alemania es muy visitada. No hay muchos motivos para reclamarla. En Alemania se le conceden todos los miramientos que se merece y en Egipto sería una pieza más.

-¿Y la barba de la esfinge que está en el British Museum? -Era un añadido posterior y salió de Egipto con permiso. En los siglos XVIII y XIX todo lo que salió era porque no había un estado que se preocupara. Si no conoces tu patrimonio y alguien lo sabe valorar es probable que te quedes sin él. Y todo lo que salió de Egipto se ha preservado.

-No es el caso de muchas momias…
-Hasta que no hemos llegado a comprenderlas como un documento histórico han sufrido bastante. Antes eran un souvenir, un objeto para ganar dinero. Se han utilizado para hacer papel, como abono…

.-…e incluso para curar enfermedades.
-Esto es de lo más peculiar. El polvo de momia fue la aspirina de la Edad Media. El rey Francisco I de Francia siempre viajaba con una provisión de momia por si caía enfermo o le herían. Durante siglos en Europa era el medicamento milagroso con efecto placebo.

-¿Qué gusto debe tener una momia?
-(Ríe). Tendrá un gusto muy aceitoso, por las resinas, y un poco salado, por el natrón que se utilizaba en la deshidratación.

-Ideal para las ensaladas. ¿Cómo debemos mirar a una momia?
-Hay que mirarla con respeto, cariño y curiosidad porque estás viendo a una persona.

-¿Qué momia le ha causado más impresión?
-De de las que me he encontrado en excavaciones, me sorprendió una momia natural y reciente de un perro que se cayó en un pozo funerario. Murió de hambre y se momificó. Lo ves tan escuálido y retorcido que dices: caramba. Con las otras el efecto es diferente, porque sabes que murieron y las momificaron. Resultan interesantes las momias de los faraones. Ver en persona a ese señor del que sabes tantas cosas.

-¿Qué haría Ramsés II si viera lo que estamos haciendo con las momias?
-Nos cortaría la cabeza. Para ellos era importante que las momias estén donde tenían que estar: en su sarcófago. Aunque Ramsés II sigue viviendo en el más allá porque su momia se preserva.

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José Miguel Parra Ortiz, egiptólogo
 
"Tomábamos polvo de momia como medicamento"
 
VÍCTOR-M. AMELA  -LA CONTRA/ LA VANGUARDIA  05/05/2010

Tengo 42 años. Nací y vivo en Madrid, y excavo en Luxor (Egipto). Soy doctor en Historia, especialista en el Reino Antiguo. Estoy soltero, sin hijos. Soy liberal. Soy ateo. Hemos usado momias como fármaco, abono, pintura, papel... Una momia es una cápsula de tiempo

Qué es una momia?

Una cápsula de tiempo.

Poético.

Ese montón de vendas, resinas, esencias y carne reseca aporta mucha información sobre miles de años antes.

¿Qué momia es la más antigua?
La de Chinchorro, cultura andina: tiene 8.000 años. Pero ha sido en Egipto donde más momias hemos podido estudiar.

¿Cuántas momias ha dado Egipto?

¡Millones! El desierto momificaba ya cadáveres de modo natural, y hacia los 3.000 años antes de Cristo se refinaron métodos que evolucionaron hasta principios de nuestra era, bajo los romanos.

¿Fue entonces cuando Occidente supo de las momias egipcias?

Ya un comerciante griego de la antigüedad se llevó un gato momificado egipcio a su casa… Pero será a partir de la edad media cuando más momias llegarán a Europa.

¿Por qué?
Porque creíamos que el polvo de momia atesoraba virtudes terapéuticas: ¡fue un remedio médico cotizado! Como una aspirina.

¿Y de verdad curaba algo?

¿Qué cura ingerir trozos de carne momificada? Más bien provocaba vómitos... El rey Francisco I no viajaba sin su polvito de momia, sus pedacitos de momia que comer...

¿Nos hemos comido los europeos a más de un faraón?

¡Probablemente! Todo por culpa de Plinio el Viejo, Dioscórides (siglo I) y Avicena (siglo XI).

¿Ellos aconsejaron comer momia?
No, pero glosaron las virtudes curativas de cierta sustancia que se importaba de Persia: betún. Tanto importábamos, que los mercaderes orientales encontraron una sustancia similar para hacer negocio: la resina seca que impregna las momias egipcias.

Y nos daban momia por betún.

Sí. Mumia es la palabra persa para betún: acabaría denominando a las momias...

¿Y de dónde salían tantas momias?

Los saqueadores de tumbas egipcias se esmeraban. Pero algún mercader al que le fallaba el abastecimiento recurrió a momificar cadáveres de esclavos, ajusticiados o asesinados anónimos.

¡Puaf!

Se fue sabiendo de estas falsificaciones y la momia desapareció de las boticas europeas, hacia el siglo XVIII. Y empezamos a usar las momias para otras cosas…

¿Qué cosas?
Mezclada con disolventes y resinas, un trozo de momia se transformaba en excelente pintura de color marrón: los artistas del siglo XVIII lo llamaban "marrón de momia", muy apreciado por su brillo y por no agrietarse al secarse sobre el lienzo...

O sea, que en los museos de Europa cuelgan cuadros pintados con momias...

Y en Estados Unidos, a mediados del siglo XIX, dos avispados industriales importaron varios cargamentos de momias y, convertidas sus vendas de lino en pasta de papel, hicieron papel de estraza, para envolver fruta.

Qué sufridas, las momias egipcias...

Se usaron también como abono. Y alguna, como combustible en calderas de ferrocarriles cairotas... "¡Pásame un rey, que este plebeyo no arde bien!", pedía un fogonero a otro, según broma del escritor Mark Twain.

¿Cuándo empezamos a respetar un poco a las momias?

A finales del siglo XIX, turistas europeos empezaron a comprarlas como souvenir... Y en salones privados, durante meriendas de té con pastas, se exhibía la momia...

Pero eso es mero espectáculo…

El clímax de la reunión consistía en desvendar o rajar el vendaje de la momia para mostrar el magro cuerpo de un remoto egipcio... Especialista en esto fue el cirujano inglés Pettigrew; pero tuvo el cuidado de anotar lo que observaba... y de ahí arrancará el estudio científico de las momias.

Hoy no es necesario deshacerlas, ¿no?

No: la moderna tomografía permite saberlo todo sin tocar la momia.

¿Sabemos cómo momificaban?

Con una aguja deshacían y extraían el cerebro por la nariz. Y las vísceras, excepto el corazón, porque era la sede de la conciencia. Luego cubrían el cadáver con natrón.

¿Qué es el natrón?

Una sal del desierto: desecaba el cuerpo. Luego se vendaba, añadiendo esencias aromáticas e impregnándolo en resinas.

¿Qué buscaban con la momificación?

Creían que si la parte inmaterial del individuo reconocía su cuerpo, revivía. A la momia se la acompañaba de animales domésticos momificados, comida momificada...

¿Y se la protegía con alguna maldición?

Escribían: "Cualquiera que le haga algo maloa mi tumba, el cocodrilo, el hipopótamo y el león se lo comerán", y así... ¡Los egipcios creían en el poder de la palabra! Pero los saqueadores de tumbas eran analfabetos...

¿En qué épocas fueron saqueadas?

Algunas, a los pocos días. Bandas profesionales de ladrones tomaban los objetos de valor y tiraban la momia.

Es milagroso que la de Tutankamón llegara hasta nosotros...

Sí, pero que conste que todos los que la encontraron murieron de muerte natural.

¿Ha encontrado usted alguna momia?

Soy miembro de las excavaciones del proyecto Djehuty, y ahora estamos investigando una momia muy interesante..., pero por ahora debo guardar silencio. 

 
Muertos y vivales

Aprendo que algunos faraones egipcios han acabado devorados por europeos enfermos, o abonando huertos, o envolviendo frutas, o pegados a un lienzo, o en cubos de basura... tras entretener a la buena sociedad en un salón de té con pastas. Todo lo que quería saber sobre momias me lo aclara el profesor Parra en su documentadísimo y amenísimo libro Momias (Crítica), donde explica cómo los antiguos egipcios derrotaron a la muerte y cómo muchos vivos se han buscado la vida a costa de las inermes momias. Me cuenta secretos de momias junto a sarcófagos en el Museu Egipci de Barcelona. Parece que estos antepasados desecados nunca dejarán de contarnos cosas y asombrarnos.